“¡Tranquilo, estás muerto!”, Capítulo 5

Llega el fin de semana, para los que quieran ocupar parte de su tiempo con la continuación de mi nuevo libro, “¡Tranquilo, estás muerto!”. Os recuerdo que estos textos forman parte del borrador inicial y están sujetos a correcciones y cambios, y que los capítulos anteriores están disponibles en este blog. Si quieres comenzar por el primer capítulo, pincha aquí. Espero que os gusten y se animen a compartir para llegar al máximo numero de personas. Gracias por su interés.

cap5

Capítulo 5:     14 de mayo, 9:14. Informe policial

Aquel despacho no había cambiado desde que lo nombraron agente especial. El tiempo pasa muy rápido, han transcurrido ya más de siete años de la creación de un cargo pensado expresamente para él y del que nunca podría escapar, a no ser que se jubilara anticipadamente como le habían ofrecido, algo que no pasaba por su mente. No se veía una foto personal, ningún elemento podría dar una pista de la personalidad del usuario de aquel despacho anodino y triste. El único toque que rompía la sobriedad de aquella estancia era la imagen del rey, que parecía mirar fijamente a aquel joven que estaba de pie, hablando con su superior, mientras este permanecía sentado y visiblemente enfadado.

  • ¡Vamos a ver si yo lo entiendo!
  • ¿Qué tienes que entender? — A pesar de ser su superior, hacia mucho tiempo que no le trataba como tal, Jorge le hablaba como si en realidad fueran amigos de toda la vida y compañeros al mismo nivel.
  • ¡Me quieres decir que estos asesinatos se han cometido hace dos días!
  • Ya te lo he dicho, sí.
  • ¡Me cago en mi estampa! — Daniel dio un golpe en la mesa a mano abierta, quería escenificar que lo supusieran más enfadado de lo que realmente estaba.
  • Además, me han dicho que nos centremos en este caso, que nos olvidemos de los demás.
  • ¿Los demás casos?
  • ¡Es lo que me han dicho!
  • Pero si les falta darnos una escoba para ponernos a barrer en lugar de darnos ningún caso, no quieren que investiguemos nada.
  • ¡Lo sé!
  • Jorge, algo me dice que esto va a ser un marrón.
  • ¡De los gordos!
  • ¿Quién lleva el caso hasta ahora?
  • Lo llevan en el cuartel de la guardia civil del pueblo. Mejorada del Campo creo que es.
  • ¡La gracia que les va a hacer que le quitemos el caso de sus manos!
  • Normal, llevan dos días trabajando ya en él.
  • Que no se te olvide la orden que nos encasqueta esto. Hasta ahora no tenemos coche asignado, supongo que nos habrán dado algo.
  • ¡Sí! En el parking nos darán las llaves, solo me han dado la orden por escrito de retirada del vehículo. Dice que está en la plaza 117.
  • ¡Me temo lo peor! Ya verás que porquería nos van a dar. Nos la tienen jurada desde aquello. — Daniel recogió su acreditación del cajón, también debía llevarse algo más. Hacía mucho tiempo que no cogía su arma reglamentaria, pero esta vez, su instinto le gritaba que debía llevarla. Se colocó la pistolera de hombro, la que todos llamaban “sobaquera”. No le gustaba mucho, le obligaba a llevar chaqueta para que no se viera descaradamente. Del cajón inferior de su mesa, después de abrir una pequeña caja con llave, sacó la vieja Beretta. Comprobó que parecía estar perfectamente preparada para ser usada, sí, todo estaba bien, exactamente igual que seis años antes, cuando la vio por última vez, mientras la guardaba en aquella caja. La colocó en su funda y suspiró. Tendría que ir pensando en perder una tarde en limpiarla y engrasarla, pero sería más adelante. — ¡Que sepas que vas a conducir tú!
  • Eso ya lo tenía yo claro. Mientras nos lleve sin averías.
  • ¡Vamos! Hay que ir a Mejorada del Campo, quitarle el caso a la guardia y esperar un rato de quejas y broncas.
  • ¡Andando jefe! — La sonrisa y dinamismo de Jorge delataba su alegría por estar activos, tanto tiempo después. Abandonaron el despacho, llevaba una bolsa de ordenador, donde guardaba toda la documentación que le habían pasado, todavía no la había visto. — ¡Toma! A ver si te pones al día mientras llegamos.
  • Claro que sí. — Bajaron hasta el parking principal, Jorge enseñó al funcionario la orden que les proporcionaba vehículo oficial. Después de estudiarla, este le dio un sobre con documentación y las llaves. Escrito con letras grandes podía leerse “Plaza 117”, les indicó por donde estaba. Mientras andaban hacia el coche, Daniel iba dando un vistazo a las hojas del informe preliminar, por lo que no prestaba atención a nada, caminaba mecánicamente junto a Jorge.
  • ¡La hostia! — Exclamó Jorge, parando bruscamente. Daniel tropezó con su amigo.
  • ¿Qué pasa? — Daniel seguía leyendo sin levantar la cabeza.
  • Pues que o bien has regalado algunas botellas de vino bueno, o nos vamos a meter en un lio de cojones.
  • Ya te digo que no he regalado nada a nadie.
  • ¡Pues ya me lo estas explicando! — Mientras le decía esto, le dio un leve codazo para que mirara delante suya. Se encontraba frente a la plaza 117. Mientras buscaba dentro del sobre las llaves del coche.
  • ¿Eh? ¡La madre que me parió! — Frente a ellos se encontraba el coche que le habían asignado. Un flamante Audi A4, negro, nuevo, brillante, de estreno. — Esto es mas grande de lo que nos pensamos. Jorge, pies de plomo. Ya veras lo que tardan en estar llamándonos y presionando.
  • Daniel, una cosa te voy a decir. ¡Disfruta mientras dure! Llevamos mucho tiempo tragando papeleos, esperando un caso, este tiene que ser bueno y nuestro trampolín para volver a la normalidad. ¡Por Dios! ¡No la caguemos! — encontró el mando en el sobre, accionó el botón de apertura y el flamante coche respondió encendiendo sus intermitentes y con un leve toque de la bocina. Una amplia sonrisa iluminó el rostro de Jorge.

