¡Tranquilo, estás muerto! Capítulo 7

Avanzamos en la lectura de este borrador, que pretende ser un libro algún día. Llegamos al capítulo 7, si quieres leer desde el inicio, solo tienes que pinchar en esta frase, para que más amigos puedan leerlo, se agradece si comparten y comentan para saber sus impresiones. Sin más preámbulos, continuamos con la historia.

Capítulo 7.      15 de mayo, 3:52. El fin de Alex

Sus próximos pasos debían estar lejos de Barcelona. Llenó las dos maletas con la ropa que había comprado. Tomó de la nevera lo que le pareció oportuno para su viaje y cargó su nuevo coche. Antes de salir había limpiado todo, buscando no dejar ningún rastro o huella suya. Aun así, tenia su plan para que no pudieran encontrar rastro suyo en aquel piso. Lo pondría en marcha más adelante, era muy temprano para realizar aquella llamada.

Salió de Barcelona de madrugada, no le molestaba conducir de noche. Ya dominaba todos los accesorios de su coche y había elegido una radio generalista como compañía. Quería estar un poco al día de las ultimas noticias, por si se planteaba alguna conversación, saber un poco de la actualidad política o deportiva. Su coche avanzaba respetando escrupulosamente los limites de velocidad. Sería estúpido que le parasen por una infracción de tráfico. Había aprendido con la experiencia que su supervivencia comenzaba por pasar totalmente desapercibido. Antes de dejar la A2, por tanto, de llegar a Madrid, decidió parar a tomar un café, desayunar con calma y como ya era una hora, más o menos prudente, hacer la llamada que tenia en mente desde el día anterior.

  • ¿Dígame?
  • Buenos días, Patricia.
  • ¡Alex! ¡Qué alegría me das!
  • Te llamaba por que tengo que darte una noticia.
  • ¡Vaya! No me digas que me vas a fallar, me dijiste que me invitabas a comer.
  • Te voy a fallar, pero a medias.
  • ¡Explícate!
  • La comida de trabajo de ayer me manda de viaje forzoso, en breve tomaré un avión y no sé cuándo volveré, te llamo desde el aeropuerto.
  • ¡No me he podido despedir!
  • No te preocupes, tengo un regalo para ti.
  • ¿Sí?
  • ¡Sí! Mi casa esta pagada por un año, tengo la nevera llena y tienes que vaciarla, no podemos permitir que la comida se ponga mala. Lleva a tu amiga, quédate a dormir, vive allí, lo que quieras. Pero no me la dejes vacía, que me la desvalijan. — Se lo dijo en un tono que podría parecer que le importase de verdad.
  • Pero, ¿Cómo entro yo a tu casa?
  • Espera que alguien abra el portal y debajo del felpudo tienes el juego de llaves. Donde voy no tendré teléfono, te llamare en cuanto pueda. Recuerda, ¡tienes un año para disfrutarla!
  • Vale.
  • O quizás te de una sorpresa y aparezca el día menos pensado.
  • Eso sería lo mejor. Te estaré esperando. ¡No tardes!
  • De verdad, usa mi casa como prefieras.
  • Para no estar sola, ¿podría quedarse algún día mi compañera?
  • ¡Como si quiere vivir contigo! Ya te lo dije antes.
  • ¡Oh! Muchas gracias, Alex. Eres un amor.
  • Gracias a ti, piensa que me estarás guardando la casa mientras yo estoy fuera. Tengo que dejarte, llaman a mi vuelo.
  • Te daré una sorpresa cuando vengas, un beso.
  • Otro para ti.

Colgó con la tranquilidad de que, en el caso de que quedase algún rastro suyo en el piso, Patricia y sus amistades terminarían por borrarlo. Nadie se acordaría de aquel hombre que paso por esa vivienda unos días. Una cosa hecha. Ahora le tocaba la siguiente. Cogió toda la documentación que tenia a nombre de Alex y decidió que ya era hora de que desapareciera de este mundo cruel. Con una sonrisa perdió entre los restos de su desayuno el carnet de identidad, el de la seguridad social, el de conducir, todo lo que tenia a nombre de Alex. Abrió su móvil, sacando la tarjeta SIM que partió primero, colocándola después junto con la documentación, entre aquellos restos. Vació su bandeja en un enorme cubo de basura que el restaurante tenía para que los clientes les hicieran el trabajo de recoger las mesas. Comprobó que estaba menos de medio lleno. Sonrió al ver que entraban en aquel área de servicio muchos jóvenes, un autocar , posiblemente de viaje de estudios había parado allí para que desayunaran. En breves minutos aquella documentación sería casi imposible de localizar. Tenía la completa certeza, Alex había dejado de existir. Tenia que memorizar su nueva identidad. Colocó en su cartera la nueva documentación, mientras susurraba su nuevo nombre. Miguel Acosta.

