¡Tranquilo, estás muerto! Capítulo 6

Vamos acercándonos, por fin, a los últimos días de reclusión. Voy a añadir un nuevo capítulo de este, espero, futuro libro. Si quieren leer desde el primer capítulo, pueden pinchar en esta frase. Me han preguntado, a día de hoy, de la publicación de esta entrada, como llevo esta novela, pues bien, si no me equivoco, estoy terminando el capítulo 28 y aún quedan unos cuantos mas para llegar a la conclusión.

Capítulo 6.      14 de mayo, 11:37. Los primeros pasos

En una estrecha calle del Raval de Barcelona, alguien ha golpeado ligeramente, tres veces en la vieja persiana de los “Ultramarinos Camprubí”. En el silencio de aquella vía olvidada, sonó levemente dos pequeños golpes de respuesta. Una silueta avanzó rápidamente para dar la vuelta a la manzana, como había hecho un día antes. La puerta de la entrada estaba abierta, esperándole. En dos zancadas entraba en el piso de Manuel.

  • ¿Qué haces aquí? ¡Todavía no te he avisado! ¿Piensas que ya tengo lista tu nueva documentación?
  • ¿La tienes?
  • ¡Sí! Estoy dando los últimos retoques a una tarjeta sanitaria, en veinte minutos te la podrías llevar.
  • ¡Perfecto!
  • ¡Ni se te ocurra pensar que hoy comemos juntos!
  • Nunca lo hubiera sugerido, no hay que romper las rutinas. Hay que mantener una imagen.
  • ¡Exactamente! Pasa a mi taller. — Una vez dentro, se sentó en una mesa con un potente foco, se colocó una lupa de joyero y continuó terminando detalles en una tarjeta sanitaria. — Dime la verdad, que te trae por aquí.
  • Necesito información.
  • Nunca te hablaré de mis clientes. De la misma manera que nadie sabrá nada de ti por mí. Yo no guardo nada de trabajos anteriores. Si alguna vez, Dios no lo quiera, entraran aquí, sólo podrían pillar el trabajo que tendría entre manos. Diría que estaba jugando, experimentando o cualquier tontería, pero no hay nada guardado, de nadie.
  • No quiero que me hables de ningún cliente. Quiero saber si eres capaz de reconocer un trabajo, si es tuyo o de la competencia.
  • Eso es otro cantar, pero no estoy al día.
  • Es un carnet que tiene algún tiempo. Échale un vistazo. — Le acercó un pen drive. Manuel lo tomó con delicadeza. Giró su silla y se puso frente al ordenador, abrió el único archivo de aquella memoria. Era un escáner de un DNI. Lo normal seria que quien viera aquella imagen se fijara en la foto de la mujer, o en los datos que figuraban. Manuel había ampliado la imagen al máximo que le permitía su programa sin pixelar, mientras estudiaba minúsculas marcas. — ¿Qué te parece?
  • Tienes buena y mala suerte. Las dos cosas a la vez.
  • Dime primero la mala.
  • Esto no es una falsificación de mala muerte. Esto es un trabajo muy caro. Te estas metiendo con gente gorda, muy gorda. Vamos, que esta mujer tenía un DNI muy bien hecho, alguien ha pagado mucho dinero por hacer esto. A un buen amigo le diría que se fuese corriendo olvidándose de esto. ¡Corre!
  • Muy gracioso. No voy a salir huyendo, tengo un encargo que cumplir. Dime la buena.
  • Yo soy un profesional discreto y perdido. Casi nadie sabe quien soy. Este trabajo lo hago con esmero, no solo te doy una documentación, te hago una identidad nueva. — Mientras hablaba, buscaba información en su ordenador, sus dedos tecleaban con mucha velocidad, mientras sus ojos miraban fijamente la pantalla, asumiendo información sobre aquel carnet. — Si miran con lupa mi trabajo, si lo investigan, se encontrarán todo lo que se debería estar si fuese una documentación normal, de cualquier vecino. En este caso el carnet es perfecto, pero no han hecho trabajo de campo que lo respalde. ¿Cuánto tiempo tiene este carnet?
  • ¿Cómo?
  • Que si sabes cuándo lo hicieron, más o menos.
  • Como mínimo, ocho años, quizás tenga más tiempo.
  • Bien, aquí tu buena suerte. Cómo me imaginaba, esta documentación se hizo tiempo atrás. Te voy a decir una cosa, hace ocho años este carnet indetectable solo podríamos hacerlo dos personas.
  • Una eres tú, lo tengo claro. ¿Quién es la otra?
  • “El cubano”. Es un artista, muy bueno, caro y difícil de localizar. Le he desviado algunos encargos. Por supuesto él no conoce nada de mí. Pero yo si le tengo fichado.
  • Necesitaría hablar con él.
  • ¿Cara a cara?
  • Preferiblemente.
  • Te toca ir a Madrid. Busca un taller de tatuajes. Cierra uno y abre otro cada poco tiempo, para que no le localicen, pero siempre tiene en el nombre del negocio a Cuba o una referencia de la isla. Eso sólo lo saben sus buenos clientes, aunque no pienses que trabaja para todo el mundo. Por ahí lo localizarás. Ojo. No es un cualquiera. Seguramente tendrá buena protección.
  • Espero que no sea tan buena.
  • Ya me contarás. Ve a la cocina y tráete un par de cervezas, esto está casi listo.

