El asesino del Andarax, Capítulo 5

Continuo publicando capítulos, hoy es el turno del quinto. Los anteriores están disponibles en este blog. Si quieres empezar por el principio, pincha en esta frase. Espero os guste y os animéis a compartirlo o comentarlo. Un abrazo

Se le quería mucho en este pueblo

Se levantó temprano, se aseó minuciosamente y cuando salió al salón, ya estaba su desayuno preparado. No había rastro de nadie, supuso que cuando escucharon que se levantaba, se habían marchado. Estaba dando el último bocado cuando escuchó un ruido familiar perdido en su memoria. Hacía tiempo que no oía una bestia. Un carro estaba entrando en el cortijo del cura. Salió al porche que estaba recibiendo todo el sol de la mañana, vio a un viejo mulo tirando de un carro más anciano que él. Sobre el carro, vacío de carga, un viejo estaba en el pescante, tirando vivamente de las riendas. Adivinó que aquel hombre era el tío Braulio. Detrás del carro caminaba un perro pequeño color canela.

  • Buenos días, padre. — Saludó el tío Braulio mientras se bajaba, no sin esfuerzo, del carro.
  • Buenos días nos dé Dios.
  • Perdone por no asistir a su misa de ayer, andaba dando viajes. Me contaron que dio usted un bonito sermón. ¿Necesita que carguemos algo?
  • Esta usted perdonado, tranquilo. No, no quería llamarlo por ningún viaje, espero no molestarle o interrumpir algún encargo. — llevó caminando al tío Braulio junto a la balsa, buscando la sombra de algunos naranjos.
  • Hoy no tengo nada hasta el mediodía. Tengo que hacer un viaje entonces a doña Crescen. Por eso vine temprano. ¿Qué necesita usted de mí?
  • Necesitaría que me contase todo. — Se sentó en un viejo tronco que estaba tumbado junto a los naranjos, a la sombra. Adivinó que estaba allí precisamente para eso, su acompañante también se sentó junto a él. El perro se tumbó a los pies de ambos.
  • ¿Todo?
  • Cómo encontró al padre Venancio, lo que vio, cualquier cosa.
  • ¡Ah! Sobre eso. Creo que ya lo he contado varias veces, pero no tengo ningún problema en repetírselo a usted.
  • ¡Perfecto! Cuénteme.
  • Este camino que pasa frente al cortijo del cura, termina en la puerta trasera del cortijo San Miguel, aunque hay varios desvíos que me permiten entrar con el carro en el río Andarax. Ya sabe que casi nunca lleva agua, mientras está seco, es una vía perfecta para mí. Me dirigía a Rioja porque para mi carro, es más tranquilo y seguro por aquí, que usando la carretera nacional. Mi mulo se asusta con los coches y camiones. Yo también, si le soy sincero. Pasé por la puerta del cortijo del cura, también por la del cortijo de doña Crescen. Ella estaba desplumando una gallina, me saludó y continuamos cada uno con lo nuestro. Había avanzado algo, ya se veía el palacio de San Miguel, …
  • ¿Palacio?
  • El cortijo de San Miguel es muy grande. Le llamamos a todo igual, pero la finca tiene el palacio de los marqueses, el cortijo del guardés, el palomar con su balsa, una bodega independiente de la casa y mucho más, es muy grande. El palacio, que está en alto, tiene su entrada principal dando a la carretera nacional, justo a este lado del puente de Rioja. ¿Lo ha visto?
  • Creo que lo vi desde el tren, es un puente grande de piedra, ¿no?
  • El mismo, es muy largo, tiene como dos rectas y una esquina. Mientras puedo lo evito con el carro, una de las rectas, la que cruza el río, que está junto al palacio, es muy estrecha, es un tramo de un solo carril. Los coches son muy impacientes, no hay espacio para adelantar, pitan y asustan a mi mulo.
  • Bien, lo entiendo, entonces me decía que pensaba llegar a Rioja por el río.
  • Sí. Capitán, mi perro, siempre me acompaña. Es bastante tranquilo, por eso me extrañó que ladrara, adelantara al carro corriendo y se metiera entre los naranjos. Pensaba que estaba jugando con algún animalillo, pero no es muy frecuente. Paré el carro, enfadado en ese momento por las cosas del perro, pero ya ve usted el panorama que me encontré.
  • ¿No viste a nadie más? ¿Oíste algún ruido?
  • No, padre, nada más.
  • Dime lo que viste, por favor.
  • Pues cuando me acerqué, Capitán estaba sentado con cara triste, mirándome. Lo primero que distinguí fue la bicicleta, estaba más cerca de mí. Detrás de ella se podía adivinar el bulto negro de la sotana. Al acercarme un poco, vi claramente la cara del padre Venancio, con los ojos aun abiertos y su cuello lleno de sangre. No toqué nada, me fui al camino pensando llegar al pueblo, en aquel momento pasaba por allí Andrés, el hermano de Crescen y le avisé para que llamase al médico y a la guardia. Cuando vino el médico le dije dónde estaba el cuerpo, no volví a acercarme. Lo mismo hice cuando vino el sargento de la guardia. No era nada agradable. El padre Venancio era muy buena persona. Se le quería mucho en este pueblo, ¿sabe usted?
  • Me imagino, parece que todo el mundo apreciaba mucho a mi antecesor. Bien, si eso es todo lo que recuerda, me ha sido de gran ayuda.
  • Lo que usted pida, padre.
  • Si recuerda algún detalle, por pequeño que le parezca, cuando pase por aquí, le agradecería que me lo contase.
  • Sin problema. Con su permiso, me voy para adelantar tarea, a ver si terminamos hoy antes de que anochezca.
  • Claro, vaya usted con Dios. — El padre Ramon se quedó a la sombra mientras el tío Braulio se marchaba en su carro, seguido por su perro.