 

Minutos después, el Audi avanzaba suavemente mientras salían de la capital, buscando Mejorada del Campo. Jorge había tardado unos minutos en la configuración del menú del vehículo y en comprender como funcionaba todo. Estaba disfrutando de “su coche nuevo”. Había puesto la dirección del cuartel al que se dirigían en el navegador y una voz femenina les estaba guiando entre cruces, redondas y salidas. Sabía el camino mejor que aquella voz, pero quería disfrutar del hecho de tener un coche con GPS del trabajo, algo que no podían decir muchos compañeros. Daniel, mientras tanto, no levantaba su cabeza del pequeño informe que le proporcionaron, quería memorizar el mayor numero de datos posibles para localizar los pequeños detalles que podían ser considerados pistas.

  • Jorge, esto es muy raro.
  • ¿El qué?
  • ¡Pues todo! Dime, ¿tú has visto alguna vez un ajuste de cuentas entre bandas?
  • ¡Muchas veces!
  • ¡Bien! En cuantas después de matar a alguien a tiros, han quemado a las víctimas.
  • ¿Cómo que han quemado a las víctimas?
  • Para empezar, no recuerdo ninguna vez que prendieran fuego al escenario del crimen. Pero el detalle que me llama más la atención es que el acelerante no se vertió sobre los muebles o el suelo. El acelerante se vertió sobre las víctimas, sobre todo.
  • ¡Qué raro todo!
  • ¡Pues sí! Desde ya, esto no es un ajuste de cuentas, por mucho que eso sea lo que nos quieren hacer creer.
  • ¡Vale!
  • Toma nota, Jorge, no lo olvides. — Daniel volvió a enfrascarse en la lectura de aquellas hojas, totalmente ajeno al tráfico y a todo.

Aparcaron el Audi en el lugar destinado a coches oficiales. Cuando se les acercaba un Guardia Civil para decirles que allí no se podía estacionar, los dos sacaron su acreditación como aprendieron tiempo atrás, sobre todo de las películas y de la televisión, abriendo la cartera donde se veía su identificación y el escudo de la Comisaría de la Policía Judicial de España. El guardia tuvo un pequeño momento de incertidumbre, no esperaba ver un Audi nuevo como coche oficial, rápidamente se recompuso, les saludó y los acompañó al despacho del jefe de aquel cuartel. Un brigada que esperaba su jubilación ansiosamente, algo que se produciría muy pronto.