Al cabo de un rato, salía de aquella vivienda con su nueva documentación en un pequeño sobre. Ya tenía una primera pista, algo con lo que localizar a aquella mujer. Pero no estaba conforme aún. No le gustaba trabajar a ciegas. No tenía ni idea de para quien estaba trabajando. Eso no había sucedido nunca. Necesitaba tener todas las cartas en la mano, para llevar la partida por donde quería. Paró un taxi y le dio una dirección del centro. El coche, rápidamente se dirigió a un edificio nuevo, su fachada era todo espejos. No se veía nada del interior. Parecían unas oficinas sin letrero alguno en la puerta. Tocó un timbre, mientras miraba descaradamente a la cámara que estaba sobre la puerta. Un chasquido metálico le informó de que podía entrar empujando la puerta. Era una gran entrada. Lo único extraño es que no se veía más puerta que la que había usado. Las paredes estaban paneladas en madera oscura, unos grabados en las paredes y varios sillones eran parte del extraño mobiliario de aquel recibidor. En un mostrador, un joven perfectamente trajeado, sin mediar palabra, le saludó con un ligero gesto de su cabeza, le facilitó una tablet donde introdujo un usuario y una contraseña. Aquella pantalla cambió su blanco tono de fondo por un vivo azul. Automáticamente sonaron dos chasquidos metálicos. Uno indicaba que la puerta de entrada se acababa de bloquear. El segundo descubría como se abría uno de los paneles de una pared, dando acceso a una oficina camuflada.

  • Bienvenido a la sucursal de Barcelona del Swiss Bank of Exceptional Credits.
  • Gracias.
  • El color azul me indica que tenia usted cita con el señor Barreiro.
  • Correcto.
  • Es la tercera puerta.
  • Gracias de nuevo.

Comenzó a andar por el pasillo al que daba acceso aquel panel camuflado. Estaba seguro de que, si hubiese intentado abrir alguna de las otras puertas, la encontraría bloqueada, no habría sido posible. Al abrir la indicada, se encontró con un gran despacho, con decoración clásica y muebles clásicos, robustos y oscuros.

  • Pase, pase. Me presentaré, soy Carlos Barreiro, estoy seguro de que no nos conocemos. Por confidencialidad, desconozco su nombre. ¿Cómo quiere que me dirija a usted?
  • Alex, llámeme Alex.
  • Perfecto. Señor Alex, recibimos su orden de transferencias y la preparación de una cantidad en metálico, para ser retirada hoy. Las transferencias ya están realizadas, puede comprobarlo si quiere.
  • Después, si le parece bien. Primero desearía completar la retirada de fondos.
  • Como usted prefiera. Además de su identificación a la entrada, necesitaría confirmar que usted puede retirar estos fondos. Es una cantidad importante.
  • Por supuesto.

