“El asesino del Andarax”, Capítulo 4

Sigo cumpliendo con la idea de mostrar un nuevo capítulo del libro “El asesino del Andarax” para ayudar a entretener en estos complejos días. Os recuerdo que  los capítulos anteriores están disponibles en este blog. Espero que os gusten y compartan para llegar al máximo número de personas posible. Si quieres leer el inicio de este libro, comienza por su primer capítulo, pinchando en esta frase. Gracias por su interés.

portada

Capítulo 4.- La nueva Parroquia.

El padre Ramiro conducía el Seat mil cuatrocientos del obispado. No era muy habladory el padre Ramón pudo disfrutar el viaje mirando el paisaje. Una vez dejado atrás el cementerio de Almería, se descubría junto a la carretera nacional trescientos cuarenta, la Vega del Andarax. En aquella zona la Vega estaba poblada fundamentalmente de naranjos. Desde la carretera se veía a lo lejos el cauce del río, cómo casi siempre, estaba seco. El padre Ramiro conducía con la misma tranquilidad que se movía en su vida diaria, por tanto, el motor no rugía, solo llegaba a ronronear. Le avisó que entraban en su nueva parroquia. Cruzaron la barriada de El Chuche y a pocos metros pasaron frente a las Dos Torres, impresionantes a pie de carretera. Cruzaron el paso a nivel y tomaron la primera calle a la derecha. Paró el coche, le señaló a su izquierda, pero su acompañante hacía tiempo que ya tenía su mirada fijada en la Iglesia.
— Si no estoy mal informado, el sacristán estará en el cortijo del cura.
— ¿El cortijo del cura?
— Sí. Una viuda sin descendencia donó todo su patrimonio a la iglesia. Estaba formado por un cortijo y una buena parcela de naranjos. No sé muy bien cómo está todo organizado, ya que cada párroco lleva el cortijo a su manera. Desde hace mucho tiempo, este cortijo es la residencia del párroco de Benahadux.

El padre Ramón asentía, sin estar seguro de haber entendido nada. Algunas casas estaban construidas entre esa calle y la vía del tren, un poco más adelante estaba el ayuntamiento. La calle prácticamente terminaba junto a la pared lateral del mismo y hacia la izquierda comenzaba la calle San Marcos, continuaron de frente, entrando en un camino entre naranjos. Pocos metros después, vieron una casa, no muy grande, pero de estilo señorial. La fachada estaba realizada con piedra de cantería, a diferencia del resto de casas que había visto en el pueblo, mostraban un blanco
reluciente, a causa de las continuas capas de cal, una sobre otra, que ponían los dueños. Ese blanco de la cal reflejaba el sol, esto conseguía rebajar algo la temperatura en las viviendas. La casa contaba con una balsa a su costado y un gran espacio libre frente a la entrada. El mil cuatrocientos se paró frente a la puerta. Un
hombre con una boina entre sus manos se acercó a saludar a los recién llegados. Conocía al padre Ramiro, vino con el Obispo a oficiar el funeral del padre Venancio. Lo saludó primero.
— Buenos días, padre Ramiro
— Buenos días, Fernando. Le presento al nuevo párroco, el padre Ramón.
— Padre, un placer conocerle. — le dio la mano, mientras con la otra mantenía su boina. Cuando terminó de saludar, se dirigió de nuevo al padre Ramiro. — ¿Comerá usted con nosotros?
— No, me será imposible, mis obligaciones me lo impiden. Tengo que regresar lo antes posible al obispado. Usted puede explicarle todos los temas de la parroquia mejor que yo. Padre, Fernando hace las veces de sacristán, aunque su función principal es
mantener la finca productiva, los beneficios van directamente a la parroquia, pero ya se lo explicará todo Fernando.

Mientras hablaba, abrió el maletero del mil cuatrocientos y sacó la maleta del padre Ramón. Antes de que pudieran darse cuenta, ya se había subido al coche. No llegó a parar el motor en ningún momento, se escuchó como rascaba la caja de cambios al meter primera y antes de que se dieran cuenta, se fue por donde había venido. Fernando ya estaba entrando la maleta en casa, hablaba con alguien, mientras el
padre Ramon miraba sin saber qué hacer. Fernando se acercó a él, le consultó.
— ¿Prefiere ver usted primero la casa o la iglesia?
— Por favor, primero la iglesia, Fernando. Dígame una cosa, ¿No nacería usted un treinta de mayo?
— Pues no, padre.
— Entonces es el primogénito de su familia.
— Eso sí, padre, soy el mayor de nueve hermanos, seis varones y tres hembras.