  • ¡Buenos días!
  • ¡Buenos días, mi brigada! — Daniel le saludó mientras alargaba aquel papel que les autorizaba a quedarse con toda la información que habían conseguido, al haberles asignado aquel caso. — Aquí tengo la orden que …
  • ¡No hace falta! No me enseñe nada. Llevan toda la mañana llamándome para intentar explicarme por qué tengo que inhibirme de este caso y trasladárselo totalmente a ustedes.
  • Nosotros también somos unos mandados. ¡No quisiéramos causarle ninguna molestia!
  • ¿Molestia? ¡Que cachondos que son los de la capital!
  • ¿No entiendo?
  • Te lo explico muy fácil, permíteme que nos tuteemos, aquí entre compañeros.
  • Faltaría más, sigue.
  • Aquí tenemos dos rateros, cuatro camellos de medio pelo y poco más. Si te llevas este caso y me lo quitas de las manos, menos problemas para mí, ¿entiendes?
  • ¡Entiendo!
  • No quiero pasarme horas escribiendo informes y buscando pistas donde no hay. ¡Para cuatro días que me quedan! A ver si los puedo pasar tranquilo.
  • De acuerdo, mejor así.
  • Y tanto. Si te preguntan, di que estaba cabreado como una mona. Que no quería pasarte nada. Que he dedicado muchas horas a este caso, tú ya sabes, lo normal.
  • Así lo haré, no te preocupes, te haré quedar bien.
  • Por cierto, esa es la carpeta con todo lo que tenemos. Los informes del forense ya hemos dicho que os lo remitan directamente a vosotros. Aquí no ha llegado nada aún.
  • Ya está todo, entonces. Nos hacemos cargo de este caso, oficialmente. Si se te ocurre algo, recuerdas un detalle o cualquier cosa, me llamas a mí directamente, ¿te parece bien? — Había sacado una tarjeta con su numero personal, hacia años que no daba ninguna, por eso comprobó que se veía bien y que el número de teléfono era el correcto antes de darsela.
  • Por supuesto, no creo que te moleste, pero si algo surge, te llamo. Firma aquí, como que te has llevado todo, no quiero historias.
  • Por supuesto. — Daniel firmó un documento mientras Jorge recogía la carpeta.

Se despidieron, sabiendo que nunca volverían a verse. El viaje de regreso a la Comisaria transcurrió de la misma manera que el de ida. Jorge conducía con una sonrisa imborrable en su rostro, mientras Daniel intentaba leer lo poco que habían descubierto hasta aquel momento. Nada más llegar a la comisaria, justo después de volver a dejar el coche en la plaza de aparcamiento 117, recibieron un mensaje. Debian ver lo antes posible al Comisario Romero. La sonrisa de Jorge desapareció de su rostro. Daniel no pareció inmutarse.

  • ¡Ya está aquí el marrón!
  • Tranquilo Jorge, no me digas que no te lo esperabas.
  • ¡Pues no!
  • Yo sí. El mismo que nos castigó en su día a hacer papeleo inútil, es el que nos ha sacado de nuestra cueva, seguramente no podría hacerlo otra persona, tenía que ser él. Ahora hay que averiguar por qué y que quieren que hagamos.
  • No sé como le voy a mirar a la cara.
  • Pues como en las comidas de navidad, con indiferencia. Como si no te importase y te diera exactamente igual.
  • ¡Es que no puedo!
  • Tienes que poder, si le demuestras que te hizo daño, se sentirá ganador. Si te ve tranquilo y sosegado, creerá que tú eres el que venció. Mírame.
  • ¡Sangre de horchata! Eso es lo que tienes.
  • ¡No te creas! Estoy seguro que es lo que más le puede jorobar. — Mientras decían esto, se acercaban al despacho del comisario. Su secretaria, Loli, le conocía desde hace mucho tiempo, se había levantado y le esperaba con los brazos abiertos. — ¿Dónde está la secre más guapa del mundo?
  • ¡Ven aquí guapetón! — antes de que Daniel pudiera zafarse, ya le había plantado dos sonoros besos en su cara.
  • Yo también te quiero. — Dijo Jorge, manteniéndose un poco detrás de la pareja que continuaba abrazada.
  • ¡Tranquilo! También hay para ti. — Había soltado a Daniel y le dio su correspondiente par de besos. Señalando con el pulgar hacia el despacho que estaba detrás de ella, les dijo cambiando a un tono de voz más serio y formal — ¡Ojo con él! Hoy está nervioso. Algo ha tenido que pasar.
  • ¡Y tanto! Nos ha dado trabajo y quiere vernos. — Jorge no podía disimular su intranquilidad.
  • Me ha dicho que paséis directamente en cuanto lleguéis, pues ala, andando al “matadero”.
  • ¡Allá vamos! Deséanos suerte. — Dijo con una tranquila sonrisa Daniel.
  • ¡Suerte!