Se dirigió a su coche. Sentado al volante, abrió su portátil, necesitaba buscar vivienda en Madrid. No era partidario de ningún tipo de hotel. Tenían cámaras, registraban su documentación, te cruzabas con otros huéspedes del hotel. Eso no era lo que buscaba. Aunque fuera más caro, necesitaba la invisibilidad que le proporcionaba un buen trato entre particulares. En pocos minutos había localizado un apartamento en el barrio de Salamanca con plaza de garaje. Tres horas después, con su Mercedes en su correspondiente aparcamiento, el anterior Alex, ahora Miguel, dormía profundamente mientras sus maletas esperaban ser abiertas, olvidadas en el salón comedor.

Ya estaba bien entrada la tarde cuando se despertó. No esperaba quedarse muchos días en Madrid, su experiencia le decía que sólo estaría allí una semana o dos, lo suficiente para recabar información.  En esta ocasión no llenaría la nevera. Finalmente se decidió a abrir las maletas, se duchó y salió a cenar. Cuando regresó comenzó a buscar por internet un taller de tatuajes con referencias a Cuba. No sin esfuerzo, localizó “El viejo tatuador del Malecón de la Habana”. Ese debía ser. Estaba en la zona de Malasaña.

A la mañana siguiente, totalmente despejado, se dirigió en el Metro al barrio de Malasaña. Localizó un bar cercano, frente a aquel local. Todavía no habían abierto el taller de tatuajes cuando ya estaba Miguel sentado en una mesa, con su portátil. Nadie le prestaba atención, mientras él no perdía detalle. Poco después de las diez de la mañana, un hombre moreno, alto y delgado subía la persiana llena de grafitis del tatuador. Supuso que era él. Espero un tiempo prudencial, no vio entrar nadie más en el taller. Pagó su desayuno y tranquilamente, controlando todo a su alrededor. Intentó entrar en el local, pero la puerta estaba cerrada. Utilizó un pulsador, sonando un timbre lejano. Al poco, atravesando una cortina al fondo, salió con una sonrisa el hombre que vio abrir el taller.

  • Perdona, estaba arreglando unas cosillas. Pasa. — Un tono cubano daba calidez a sus palabras. Le dejó entrar en la primera sala del negocio, supuso que era algo así como una recepción. Fotos de espectaculares tatuajes presidian todas las paredes. Un pequeño mostrador para atender a los clientes y unos viejos sillones eran todo el mobiliario. Al entrar Miguel, el cubano volvió a cerrar la puerta con llave.
  • ¡Sin problema!
  • ¿Tenías cita para hoy?
  • No, solo quería ver si me decidía a hacerme mi primer tatuaje.
  • Has venido al sitio indicado, pero no te lo podré hacer hoy, ando algo liado.
  • No te preocupes. ¿Podría decidir el dibujo que me tatuaría?
  • ¿La plantilla?
  • Sí, como se llame.
  • No estás muy puesto.
  • La verdad es que no. Hay una chica …
  • ¡Siempre hay una mujer! ¿Verdad? Mira, siéntate aquí. — Le hizo pasar a otra habitación, en la que estaba la silla de tatuador, al fondo la cortina por la que había salido. Le dijo que se sentara en aquel asiento especial. — Aquí tienes varios catálogos, estos son los mas frecuentes y normales. Si quieres algo especifico, puedes pedirlo que te lo haré sin problemas. Avísame cuando lo hayas decidido.
  • Claro, perdona, estoy algo nervioso.
  • No te preocupes, tomate tu tiempo, ahorita vengo contigo.

Eligió uno de los catálogos que le había ofrecido y simuló intentar elegir un diseño. Realmente estaba comprobando que no había ninguna cámara controlándolo. Cuando estuvo lo bastante seguro de no estar siendo vigilado, buscó a su alrededor. No veía ningún objeto que pudiera usar de arma. Finalmente se decidió por un cable de una vieja lampara. La desenchufó y arrancó de un tirón el otro extremo del cuerpo macizo de la lampara. En su mano derecha tomo el enchufe y para asegurar el cable le dio dos vueltas a su mano. Lo mismo hizo en la izquierda con el otro extremo del cable. Sigilosamente se acercó a la cortina. Una melodía de salsa sonaba lejana. Al abrir la cortina se encontró con un pasillo en penumbra con varias puertas cerradas. Descartó intentar abrir ninguna de las primeras puertas, la música procedía de la habitación más lejana. Despacio, se acercó a aquella puerta. La abrió lentamente, descubriendo a aquel cubano sentado en una mesa, de espaldas a él. La música seguía sonando. Él tenía una lupa de aumento frente a sus ojos, su mirada permanecía fija en un pasaporte al que estaba dando unos retoques. Antes de que pudiera darse cuenta, ya tenia el cable alrededor de su cuello, sin darle tiempo a reaccionar sintió un tremendo tirón que lo levantaba de aquel sillón, mientras algo parecía cortarle la respiración y la carne a la vez.