Realizaron todos los tramites necesarios para la entidad bancaria. El dinero fue contado dos veces delante del cliente y depositado en un discreto maletín, obsequio del banco. Para comprobar las transferencias, Alex solicitó acceso a un ordenador, para poder comprobar no sólo la salida de fondos de su cuenta, también que estaban registradas en las entidades receptoras. El señor Barreiro llamó por teléfono y una mujer mayor, diligentemente, le trajo un ordenador portátil, que colocó frente al cliente, preparado para su uso inmediato. Con la discreción que se le supone a un empleado de banca suiza, este dio la espalda al ordenador mientras Alex introducía las claves y contraseñas para acceder a sus otras cuentas. Le dijo a la otra empleada que ya se encargaría él del portátil. Aprovechando que el empleado estaba de espaldas, Alex colocó un pequeño dispositivo USB que automáticamente descargó un programa espía, capaz de pasar inadvertido para el antivirus de aquel ordenador y que permanecería durmiente hasta la hora prevista. Retiró discretamente el dispositivo mientras realizaba las comprobaciones, sabiendo que ya estaba instalado aquel troyano. Con calma fue cuenta tras cuenta, una vez comprobadas todas las transferencias, el señor Barreiro guardó el portátil en el cajón de su mesa.

  • ¡Bien! Una vez comprobado todo, ¿necesitaría alguna cosa más?
  • Creo que no, muchas gracias por todo.
  • ¡No se olvide el maletín!
  • ¡Oh! No se preocupe. Sólo le pediría una cosa más. Si fuera tan amable.
  • Dígame, si esta en mi mano, puede contar con ello.
  • Necesitaría ir al aeropuerto y con esta cantidad de dinero no me sentiría seguro tomando un taxi con un desconocido.
  • Comprendo lo que me dice.
  • Ya es casi la hora de cierre de la entidad, ¿seria tan amable de llevarme usted? Si debo esperar, por mi parte no hay problema, espero.
  • ¡Puede contar con ello! Seguro que están esperando a que yo salga para cerrar hoy. — Tomó el teléfono que había sobre su escritorio, hizo un par de preguntas y dio unas instrucciones. Abrió un cajón de su mesa, cogió unas llaves y le pidió que le acompañara.

Alex sonreía. Acababa de asegurarse que nadie tocaba el portátil que le habían dejado hasta el día siguiente, por lo menos, evitando la posibilidad de que lo apagaran. La salida trasera de la entidad, tenía fuertes medidas de seguridad, como no podía ser de otra manera. Accedieron a un ascensor que necesitaba accionarse con una llave para poder ser usado. Bajaron a un sótano, donde el compartía aparcamiento con el resto de los vecinos. Alex estudiaba todo aquel entorno mientras exteriormente no parecía mostrar ningún interés. Barreiro accionó el mando a distancia de su llavero, un flamante BMW contestó su acción con un sonoro pitido y encendiendo sus cuatro intermitentes.

  • En unos minutos estará usted en el aeropuerto.
  • ¡Perfecto!
  • Una curiosidad, si no le molesta. ¿No tendrá problemas para subir al avión con tanto dinero?
  • No es molestia. Nuestro avión privado me está esperando.
  • ¡Por supuesto! Perdone.
  • No se preocupe, no pasa nada. —  Procuró cambiar la conversación, pensó que lo mas sencillo para desviar la atención de aquel hombre era preguntarle por su coche. Tenía claro que era su capricho.

No se equivocó. Durante todo el trayecto, Barreiro le explicó lo contento que estaba con su BMW, los opcionales que le había mandado instalar, potencia, consumo, cualquier detalle era explicado minuciosamente, mientras Alex contestaba como si tuviese verdadero interés. Cuando llegaron al aeropuerto, se despidieron cortésmente. Entró en la gran zona de salidas, miró distraídamente una pantalla, cuando estaba seguro que el señor Barreiro se encontraría bastante lejos, salió a la zona de taxis y pidió que lo llevaran a la calle Valencia. Durante el trayecto llamó a Patricia.