Loli les saludaba con una sonrisa nerviosa mientras se sentaba en su mesa, sin perderlos con su mirada. Hacía mucho tiempo que aquel despacho recibía ese apodo. No era fácil salir vivo de aquella oficina, metafóricamente hablando. Mucha gente había perdido su trabajo, o lo habían degradado entre aquellas paredes. Daniel y Jorge habían sido víctimas de la maldición del “matadero”. De allí salieron cabizbajos y fueron arrinconados hace tiempo. Por aquel caso ellos se hundieron, mientras ascendía el hoy comisario Romero. Teóricamente eran amigos, Daniel y Sergio Romero habían sido compañeros de promoción, pero mientras el primero destacaba por sus buenas investigaciones y casos resueltos, el segundo sabía como ascender a base de favores y sin haber realizado ningún trabajo relevante. Jorge se maliciaba que su arrinconamiento profesional se debía directamente a ordenes del comisario. Daniel tenia una certeza absoluta, pero nunca dijo nada. Quizás por eso le extrañó la amplia sonrisa con la que le recibía el comisario, levantándose para saludar a su viejo compañero.

  • ¡Por fin! ¿Cómo estás Daniel?
  • ¡Bien, Sergio! ¡No me puedo quejar! — Nunca le había llamado comisario, siempre había usado su nombre de pila. Sabía que eso le molestaba a su superior, pero este nunca se atrevería a llamarle la atención. Daniel sabía cómo había logrado algún ascenso.
  • ¡Me alegro! Jorge, ¿todo bien?
  • Digamos que sí.
  • Bueno, vayamos al grano. — En lugar de sentarse en su mesa, les ofreció asiento en unos sillones que había bajo una ventana, en la zona mas iluminada de aquel despacho. — He conseguido, no sin reticencias de arriba, que os designen directamente este caso.
  • Gracias, Sergio. Me gustaría que me explicaras la “importancia” del mismo, tanto, como para que se lo hayamos quitado de las manos a la Guardia Civil. — Mientras decía estas palabras, levantaba la carpeta que le había dado el brigada.
  • ¡Por supuesto! Imagina nuestra sorpresa al encontrarnos semejante carnicería y no tener ni idea de que esa banda estaba instalada y trabajando aquí.
  • ¿No había nada?
  • ¡Nada! Parece ser que llevaban viviendo en aquella misma casa, sin levantar ninguna sospecha, no menos de cinco años. Ni una queja de los vecinos, ni movimiento de camellos, nada. Por no haber, ni una multa de aparcamiento.
  • Bueno, pero eso tampoco es algo definitivo, comisario. — Jorge no tenía la suficiente confianza para haber usado nunca su nombre de pila.
  • Hay más. Supongo que ya le pegaste un buen vistazo al informe, Daniel. ¿No hay nada que te llame la atención?
  • Sí.
  • ¡Ilumínanos!
  • Se supone que esto es un ajuste de cuentas. Sin embargo, no veo que se haya recuperado ningún arma. No es posible que una banda, en su guarida, no tenga ningún arma defensiva.
  • ¡Sabia que eras el indicado! Sin embargo, siendo ese detalle importante, el que hizo saltar las alarmas, tiene relación con lo que dices. Al suponer que era una riña entre bandas rivales, lo lógico era pensar que todo iría en temas de drogas o prostitución. No hallaron ningún indicio de que una mujer hubiese estado allí nunca. Ni una crema, ni una colonia, ni una puñetera compresa. Allí no estuvo una mujer nunca, ni de visita parece. Se mandó un perro para localizar la droga. Tampoco se encontró ni un gramo, nada, ni para consumo propio.
  • ¿Cómo?
  • Por eso este tema se va de las manos a un simple cuartel de pueblo. Aquí hay gato encerrado. ¡Tiene que haberlo!
  • No me entiendas mal, me encanta que nos des este caso. Nos sacas de la cueva, nos facilitas un coche nuevo. Pero ¿ahora? Por qué no antes. — Daniel miraba fijamente a los ojos de su superior mientras decía esto, quería observar bien su reacción a la pregunta.