Mentalmente preparaba una lista de sus siguientes visitas. Tenía que ver a Andrés, también a su hermana Crescen. Estaría bien conocer al sargento de la Guardia Civil. Fue al establo y sacó la bicicleta. En el cuadro tenía enganchadas dos pinzas metálicas para pillar los bajos del pantalón, para que estos no se engancharan en la cadena. Tuvo la precaución de subirse un poco la sotana. Comenzó a pedalear y tomó la dirección contraria a la iglesia. Por aquel camino entre los naranjos, un poco más adelante se encontró con el carro del tío Braulio, el cortijo que se encontraba a su izquierda, un poco separado del camino, debía ser el de doña Crescen, aminoró su marcha para ver si conseguía ver a alguien y aprovechar la situación, pero no se veía nada más que a Capitán, que se acercó al camino para mover la cola al paso del cura. Esperó a tener más suerte a su regreso. Continuó pedaleando por aquel camino. Vio varias entradas a los bancales, supuso que eran de servicio para los naranjos, aunque alguna llegaría también a conectar con el río. Avanzó unos cientos de metros más, vio un camino hacia la derecha y paró la bicicleta.  Al fondo se veía en lo alto una gran casa que supuso era el palacio del cortijo de San Miguel. Volvió a pedalear tomando el camino que se había encontrado a su derecha que imaginaba que le llevaría al río. Atravesó varios bancales de naranjos, llegó a un punto donde el camino tenía una pequeña cuesta que le llevó directamente al cauce seco del Andarax. Enfrente, al otro lado del río, más naranjos; a la izquierda, el imponente puente de Rioja, en piedra y de mucha altura. Como le habían explicado, el tramo recto que cruzaba el río se veía más estrecho, era de un solo carril, ya sobre los naranjos de Rioja, el puente tiene una curva de noventa grados que termina en una recta que desciende suavemente para llegar a las primeras casas de Rioja, esta recta sí permite la circulación en ambos sentidos. El padre Ramón comprobó que el cauce del río Andarax estaba perfectamente preparado para que circulasen todo tipo de vehículos por él. Cada vez que salía el río se perdían los caminos, pero en cuanto se volvía a secar el cauce, se creaban otros nuevos, a fuerza de pasar repetidamente todo tipo de vehículos, animales o personas. Dio media vuelta y volvió al camino principal. Decidió acercarse más al palacio, pedaleando despacio. Se veía cerca ya del mismo cuando escuchó unas voces a su izquierda. Dejó la bicicleta apoyada en un naranjo y se acercó a los árboles que estaban en los bancales del lado izquierdo, los más alejados del río. Seguía escuchando aquellas voces, entró un poco en el bancal y vio una balsa cuadrada rodeada de cipreses, probablemente para dificultar la curiosidad de cualquier fisgón. Al fondo había un extraño edificio que parecía tener cuatro plantas de baja altura, que entraba en la balsa, estaba realizado con un trabajo de mampostería soberbio, con unas formas que solo había visto en algunas catedrales. Aquel edificio parecía estar totalmente fuera de lugar. Las voces las daban dos mujeres, supuso que eran madre e hija por la diferencia de edad y por las formas que tenían de hablarse. Parece ser que la mujer más joven estaba tomando un baño tranquilamente, lo que no hacía ninguna gracia a la mayor. El padre Ramón estaba más pendiente de aquel extraño edificio de un estilo muy barroco, con unas extraños y pequeños ventanucos, que no lograba explicar qué podía ser. La tranquilidad del agua reflejaba su imagen de forma casi perfecta, parecía un espejo. En aquel momento, la mujer más joven dio un manotazo al agua y se decidió a salir de la balsa. El padre Ramón se dio la vuelta rápidamente, al comprobar que la mujer que salía del agua estaba completamente desnuda. Intentando no hacer ruido, se acercó al camino, tomó su bicicleta, se subió la sotana y comenzó a pedalear hacia el Cortijo del cura. Mientras lo hacía, no podía pensar en otra cosa que en aquel cuerpo desnudo. Sus votos le impedían cualquier relación íntima con una mujer, pero su cuerpo no entendía nada de eso, se había excitado con la visión de aquel cuerpo mojado, desnudo, rotundo. Se dijo que debía pensar en otra cosa, se estaba acercando al cortijo de doña Crescen, pero no veía el carro del tío Braulio, tampoco a nadie en su porche. Llegó a su destino, guardó la bicicleta en el establo, puso las pinzas de los pantalones en el cuadro. Dolores estaba dejándole la comida, Julián le acompañaba.