El padre Ramón sonreía, casi siempre acertaba, o habían nacido el día de su santo, o en caso contrario, eran el primogénito y, en ese caso, se llamaban como su padre o su madre. Costumbres desde siempre. Caminaban hacia la iglesia, se veía la torre a lo
lejos, todavía se encontraban avanzando entre naranjos. Se acercaron a la calle, por tanto, al primer edificio del pueblo que había junto a la vega de naranjos, se trataba del ayuntamiento. Este era un edificio con planta de ele, que cuenta con un porche. Cuando el padre Ramón, acompañado de Fernando, pasaba junto al porche, vio como se acercaban dos personas rápidamente. Uno de ellos era tan alto como el cura, pero pesaría más del doble que él. Tenía la cara redonda, manos grandes y resoplaba solo por andar rápido. Su acompañante, por el contrario, era bajito, con gafas y vestía un traje gastado por el tiempo y el uso. Fernando realizó las presentaciones.

— Padre Ramón, este es el alcalde de Benahadux, don Francisco Martínez. El secretario del ayuntamiento, don Baldomero Gutiérrez.
— Padre, como alcalde de Benahadux, le ofrezco nuestro apoyo y ayuda en todo lo que necesite, siempre acorde a nuestras humildes posibilidades. Puede contar con el respaldo del ayuntamiento para lo que sea menester. — Mientras decía esto, saludaba
con su mano derecha, con la izquierda había sacado un pañuelo y estaba secándose el sudor.
— Muchas gracias, señor alcalde. Espero verle por nuestra iglesia.
— Por supuesto, por supuesto, no falto a misa de domingo, padre. Este es nuestro secretario, que, como todo el ayuntamiento, le ayudará en lo que necesite.
Nadie entendió el saludo del secretario, miraba al suelo y hablaba casi susurrando. Sólo al terminar, cuando soltó la mano del cura, levantó su mirada y sonrió. Se despidieron amablemente, unos entraron en el ayuntamiento, otros prosiguieron
caminando los pocos metros que faltaban para entrar en la plaza de la iglesia. Avanzaban tranquilamente, el padre Ramón, con su sotana que casi rozaba el suelo, Fernando con su boina bien puesta y un chaleco que, definitivamente, había vivido tiempos mejores hacía muchos años. Entraron en la iglesia, al padre Ramón siempre le empequeñecía entrar en una, le parecía que el edificio crecía mientras él menguaba. La iglesia de Benahadux está formada por tres naves, separadas por unos arcos de medio punto. La puerta por la que habían entrado daba a la central. Fernando guio rápida y eficazmente al nuevo párroco, explicándole un poco de todo, mientras el padre Ramón intentaba memorizar todo lo que le decía. Al salir, le dio un juego de llaves y comenzaron a desandar el camino anterior buscando regresar al cortijo del cura.

— Yo tengo otro juego, padre, ya sabe que también hago las funciones de sacristán.
— Perfecto, pero además de sacristán, ¿qué haces para mantener a tu familia?
— Nosotros, mi familia, somos los arrendatarios del cortijo del cura. Cada párroco es libre de cambiar las condiciones del arrendamiento, por lo que deberíamos tratar este punto después de almorzar.
— Bien, pero mientras caminamos, si me explicas las condiciones que tenías con el padre Venancio, podré hacerme una idea.
— El padre Venancio mantuvo las de su antecesor. Básicamente nosotros cuidamos la finca, realizamos todos los trabajos que necesite, siempre con la aprobación previa del párroco. Disponemos de otro cortijo, que es donde vivimos…
— ¿Toda la casa que he visto antes es solo para mí?
— Sí, es la casa principal del cortijo del cura, ¿para quién si no? Mi familia se encarga de la limpieza de su casa, también de la iglesia, le hacemos las comidas, cuidamos de todo. A cambio, nos quedamos con la mitad de lo que se consiga con la venta de
la naranja. También disponemos de un pequeño huerto, que está tras la balsa que hay junto al cortijo del cura.
— Con la mitad de la venta de la naranja, ¿podéis vivir bien? — estaban acercándose al cortijo.
— Padre, sinceramente, los naranjos de este cortijo dan para vivir la familia, no para lujos, pero sí para vivir. Le mentiría si me quejase.
— Antes de ir a comer, me gustaría ver tu casa, si es posible.
— Entonces debemos continuar andando, un poco más, por este mismo camino.