  • ¡No tengo paciencia! A la más mínima tontería te dejo tieso, solo necesito algo de información. ¿Te queda claro? — Aflojó un poco el cable, para que pudiera contestar.
  • ¡Sí!
  • Bien. Lo primero es lo primero. ¿Dónde tienes las armas?
  • ¡No tengo! — Si pensaba decir algo más, no pudo. Miguel lo levantó de la silla del tirón que dio hacia arriba del cable.
  • ¡No mientas! Nadie tiene montado este tinglado sin tener varias armas para protección. Dime donde. ¡Ya! — El cubano señaló un cajón. Miguel aflojó un poco el cable para soltar una de sus manos. Con la otra cogió también el otro extremo, pegando un ligero tirón hacia arriba, para que el cubano no pensara hacer ninguna tontería. Abrió el cajón si perder de vista su presa. Sacó un revolver corto. Con la habilidad que da la práctica, abrió el tambor, comprobando que estaba cargada. Aflojó el cable mientras le apuntaba a su cabeza. — Donde tienes precinto.

El cubano señaló una caja, sin dejar de apuntarle, la tiró al suelo, cogió un rollo de precinto y se lo dio para que se pillara una mano al brazo de la silla. Cuando terminó, él le pilló el otro brazo. Los dos pies los fijó también, a la altura de los tobillos con una de las patas de la silla giratoria. A la altura del pecho, le dio varias vueltas con el precinto para unir su cuerpo al respaldo de la silla. Le vació los bolsillos, tres juegos de llaves, una vieja cartera, algo de dinero y un móvil. El teléfono fue desmontado en segundos. La batería bien lejos del terminal. Cuando se aseguró de haber inmovilizado totalmente a su presa, giró la silla para que le mirara directamente a la cara.

  • Ahora vamos a presentarnos como es debido. Aquí un sicario que necesita información. Tú eres “el cubano”, parece ser uno de los mejores proporcionando documentaciones falsas. ¿Voy bien?
  • Sí.
  • ¿Te va quedando clara la situación en la que te encuentras?
  • Por supuesto. — Aquel hombre tenia sus ojos muy abiertos, se había encontrado en peligro otras veces, pero nunca en tan mala posición. Sudaba y temblaba como nunca antes.
  • ¿Verdad que vas a responder a mis preguntas?
  • Sí, seguro.
  • Bien, comencemos por la primera cuestión. ¿Dónde tienes la otra arma?
  • No hay otra. — Nada más terminar su respuesta, recibió un puñetazo en su mandíbula. Su barbilla aterrizó en el pecho, un pequeño hilo de sangre brotó de entre sus labios.
  • ¿No me tomas en serio? ¿Te crees que estas hablando con cualquiera de los tontainas que tienes como clientes? Jamás tendrías sólo un arma corta como defensa en tu negocio. Donde está la buena.
  • Debajo de la mesa de la entrada. No en el cajón. ¡Debajo!
  • Eso está mejor. ¡No te vayas a mover! No hemos terminado nuestra conversación. — Se dirigió a la entrada, volviendo segundos después con una ametralladora M3. — Esto es otra cosa. ¿Ves como nos entendemos? Ahora vamos a la cuestión principal.
  • Dime. — Aquello fue un susurro que le costó pronunciar, el sabor a sangre le estaba revolviendo el estómago, su mandíbula le dolía de una forma atroz.
  • Voy buscando la identidad de un trabajo que hiciste. No te voy a preguntar por nadie en concreto, quizás no te acuerdes, yo no me lo crea y termines mal. Muy mal. Tengo la certeza de que guardas un archivo de todos tus trabajos. Lo tienes como seguro, por si alguna vez te pasara algo, por si a alguien se le ocurriera hacerte daño o intentasen apretarte las clavijas. Ese día ha llegado, pero no como tu esperabas. Vas a decirme donde está.
  • Si te digo que no tengo esa mierda de archivo, ¿qué harás?
  • Cubano, te voy a explicar como va a terminar esto. Sólo tienes dos opciones. Primera. Me dices donde están esos papeles. Voy, compruebo que es cierto, tomo la información que necesito, regreso, te suelto y te pierdes de España. Por que van a saber que de una forma y otra has largado y más de uno y de dos te van a buscar para freírte. O bien, segunda opción. Me dices que no tienes los papeles que busco, no me lo creeré y te torturaré hasta que lo sueltes. En este caso, no te dejaré escapar. ¿Me entiendes? — El cubano asintió con su cabeza. — Perfecto, ya me estas contando.
  • De las llaves que me has cogido, las que tienen el llavero verde, abren un viejo local que no está lejos. Busca la bañera, está suelta, debajo tienes unas bolsas. Cada una contiene un año de trabajo. — Miraba la determinación de su interrogador, sabía que no mentía, el miedo se había apoderado de él. En ese momento solo pensaba en sobrevivir, tenía que ceder, no le quedaba otra opción. Comenzó a gemir y llorar. — ¡No te miento! ¡De verdad! Puedes comprobarlo.
  • Lo haré. Espero, por tu bien que no me falles, no me conoces aún enfadado, esto no es nada para lo que podría venir después.