  • Julián, creo que este es tu último año en la escuela.
  • Sí, señor.
  • Cuando lo termines ¿te gustaría seguir estudiando?
  • No puedo, tendré que ayudar a mi padre.
  • ¿Pero a ti te gustaría estudiar?
  • Sí, me gustaría ser médico como don Gregorio, o maestro.
  • Eso es todo lo que quería saber. — buscó a Dolores y le dijo que le gustaría hablar con ella y con Fernando, cuando les viniese bien, no había prisa. Ella se fue con Julián, poco después de que terminara de comer, mientras el padre Ramon recogía la mesa, entró el matrimonio. — Pasad y sentaos, tranquilos que no es nada malo, parecéis asustados.
  • Espero que hayamos hecho todo a su gusto.
  • No tengo la más mínima queja, por favor, más bien al contrario, me miman ustedes demasiado. He estudiado el acuerdo que mantenéis con la parroquia, o con el párroco, no sé muy bien cómo explicarlo aún, pero entiendo que no es mal acuerdo para vosotros.
  • No tenemos ninguna queja, padre. — Dolores solo escuchaba, el que hablaba era Fernando.
  • Bien, este año Julián termina sus estudios aquí, podría continuar estudiando en la capital, quizás en un internado.
  • Eso nos costaría un dinero que no tenemos, es mejor que ayude en la labor de la tierra para aumentar la producción.
  • No es necesario. Por lo que sé, podemos variar las partes.
  • No entiendo, padre.
  • Hasta ahora se parte mitad para vosotros, mitad para la parroquia.
  • Así es, padre.
  • Pues yo quiero disponer que vuestra parte sea aumentada para permitir que ahora Julián y, en su día, Crisanta puedan estudiar, si es su deseo.
  • ¡Oh!, padre, eso sería magnífico. — Dolores por fin había hablado. — No sabría cómo podríamos pagarle tanta generosidad.
  • No es generosidad por mi parte, la parroquia está saneada y prefiero invertir los beneficios de este cortijo, que también son los frutos de vuestro trabajo, en la educación de vuestros hijos. Si fuera posible, después de ellos, ayudar a otros también.

El matrimonio no sabía cómo agradecer el nuevo trato y el cura no quería darle mayor importancia. Les comentó que se afeitaría y se iría pronto a la iglesia para atender las confesiones y preparar el servicio, le dijo a Fernando que él podía ir mas tarde. Al regresar caminando después del oficio, el padre Ramón le comentó que le gustaría hablar con Andrés. A Fernando le extrañó y preguntó el motivo, le respondió que era una consulta sin mayor importancia. Cuando llegaron a la entrada del cortijo, allí estaba el cuatro cuatro del doctor, Fernando continuó hasta su casa. Gregorio había preparado el tablero de ajedrez en el porche y le estaba esperando. También había hecho dos vasos de té moruno.

Gracias por llegar hasta aquí. Los capítulos anteriores están disponibles en este blog. Si comentan o comparten, ayudarán a llegar a más gente. Gracias por todo, nos vemos.

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