A su derecha ya veían el cortijo del cura bajo el sol. entre el cortijo y el camino, se veía una puerta que no parecía pertenecer a la construcción original de la casa. Fernando le explicó que aquel pequeño edificio era el viejo establo, sin embargo, hacía muchos años que no vivía ningún animal en él. Al otro lado de la fachada, más próximo al río y por tanto, a las vías del tren, se adivinaba el muro de la balsa. Todo lo demás que podía verse, eran naranjos.
— ¿Qué familia tienes?
— Mi mujer, Dolores, por favor, nunca le llame Lola, no lo soporta. —Le hizo gracia su propia ocurrencia, lo había dicho sin pensar, se lo avisaba a todo el mundo.
— Procuraré recordarlo.
— Y tres hijos, dos hembras y un varón.

Llegaron al cortijo, estaba relativamente cerca. Se apreciaba a simple vista que tenía sus años, pero estaba bien cuidado, todo limpio. Los dos lados de la puerta estaban ocupados con muchas macetas, un par de parras proporcionaban algo de sombra a la
entrada, haciendo las veces de porche. Este cortijo mantenía las paredes encaladas, como la mayoría de viviendas de la zona, con un pequeño zócalo gris en la parte baja de la pared y multitud de plantas en macetas de distintos tipos, formas y tamaños.
— Padre, ¿quiere usted pasar?
— No es necesario, quería ver si la vivienda era adecuada para que pueda vivir su familia.
— ¡Oh! Sí, sí que lo es, una pequeña cuadra que existía antiguamente la convertimos en el cuarto de mi hijo, es perfecto para nosotros. Además, hasta ahora, nos permitían hacer nuestra comida a la vez que la del párroco, pero nosotros comemos en nuestro
cortijo. De esa manera, nosotros preparamos un plato más de comida, pero usamos su cocina y su despensa, usamos lo que produce el huerto también. De esta manera, nos beneficiamos todos. Esto es así desde los tiempos de mi padre, que también vivió en este cortijo. Entonces también se hacían de esta manera las cosas. Si a usted le parece bien, nos gustaría mantenerlo así.
— Por mí perfecto. ¿Dónde está su familia? No veo a nadie.
— Habrán terminado de hacer la comida y arreglar la casa, estarán esperando para presentarse.
— Pues no les hagamos esperar más.
Volvieron sobre sus pasos, retomaron el camino que separaba las dos viviendas. Entraron en el cortijo, la puerta de entrada daba acceso directo al salón que hacía las veces de comedor. La mesa estaba preparada. Entró en la habitación una mujer alta, no tanto como el padre Ramon, pero excesivamente delgada, secándose las manos en un mandil a cuadros pequeños, negros y blancos. Saludó con toda la cortesía que podía conocer al nuevo cura.
— Dolores, ¿verdad?
— Sí, padre. Para servirle a Dios y a usted. — Sin dar tiempo a contestar, giró su cuerpo y gritó. — ¡Niños! Os quiero aquí ya.
— No hace falta tanta urgencia.
— Si tuviera hijos entendería que hay que intentar llevarlos derechitos, como una vara.
— No seré yo el que intente enseñar a una madre cómo tiene que educar a sus niños. — No podía evitar recordar que su madre actuaba exactamente igual, pensó que todas las madres son muy parecidas en el fondo, y en las formas también. Llegaron sus dos
hijas, la mayor era la viva imagen de su madre, alta y delgada, tendría cerca de los veinte años. La menor rondaría los ocho.
— Mi mayor, Josefa. Mi pequeña, Crisanta.
— Un placer conocerlas, señoritas. — La pequeña mostró su mejor sonrisa saludando rápidamente al nuevo cura. La mayor esperó su turno y lo saludó muy seria. Fernando salió al porche y dio un potente silbido. Mientras tanto, todos se habían sentado junto a la mesa, había un viejo sofá y un par de mecedoras. El padre Ramón ocupó una de ellas, le recordaba a las que había en su casa.
— Julián vendrá ahora, le gusta mucho trabajar la tierra. en cuanto termina las clases, trae a su hermana pequeña y me busca para hacer tareas en los naranjos.
— Permitidme un juego — el padre Ramon, se dirigió a las tres mujeres. — voy a intentar adivinar vuestra fecha de nacimiento. Dolores, ¿no nacería usted el quince de septiembre?
— No, padre.
— Entonces tu madre o abuela se llamaban así.
— Mi madre y la madre de ella también.
— Bien, vamos a ver, Josefa, el patrón de Benahadux es San José, pero algo me dice que si hubieras nacido el 19 de marzo te llamarías Maria José. Me aventuro a decir que naciste el veinticuatro de febrero.
— Acertó, padre.
— Y tú, jovencita, no cumplirás años el día veinticinco de octubre.
— Sí, ¿cómo lo sabe?
— En el seminario, que es como una escuela para curas, me aprendí casi todo el santoral. Para mantener la memoria ágil, cuando conozco a alguien, intento saber si acierto su fecha de nacimiento, sabiendo su nombre.
— Pero, ¿cómo lo hace?
— Mucha gente nombra a sus hijos de manera que coincida el santo con el día de su nacimiento, si no es así, hay muchas posibilidades de que sea entonces el nombre de padres o abuelos. — En ese momento, entró Julián, pequeño, pero de apariencia fuerte.
— Ven Julián, ven. El cura nuevo te va a adivinar cuándo naciste.— Todos rieron la ocurrencia de la pequeña. Julián no sabía qué hacer, pero rápidamente se acercó a saludar al padre Ramón.
— Veremos si acierto contigo, yo diría que naciste el seis de marzo.