Le explicó donde estaba aquel local. Miguel guardó en una bolsa de deporte que encontró por allí el revolver y la ametralladora M3. Encontró un montón de camisetas, que le sirvieron para darle forma a la bolsa y que pasara más desapercibida. Se marchó rápidamente a buscar el local. Se preocupó de cerrar bien el taller con llave. Había calculado que, si el cubano se aplicaba, tardaría una hora o algo más en soltarse. Si se esforzaba mucho podría hacerlo en media hora. Cuando pensó que también existía la posibilidad de que alguien fuera al taller y le ayudara a liberarse, comenzó a sopesar la opción de matarlo. La desestimó rápidamente, no quería levantar ningún foco sobre él o su búsqueda, sólo necesitaba la información, además si alguien preguntara al cubano, este no sabría qué estaba buscando Miguel.

No tardó en llegar al local, que como no podía ser de otra forma, era un viejo taller de tatuajes cerrado. Seguramente estuvo trabajando allí anteriormente. Entró en aquel local, parecía realmente abandonado, todo cubierto de polvo, empezó a pensar si el cubano le había engañado. Su experiencia le decía que sus ojos, tan llenos de miedo como de sangre, no mentían. Localizó la bañera que tenía claros indicios de no haber sido usada en años. Como le habían dicho, con algo de maña consiguió levantarla. En aquel extraño hueco aparecieron varias bolsas con documentaciones. Cada bolsa tenia pintado un año. Podía ponerse a mirar todas aquellas documentaciones hasta localizar la que le interesaba, o bien, llevárselas todas y estudiarlas tranquilamente en su casa. Se decidió por la ultima opción. De la bolsa de deporte sacó las camisetas y la llenó con los papeles. Rápidamente salió de aquel local, tomó un taxi y pidió que lo llevaran al barrio de Salamanca.

El cubano tenía bastante bien organizado su peculiar archivo. No tardó en localizar una copia del carnet de Elisenda, venia unida a un carnet de identidad que miró con detenimiento. Estaba claro que era la misma mujer, María José Hernández Balbín similar pose y parecido peinado. En el mismo paquete de aquella documentación figuraba una pequeña hoja con dos palabras escritas en ella. “Raimundo pagó” y un garabato a forma de firma.

No conocía muchos Raimundos. De hecho, no conocía ninguno. Supuso que el mismo Raimundo que pagó la documentación de Elisenda, anteriormente llamada María José, era el que aparecía en la documentación de la empresa que le realizó la transferencia. Todo parecía encajar. Su cliente le pagó a través de una de sus empresas pantalla, para que localizara a la mujer que anteriormente había ayudado a cambiar de identidad. Esto le hacía suponer que, efectivamente, tenía una íntima relación con la misma. Aquel trabajo parecía demostrar que era lo que parecía.

Su siguiente paso fue buscar información de aquella mujer en la base de datos de los cuerpos de seguridad del estado.  Sin embargo, no figuraba ningún dato sobre alguna mujer con aquella identidad. Realizó la búsqueda contraria, a través del numero que figuraba en aquel carnet y tampoco dio ningún resultado. Miguel miró con detenimiento aquel carnet. Era muy bueno, parecía legal, y, sin embargo, acababa de comprobar que no lo era. Ya sabía cuál sería su siguiente paso.

Espero que esté disfrutando de la lectura, seria un placer que me dijera sus sensaciones para saber lo que un lector como usted piensa, por lo que le solicito que comente y, para llegar al máximo número de lectores posible, que comparta. Gracias.

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