  • ¿Dígame?
  • Hola, guapa.
  • ¡Alex! No esperaba tu llamada. Estoy comiendo con mi compañera en un bar del puerto. ¿te vienes?
  • ¡Imposible! Por eso te llamaba. Hoy toca comida y cena de negocios. ¿No te importa si nos vemos mañana?
  • Eso te costará caro.
  • ¡Me vas a llevar a la ruina! Pensad un sitio para comer mañana y te invito a ti y a tu amiga.
  • ¡Vale! Ya se donde vamos a ir, te va a gustar.
  • ¡Perfecto! Pero la cena de mañana, luego tu y yo, solos.
  • ¡Cuenta con eso! ¡Un beso!
  • ¡Otro!

Colgó el teléfono mientras descendía del taxi. Subió a su casa, guardó el contenido del maletín en su mochila. Esa tarde tenía que comprar. Abrió su portátil y buscó una pagina de venta de segunda mano. Necesitaba un coche. Potente, pero no muy ostentoso. La transacción debía ser rápida y, sobre todo, discreta. Comenzó su búsqueda, primer filtro, zona de Barcelona, combustible gasolina, menos de 3 años. Varios modelos entraban en lo que necesitaba. Decidió llamar al anuncio de un particular. Era un Mercedes, clase A, AMG 45. Un pequeño coche, que esconde más de trescientos ochenta caballos de potencia bajo su capó. En las fotos se veía un cuidado y bastante nuevo vehículo. En la descripción se podía leer en mayúsculas “URGE SU VENTA”. En las fotos pudo ver la matricula, fue fácil entrar en la base de datos de Trafico y comprobar que el vehículo no estaba denunciado, no tenía ningún embargo y estaba totalmente limpio. Marcó el número que figuraba en el anuncio, le respondió un joven que le explico que necesitaba venderlo por traslado urgente, cosas del trabajo. A Alex le daba igual la excusa que le pusiera. Quedaron en verse en un par de horas. En un centro comercial de Castelldefels. Alex bajó a la calle, tomó un taxi y minutos después, comía algo en uno de los restaurantes de aquel complejo. Cuando vio que era la hora pactada, llamó al vendedor, explicándole donde le esperaba. Poco rato después, Alex se sentaba en aquel coche que aún parecía oler a nuevo. Abrochó el mecanismo del cinturón de seguridad, y como siempre hacía, tiro de la cinta superior, la que va en diagonal hasta su hombro, apretando el sistema. Minutos después, conducía el pequeño Mercedes por las calles de Castelldefels. El coche funcionaba perfectamente y estaba impecable. Le dijo que se lo pagaba al contado, lo que pareció perfecto al vendedor. Alex regateó un poco, no era necesario, sabía que le había pedido un buen precio, pero pensó que es lo que haría todo el mundo, debía pasar lo más disimuladamente posible aquel trato. Le dijo que se sentasen en los asientos traseros. El vendedor no entendía nada, pero cuando comenzó a sacar los billetes de su mochila y empezó a contar, cualquier duda había desaparecido. Fueron a una gestoría, donde depositaron la documentación para que realizasen la transferencia de propietario y les proporcionaron un contrato de compra venta que prepararon los mismos empleados. Alex les dejo que escaneasen su documentación. La había sacado de un pequeño sobre. El mismo que le había proporcionado horas antes su amigo Manuel. Les pidió su teléfono, ya les llamaría para proporcionarles la dirección de envío de la documentación. Pagó las gestiones de la gestoría, se despidió del vendedor que mantenía una enorme sonrisa desde que tenia el dinero en su bolsillo. En menos de tres horas había realizado toda la operación.

Alex conducía con prudencia. Esperó junto a la entrada del parking donde había estado por la mañana. Con un mando auto copiativo, ingeniosamente modificado por Misha, un desconocido hacker ruso amigo de Alex que le había ayudado y formado en todo lo que se podía piratear informáticamente. Pacientemente esperó que algún vecino abriera la puerta. Cuando eso sucedió, el mando capto la señal inalámbrica y la copió. Segundos después, Alex accionó su mando y la puerta de aquel garaje se abrió para él. Buscó la plaza que había ocupado por la mañana el BMW de Barreiro y aparcó allí el Mercedes.  Sacó su portátil de la mochila y comenzó a trabajar. Abrió una red wifi privada. En cuanto se abrió la conexión, el troyano introducido en el portátil aquella mañana le estaba proporcionando información. Utilizando ese ordenador como puente, se introdujo en la red wifi privada del banco. Sabía que aquel portátil no tendría conexión directa con ningún servidor, por tanto, no tendría acceso directo a ninguna cuenta, ninguna información podría sacar de aquel aparato. Por eso buscó en la red wifi del banco. Encontró un terminal, que según la información que consiguió de aquella red, era el que más datos había movido en los últimos días. Intentó acceder a él, pero necesitaba una clave de ocho dígitos. Activó un pequeño programa que debería encontrar la contraseña en menos de dos horas, de nuevo gentileza de Misha. Mientras esperaba, se decidió a probar todo lo que llevaba su nuevo coche.

