“El asesino del Andarax”, Capítulo 6

Parece que vamos viendo, por fin, la luz que indica el final del túnel que estamos atravesando. Hoy vamos a añadir un capítulo más del libro “El asesino del Andarax”, si quieres leer desde el principio esta novela, pincha en esta frase. Me gustaría que comentasen y compartan para llegar al mayor número de lectores posible.

Capítulo 6.      Los hilos que van tejiendo la historia

Ya le había ganado la primera partida de la tarde el padre Ramón a Gregorio. Estaban en los primeros movimientos de la segunda, cuando un Land Rover de la Guardia Civil se paró junto al coche del doctor. Conducía un guardia joven, que se bajó del coche luciendo una gran sonrisa. Del lado del acompañante apareció un hombre muy grande, en el estricto sentido de la palabra, alto y gordo. Sin embargo, su rasgo más característico, sin lugar a dudas, era su poblado bigote, de un negro rotundo, mientras en su cabello brillaban múltiples canas. En las hombreras lucía los galones de sargento, por lo que era el jefe del puesto de Gádor, sin lugar a dudas.

  • Buenas tardes tengan ustedes. — Saludó con una gran cordialidad, mirando primero al cura y luego al médico, que le devolvió el saludo levantando la mano.
  • Buenas tardes, sargento …
  • López, soy el sargento López. Este es el guarda Montoya.
  • A su servicio, padre.
  • Un placer conocerlos a ambos. Esperen que saco un par de sillas, quisiera hablar un poco con ustedes. — Mientras el padre Ramón sacó unas sillas, el doctor fue a preparar más té moruno. No era la primera vez que pasaba, en ocasiones el sargento, mientras patrullaba, visitaba aquella casa. El doctor estaba preparando el té cuando comenzaron la conversación en el porche. — Supongo que esta es una visita de cortesía, sargento.
  • Por supuesto padre, deberíamos haber pasado antes a saludarle, pero nuestra ronda es grande, y no íbamos a molestarle tocando a su puerta, esperaba a verle en una situación como esta.
  • Soy nuevo en esta zona, mi destino se decidió por el infortunado suceso del padre Venancio. ¿Es esta zona conflictiva, sargento?
  • Para nada, alguna pelea de borrachos, algún enfado por alguna linde, los temas del agua y nada más.
  • No entiendo, ¿qué son los temas del agua?
  • Nuestra tierra es muy seca, ya se lo imaginará usted. Estas tierras, solo cuando llueve bastante, reciben agua por las bocanas del río. Cuando este sale con algo de fuerza, proporciona agua para regar los bancales de naranjos. Si, como es normal, el cauce del río está seco, la única solución para aportar agua a estos naranjos son los pozos. Hace mucho tiempo, por zonas, se hicieron pozos, a cada finca, a cada cortijo le corresponde un tiempo de pozo. Hay fincas que tienen muchas horas de agua, otras menos, también dependerá del tamaño, etc.
  • Pero eso debe ser muy difícil de controlar.
  • Para eso está el relojero.
  • ¿El relojero?
  • Sí. — dio una gran carcajada, reanudó la conversación cuando cesó su risa. — Borra de tu imaginación a un señor reparando relojes. En este caso, es el que controla el tiempo que tiene cada propietario de agua. Por eso lo del relojero, porque lo que se mide son las horas de que dispone cada finca. Desde la salida del pozo hay una acequia de obra, bien hecha para que pierda la menor cantidad posible de agua. Si la primera finca tiene derecho a seis horas de agua, el relojero pone la parada para que el agua llegue a la finca, el dueño de la finca puede regar en ese momento, o llenar su balsa si la tiene, lo que prefiera. También puede cederla o dejar pasar su turno. Cuando pasan sus horas, el relojero cambia la parada a la siguiente finca, y así sucesivamente. El agua es un bien escaso y preciado. No suelen haber muchos conflictos, porque los relojeros son gente muy seria y formal, pero cualquier tontería se puede convertir en una trifulca.
  • Voy comprendiendo, tendré que aprender más cosas de estas tierras.
  • Claro, pero tomemos este té, que les va a reanimar. — El doctor llegaba con una bandeja con más vasos ya servidos de su té y un azucarero.
  • Sargento, ¿usted fue el que atendió la desgracia que le ocurrió al padre Venancio?
  • Sí, yo fui. Montoya, ¿quién me acompañaba aquel día? tú no eras, ¿no?
  • No, mi sargento, era el cabo Rueda.
  • Cierto, tienes razón, era Rueda.
  • ¿Qué me puede decir? Sargento, ¿han encontrado algo que les guíe hacia el culpable?
  • Entenderá que, de estas cosas, no solemos hablar, pero siendo usted quien es, y estando presente el amigo Gregorio, que era quien atendía al difunto a nuestra llegada, le puedo confiar que no tenemos ninguna pista.
  • Ninguna, ninguna, tampoco. — Intervino el doctor. — Sí que sabe alguna cosa. Por ejemplo, que lo mataron en otro sitio, y trasladaron el cuerpo y la bicicleta lejos del camino.
  • Claro, bueno, eso sí, pero no es ninguna pista. Supongo que lo mataron en el camino, con la bicicleta no podría ir por los bancales. Sin embargo, hemos recorrido el camino y no hemos encontrado manchas de sangre. Una herida como aquella tuvo que dejar un buen reguero de sangre, pero no lo hemos encontrado. Para cuando quisimos mirar las pisadas cerca del cuerpo, había tantas que no se podía distinguir nada. Eso sí, no había huella de que la bicicleta hubiese rodado por el bancal. La tuvieron que traer a pulso. Tampoco había huellas de que hubiesen arrastrado al padre.
  • Entonces estamos hablando de alguien bien fuerte. Si fue en el camino, de día, apartaría la bicicleta para que no se viera, cogería en peso al padre Venancio, lo llevaría hasta el punto donde lo encontraron y volvería a por la bicicleta. — El padre Ramón reflexionó en voz alta.
  • Una cosa debe tener clara también. — Dijo el doctor. — Piense que, aunque esos caminos no tienen el tránsito de una carretera, hay que tener mucha sangre fría para hacer todos esos movimientos con el riesgo de que alguien pudiera ver tus movimientos.
  • Sí, todo eso es cierto, pero hasta donde yo sé, nadie ha visto nada. Por lo que seguimos como al principio. No tenemos ninguna pista, no sabemos nada. Montoya, arranque el coche que nos vamos de ronda. Muchas gracias por su hospitalidad.
  • Sargento, pase usted a visitarme las veces que quiera, también va la invitación para usted, señor Montoya.