Todos rieron, lo que le hizo pensar que había acertado. Todos, menos Julián, que no entendía nada. Dolores mandó a los niños para casa, se llevaron una olla entre Julián y Josefa. Los padres se quedaron hablando.
— ¿Qué planes tenéis para vuestros niños?
— Josefa ya tiene novio, me ayuda mientras preparan su matrimonio. Los pequeños están en la escuela, Julián en el último año. Cuando termine ayudará a su padre. — Había contestado Dolores, mientras ponía el plato de comida para el cura.
— ¿No van a estudiar más? Alguna carrera podrá hacer.
— Padre, vivimos bien, pero no podemos pagar estudios a los niños. Hay que guardar para el año que venga mal la cosecha.
— Comprendo.
— Con su permiso, yo me voy con los niños, Fernando le termina de explicar la casa, en la cocina tiene fruta.

Dicho esto, dio un vistazo para comprobar que la mesa estaba correcta y se fue. Fernando le enseñó su dormitorio. Otra habitación se había convertido en una especie de despacho o biblioteca. Las estancias eran grandes y la cocina muy espaciosa.
Quedaron para la misa de la tarde. Sería su primera ceremonia, se encontraría sólo, sin nadie que le guiase o corrigiese si cometía algún error. El padre Ramon comió despacio, lo recogió todo y se dispuso a reconocer mejor su nueva vivienda. Habían tenido la prudencia de no dejar huella de ningun objeto personal del padre Venancio. Sus pocas pertenencias, que habían cogido con holgura en su pequeña maleta, las repartió ordenadamente en una cómoda y un gran armario que hacían juego, ambos con muchos años. Cuando ya estaba la maleta completamente vacía, la subió encima del armario, el lugar destinado para la mayoría de maletas. La distribución de su ropa le ocupó poco tiempo, terminó de manera que casi todos los cajones de la cómoda estaban sin usar y las perchas del armario, en su mayoría, desocupadas. Salió del cortijo, comprobó que la balsa estaba casi llena y muy limpia. El agua se veía transparente, como el cristal. Fue al lado opuesto del cortijo, al establo, abrió la puerta con facilidad. Colgados de las paredes estaban varios aperos para las bestias, algunos no los había visto nunca, cargados de polvo por no usarlos. Al fondo vio una bicicleta negra, de gran tamaño, con un cesto en el manillar. No tenía la misma cantidad de polvo que todo lo que había en aquel establo, dedujo que se usaba últimamente. Afortunadamente él utilizaba bicicleta en su casa, por lo que estaba muy contento, ya tenía medio de transporte. Hasta el momento de su hallazgo, no se había preocupado por ese tema. La sacó al porche, estaba limpiándola y ajustando la altura del sillín cuando llegó Fernando.
— ¡Padre! Claro, usted no lo sabe, ¿cómo iba a saberlo?
— ¿Qué pasa?
— El padre Venancio llevaba esa bicicleta cuando lo mataron. — Era la primera alusión directa al asesinato del padre Venancio desde que estaba en Almería.
— Vale, pero no hay ningún problema si yo la utilizo, ¿no?
— Supongo que no, padre.
— Si esta bicicleta era del padre anterior, la usaré para moverme, algo que me gustaría hacer en los ratos que no tenga ocupación en la iglesia.
— La bicicleta lleva en la parroquia mucho tiempo, antes de la llegada del padre Venancio.
— Entonces será mi medio de transporte. — Dijo mientras guardaba la bicicleta en el establo. — ¿Qué servicios son los que se dan normalmente en nuestra iglesia?
— Misa diaria de tarde, a las siete diariamente y los domingos a las doce. Así no se interrumpe la labor diaria de los vecinos.
— Perfecto, ¿y el confesionario?