  • Por que quizás fuimos injustos con vosotros. Realmente no fallasteis entonces. Pero alguien buscó un cabeza de turco que pagara el pato y fuisteis vosotros.
  • ¡Sabes que no lo merecíamos! — Jorge se arrepintió de hablarle así a su superior, no tenia la confianza de su compañero. Pensó en no volver a meter baza de aquella manera en la conversación.
  • ¡Lo sé! Alguien os marcó con el caso “luz de neón” como si hubiera sido culpa vuestra.
  • ¿Culpa nuestra? ¡Sabes que nos dieron el caso después de pasar por cuatro manos! Aún así, encontramos mas pistas que nuestros predecesores y no hicimos nada mal. — Daniel se estaba acelerando, decidió tranquilizar su tono. — No nos merecíamos ningún castigo o reprimenda.
  • Estoy de acuerdo.
  • ¡Ya! ¡Pero eso no nos libró de que nos metieran en la cueva! ¡No hemos vuelto a salir a la calle!
  • Céntrate en lo nuevo, aprovecha tu oportunidad. ¡Deberías olvidar aquello!
  • Eso ya es viejo, no quiero estar permanentemente pensando en eso. — Le decía esto, mientras sus ojos le miraban fijamente, expresando claramente que sabía que quien le había señalado entonces, era la misma persona que tenía delante.
  • ¡Exacto! Pronto me voy a jubilar de esto.
  • Permíteme que te diga que no me lo termino de creer. ¿Jubilado tú? Aún te quedan años para la edad de jubilación.
  • ¡Oh! Sí, Daniel, sí. Este mundo ahora lo controlan los informáticos, son los que consiguen toda la información desde un ordenador perdido en cualquier despacho, sin haber pisado la escena, sin mirar a los criminales, sin moverse de su silla. Los inspectores de campo, poco pueden hacer ya. Mira la norma que se aplica en un mes. Para completar el banco de ADN, todos los funcionarios van a estar metidos en él. Ordenadores, ADN, yo ya estoy fuera de estos métodos modernos. Ni sé, ni me gusta trabajar como en las series de televisión, donde el que investiga y soluciona los casos es un científico de bata blanca. Nos hemos convertido en dinosaurios profesionales. Repasando mis decisiones, estaba seguro de que habíamos sido injustos con vosotros, por eso, antes de irme, quería dejaros en mejor lugar. Aunque sois igual de prehistóricos que yo.
  • ¿Me estás diciendo que me jubile?
  • ¡Yo voy a hacerlo! Veremos tú cuando te veas rodeado por esta nueva era de la investigación policial. A mí me supera. Tienes otra oportunidad de subirte al tren. A lo mejor este caso se queda en nada, pero ya te habré metido en el juego de nuevo. ¡No la desaproveches! — Se puso de pie, dando a entender que la reunión había llegado a su fin.
  • Haré un buen trabajo.
  • Estoy seguro. Recuerda que debes reportarme directamente a mí cualquier novedad. Sólo a mí.
  • Cuenta con ello.

Se despidieron con cordialidad. Al salir no estaba Loli en su mesa, aprovecharon para ir al ascensor y bajar hasta su planta. No hablaron hasta llegar a su minúsculo despacho compartido.

  • Daniel, un euro por lo que piensas.
  • ¡Que nos vamos a comer el marrón del año!
  • Joder, lo mismo que yo me temía.
  • Pero se la vamos a dar en toda la boca. Vamos a descubrir quien era esta gente, a que se dedicaban y por qué los mataron.
  • ¡Esa es la actitud!
  • De momento solo tenemos este ridículo informe. Ya estas llamando a la científica, todos los resultados de este caso deben llegarnos directamente, nada de desvíos tontos. Mételes prisa, que los necesitamos ya. Invéntate lo que sea. Mete presión usando el nombre del comisario.
  • Ahora mismo.
  • ¡Este caso lo resuelvo yo por mis santos cojones!

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Muchas gracias por llegar hasta aquí, compartan para llegar a mas gente, un abrazo.

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