Estaba descubriendo como funcionaba el sistema de audio cuando un pitido le avisaba que había conseguido entrar en aquel ordenador. Una vez se conoce el sistema operativo de un banco, puedes decir que los conoces todos. En pocos minutos había localizado su cuenta. Buscaba los datos que podía conseguir de quien le había realizado la transferencia para pagarle aquel trabajo. Para su sorpresa, su cliente se sentía tan inalcanzable que había hecho una transferencia interna. El ordenante era una empresa, Global Trans Oceanic Business Industries, con sede en Oregón. Tenía cuenta en aquel mismo banco. Eso le facilitaba las cosas. Accedió a la ficha del cliente y descargó todos los documentos que tenía el banco de aquella empresa. Se desconecto de la red wifi del banco, no había realizado ninguna transferencia, ni había hecho desaparecer nada. Al día siguiente nadie notaria que habían tenido una visita. Por si acaso, decidió sabotear la red de cámaras de aquel parking, algo mucho mas sencillo comparado con todo lo que había hecho hasta ahora. ¡Gracias Misha! Por todo lo aprendido. Decidió borrar todo el día, desde las cero horas hasta las veinticuatro. De manera que no quedara imagen suya, ni con el señor Barreiro, ni con su nuevo coche. Con tranquilidad, salió del edificio y se fue a su casa.

Ya en el piso de la calle Valencia, decidió hacerse una cena ligera. No había terminado mal el día. Tenia una pequeña pista sobre su búsqueda y, más importante aún, sabia donde comenzar a buscar a su cliente. Nunca había aceptado un trabajo sin saber a ciencia cierta quien le contrataba. Cuando terminó su cena, comenzó a estudiar toda la documentación de aquella empresa fantasma. Una rápida búsqueda por las dos redes, el internet que todos usamos y la red profunda, le convenció de que aquella Global Trans Oceanic Business Industries de Oregón era una empresa fantasma. Estudió toda la documentación aportada, sobre todo escrituras y poderes. Sólo se podía identificar a un nombre, aquella sociedad era unipersonal. Raimundo Guzmán Cortes.

  • ¡Te tengo! — Dijo apretando su puño derecho.

Continuó buscando información, centrándose ahora en la identidad que había salido a la luz. Figuraba en investigaciones policiales, pero no había ninguna detención, que constara en algún informe. Tampoco imágenes suyas. Sólo una identidad reconocida como líder de una banda de delincuentes que parecía tener intereses con cualquier cosa que fuera ilegal, pero aquel nombre siempre había sido referenciado, habían hablado de él, nadie lo había detenido, interrogado o fotografiado. La única información que pudo conseguir era que comenzó desde la base de la organización, hasta convertirse recientemente en el líder de aquel grupo. Bien mirado, eso coincidía con lo que le había dicho.

Como siempre, gracias por llegar hasta aquí, espero que le haya gustado. Para ayudarme a divulgar este libro, sería magnifico si lo comparte o comenta, así alcanzaría a más gente.

1 Comment

  1. Buenas tardes, me gusta mucho como escribes, por eso la idea de ser tu compañera bloguera puede ser interesante, segura de que mutuamente disfrutaremos de nuestra relación literaria. Ven, visítame y te quedarás: ” minovela.home.blog”. Únete a mi web, donde te voy a ayudar a entender cada paso de los que fui dando a lo largo de las páginas de mi novela “S.H. El Señor de la Historia”. Quiero ayudarte a bucear en su filosofía confiando en que comprendas la profundidad de su mensaje.
    TE ESPERO
    Mary Carmen

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