Al poco rato, Gregorio se fue, el padre Ramon cenó y se acostó. El día siguiente transcurrió sin ninguna novedad. Cuando regresó de dar misa, le estaba esperando su oponente y el ajedrez preparado en la mesa del porche. Los acompañaban dos vasos de té.  Comenzaban la partida cuando un joven, en bicicleta, paró frente al porche, puso el caballete de la bicicleta y se dirigió a ellos.

  • Buenas tardes padre, doctor.
  • Ramón, este joven es Andrés, el novio de Josefa. — El doctor ya se tomaba alguna familiaridad con el padre Ramón.
  • ¡Ah! Bien, un placer Andrés, yo soy el nuevo párroco, quería hablar contigo.
  • Lo que usted mande, padre.
  • No es ninguna orden. Hablé con el tío Braulio, que me dijo que te encontró cuando descubrió el cuerpo del padre Venancio, que fuiste tú el que avisó al doctor y a la Guardia Civil.
  • Así fue. Me fui a buscar al doctor, porque solo me dijo que el cura tenía mucha sangre. Yo no lo vi, ni en ese momento ni después. Fui todo lo rápido que mis piernas y la bici me permitieron. Cuando el doctor se fue, me atreví a coger el teléfono y llamar a los civiles.
  • Hiciste lo correcto, Andrés. Si no te dije en ese momento que lo hicieras, debería haberlo hecho.
  • Eso entendí yo.
  • ¿No te encontraste con nadie? — La pregunta la hizo el cura. — ¿No viste nada?
  • Yo venía como del ayuntamiento, había pasado su cortijo y esperaba ver a Josefa en la entrada del suyo para hablar con ella. No vi a nadie, por lo que seguí por el camino, hacia nuestra casa. A lo lejos vi al tío Braulio corriendo, dejando su carro muy atrás, pensé que algo no iba bien, pero no se me ocurrió que podía ser tan grave.
  • Gracias por contarnos esto. ¿Quieres algo?
  • Si pudiera ser un buchito de agua.
  • ¿Cómo? — el padre Ramón no entendió lo que le decía.
  • Yo me encargo padre. Andrés le ha pedido un traguito de agua. — Entró en la casa y salió con el botijo que estaba sobre aquel plato decorado, en la cocina. Andrés lo levantó con naturalidad y comenzó a beber ante la mirada de los otros.

En ese momento, a lo lejos, un perro comenzó un aullido largo. Andrés casi se atraganta, dejó de beber, gira su cabeza hacia donde intuía que podía estar el perro. Al aullido inicial se unieron varios perros más, cada uno desde un sitio distinto, pero todos aullando a la vez, creando un coro inquietante y difícil de ignorar.

  • Doctor, ya sabe lo que significa eso.
  • Creo que sí, Andrés. Voy a la consulta, alguien me buscará pronto. — Gregorio ya estaba subiéndose en el coche, como si hubiese recibido una llamada para atender una emergencia.
  • ¿De qué habláis? — El cura no entendía nada.
  • Explícaselo tú, Andrés. — Acertó a decir mientras su coche se ponía en marcha y se alejaba del cortijo.
  • Padre, nadie sabe muy bien cómo, ni por qué, pero, cuando alguien fallece, los perros lo notan, lo saben de alguna manera y aúllan a coro, como los lobos.
  • Pero, ¡eso no puede ser!
  • Ya, pero es. Lo comprobará usted. El padre Venancio tampoco se lo creía, pero los perros aullaron aquella mañana.

Espero que les guste lo que han leído hasta ahora, sería un lujo que compartieran y comentasen. Gracias.

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