— Antes de cada misa.

— Pues entonces vámonos ya, no nos encontremos una multitud esperando absolución.
— No creo que tengamos acumulación de pecados, padre.
— Por lo menos hay un pecado capital pendiente, Fernando, por lo menos uno. — Caminaban ya en dirección hacia la iglesia. — Alguien mató al anterior párroco, todavía no ha tenido oportunidad de confesarse y pedir absolución.
— En eso no le llevaré la contraria.

Poco después de abrir la iglesia, el padre Ramón ya atendía en el confesionario, pero como imaginaba, eran las típicas beatas que se acercaron a contar sus pecados, buscando, principalmente, conocer al nuevo cura, antes que el perdón. Era miércoles, aun siendo una misa de diario, la iglesia casi se llenó. Era la primera vez que oficiaba el padre Ramón y todos los feligreses que pudieron se congregaron para conocerlo. El nuevo cura realizó la eucaristía con mucha fluidez, era algo que había aprendido mecánicamente, lo tenía perfectamente memorizado. Fernando le ayudó en los pequeños detalles que no dominaba, pero más por desconocimiento de donde estaban las cosas en su nueva parroquia, que por otro motivo. Al finalizar el oficio, todos los feligreses salieron de la iglesia. El padre Ramón no sabía muy bien qué esperar, pero
aquello no era lo que pensaba que pasaría. Se cambió y cuando se aproximaban a la salida, Fernando le dijo que él se iba para el cortijo. No sabía muy bien por qué se despedía y no marchaban juntos para casa hasta que salieron a la plaza de la iglesia. Allí estaban todos, esperando fuera para saludarle. Fernando cerró la puerta y se marchó con un gesto de saludo. El padre Ramón, por su parte, ya estaba atendiendo a todos, el alcalde fue el primero. Todos se presentaban, le fue imposible retener ningún nombre, conforme terminaban su saludo se iban a su casa. Al final se quedó solo en
la plaza, salvo un hombre que iba con traje claro, corbata arrugada y que estaba apoyado en la pared de la iglesia. Fumaba un cigarrillo que tiró al suelo y aplastó con su zapato, tendría algún año más que él, pero no aparentaba ser mayor. Se dirigió hacia el cura nuevo y se presentó.
— Buenas tardes, padre.
— Buenas tardes, Ramón, me llamo Ramón.
— Perfecto, Ramón, yo soy el medico de este bendito pueblo. Me llamo Gregorio.
— Un placer, tres de septiembre.
— ¿Eh? Ja, ja, pues sí, padre, nací el tres de septiembre.
— Perdón, es un entretenimiento absurdo, lo he dicho sin pensar.
— No se preocupe. Quiero que sepa que yo era el mejor amigo de Venancio, el anterior párroco. Pasábamos mucho tiempo juntos.
— Pues eso es perfecto, pero no recuerdo haberlo visto en la iglesia durante la misa.
— Sinceramente, no soy muy de misa. Tengo la excusa perfecta, en cualquier momento me pueden llamar para una emergencia.
— Ya, eso es algo muy conveniente.
— Ni que lo diga, mucho. Venga conmigo, si le parece bien, le llevo en coche hasta el cortijo del cura, alguna vez lo hacía con Venancio, que Dios tenga en su gloria.
— Amén, veo que no es usted practicante, pero si creyente.
— Soy muy raro, Ramon, muy raro. No intente entenderme, perderá su tiempo. Pero no me hable de usted, tutéame, igual que me tuteaba Venancio. — mientras decía esto, se subía a su coche, invitando con un gesto al padre para que hiciera lo mismo. Era
un Renault cuatro cuatro gris, desde luego había pasado tiempos mejores. El aspecto exterior estaba muy descuidado, pero su interior estaba limpísimo.
— Lo haré. Veo que cuidas mucho tu coche por dentro, pero por fuera está bastante olvidado.

— Cuando hay un accidente, un parto o cualquier otra emergencia, no puedo esperar a que nadie traslade al paciente, o que vengan de Almería, muchas veces lo hago yo, de manera que este coche, por dentro, esta desinfectado casi. — rieron la ocurrencia,
mientras el coche se dirigía hacia el cortijo del cura.
— ¿Era muy amigo del padre Venancio?
— Todo lo que se podría ser, diría yo. Si no estábamos cumpliendo con nuestras obligaciones, normalmente estábamos sentados en el porche del cortijo comentando cualquier cosa, jugando al ajedrez o simplemente leyendo un libro. La casa del médico
está en la planta alta del consultorio, no es muy cómoda, ni agradable. Todo el pueblo sabía que si no estaba en mi casa, estaba en la del cura. Es bueno que no me tengan que ir buscando de bar en bar, como pasa en otros sitios.
— Eso es cierto.
— Por eso he ido a buscarle tras la misa, casi sin darme cuenta, por costumbre. — Con la familiaridad de quien lo ha hecho muchas veces, dejó el camino y entró en la pequeña explanada que hay frente al cortijo del cura, dio casi un giro completo, de
manera que el coche ya quedaba encarado para salir.
— Gracias por traerme, me gustaría que me acompañara, como hacía con Venancio, así podría contarme cosas de él. Veo que alguien ha sacado las mecedoras al porche, también han puesto una mesa.
— Posiblemente sepa yo mejor que usted dónde está todo en esta casa. Tengo la costumbre de tomar muchas tardes un té moruno, ¿le apetece?
— No lo he probado nunca, pero hoy va a ser el día.
— Perfecto, voy a coger el ingrediente secreto. — Dejó a un lado el porche, se dirigió a la balsa, se agachó junto a una maceta de gran tamaño de yerbabuena, cogió dos ramitas y entró en casa, con la naturalidad de quien está acostumbrado a hacerlo
desde siempre. El padre Ramón iba junto a él, acompañando sus movimientos.

— ¿Té moruno?
— Lo aprendí gracias a un compañero de estudios, que era de Melilla. Básicamente es cualquier té con yerbabuena, o así lo hago yo. Mi padre es médico también, él tiene la costumbre de tomar alguna infusión, a mí solo me gusta esta.
— Me parece bien, Gregorio, tomaremos ese té.
— Hablas como Venancio. — El agua ya había hervido, sirvió dos grandes tazas de aquel té oscuro que olía maravillosamente, algo de azúcar y salieron al porche con el tintineo de la cucharilla chocando con la taza.
— ¿Qué le pasó? Me refiero a que, excepto que lo mataron, no sé nada más.
— ¿Quieres el cotilleo básico, o el informe médico para la Guardia Civil? Me tocó hacerlo, llegué antes que nadie, si exceptuamos a quien lo encontró.
— Pues tenemos tiempo. Cuéntame el informe completo.
— Vale, si te aburres me avisas.
— No creo que me aburra, estoy acostumbrado a escuchar.
— Bien, el tío Braulio es un carretero, tiene un mulo y su pequeño carro. Siempre le acompaña un perro. Parece ser que empezó a ladrar. Algo entre los naranjos llamó la atención del perro y este se metió en el bancal de naranjos. El carretero paró el carro, pensando que el perro había olido un erizo o un conejo, algo así. Cuando entró en el bancal de naranjos se encontró el cuerpo tendido del padre Venancio, junto a su bici, y el cuello lleno de sangre. Por respeto, o por otra cosa, no tocó nada, dejó el carro en el camino y comenzó a caminar dirección al pueblo. Está mayor para correr. Afortunadamente, un vecino que se llama Andrés, el novio de la hija mayor de su sacristán, pasaba en bicicleta, lo llamó y le mandó a buscarme. También le dijo que avisara a la Guardia Civil. Andrés sí es joven. Con su bicicleta, estoy seguro que no pudo llegar más rápido. Yo no estaba en casa, estaba con el consultorio abierto, un crío se había caído y estaba terminando de vendarle y ponerle una vacuna del tétano. Entró corriendo y me contó lo que le había dicho el tío Braulio. Que el cura estaba
cubierto de sangre y parecía muerto. Desde mi teléfono, hay pocas casas en Benahadux con teléfono, llamé al cuartel de Gádor, les di las indicaciones para llegar que me había dado Andrés. Me subí en mi cuatro cuatro y conduje como si llevase a una mujer de parto. Paré el coche justo detrás del carro del tío Braulio, él estaba en el camino, señalando con la mano donde debía ir. No me dijo palabra, su perro estaba junto a él, parecía triste también, como su dueño. Cuando llegué a su lado, solo pude confirmar que mi amigo Venancio estaba muerto. Bastante rato después, llegó el Land Rover de la Guardia Civil. Venían el sargento y dos guardias. Comprobaron conmigo que lo habían matado con una herida en el cuello de arma blanca. El cuerpo ya presentaba el rigor mortis, por lo que calculé que lo habían matado unas cuatro
o cinco horas antes. Entre las once y las doce de la mañana, más o menos, deduje que era la hora del crimen. El tío Braulio lo encontró antes de las cuatro de la tarde.
— Entonces encontraron al padre Venancio, su bici, ¿algo más?
— Nada más.
— Ni una bolsa, ¿nada en la cesta de la bici?
— Nunca llevaba nada. Debajo de la sotana, llevaba un pantalón, en un bolsillo se encontró su cartera, con su documentación y un poco de dinero, el asesino ni lo buscó.
— ¿Lo mataron allí mismo?
— Yo creo que no, que lo mataron en el camino y lo intentaron perder entre los naranjos, si el perro no lo encuentra, podría estar todavía allí. Hay mucho matojo alto, no se podía ver desde el camino.
— Entonces tendré que hablar con el tío Braulio, también con Andrés.
— No sabía que el clero investigara crímenes.

— ¡Oh! No, es todo por mera curiosidad personal. También algo de miedo, si alguien va matando curas por aquí, teniendo en cuenta que ahora yo soy el cura del pueblo, me pone algo nervioso. Me gustaría saberlo todo. ¿Había tenido alguna pelea con alguien? ¿Algún enemigo?
— Jamás, ni chica, ni grande. Nunca tuvo una mala palabra con nadie. Yo habría asegurado que se llevaba bien con todo el mundo. Lo que le ha pasado no tiene ninguna explicación.
— Hemos terminado el té, estaba muy bueno. Que le parece repetirlo cuando le venga bien.
— Si no tengo nada por la tarde, aquí me tendrá, ¿juega usted al ajedrez?
— Muevo las fichas correctamente, jugar, jugar, no diría tanto.
— Voy a por el tablero.
Jugaron varias partidas, hasta que un chico en bicicleta vino a buscar al doctor. En la cena, le comentó a Dolores cómo podría contactar con el tío Braulio. Ella le dijo que Fernando se encargaría. Se acostó muy pronto y se durmió enseguida. No en vano, la
noche anterior, en el tren, casi no había dormido nada.

Espero que les gusten y comenten en público o por privado. Gracias por su interés. Ya está disponible un nuevo capítulo, puedes leerlo pinchando aquí.

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