“¡Tranquilo, estás muerto!”, Capítulo 4

Vuelvo a compartir con vosotros un nuevo capítulo de mi próximo libro, no lo juzguéis en modo agresivo, como siempre os recuerdo que estos textos forman parte del borrador inicial y están sujetos a correcciones y cambios. También os comento que los capítulos anteriores están disponibles en este blog. Pinchando aquí puedes leer esta novela desde el primer capítulo. Espero que os gusten y os pido que compartáis para llegar a más gente, también ruego comenten en público o por privado. Gracias por su interés.cap4

Capítulo 4:     13 de mayo, 13:02. Comienza el juego

Había terminado la compra, dejando el encargo de que se la llevaran esa tarde, a partir de las seis. Compró en un bazar dos maletas de buen tamaño, paró un taxi para que le llevara a la tienda de segunda mano. Cuando entró por la puerta, la dependienta que le había llevado a la zapatería donde trabajaba su amiga, la que confió en él desde el primer momento, se acercó con la boca abierta. Su compañera debía estar en el almacén, porque no la veía.

  • ¡Hay que ver lo que cambia un hombre cuando se arregla un poco!
  • ¡No he cambiado tanto! ¡Soy el mismo!
  • ¡Tu no te has visto esta mañana! Y ahora estas… muy bien. ¡Vaya que sí!
  • Me alegro. ¡Bueno! Como prometí, aquí estoy para recoger la ropa, pero tengo mucha prisa. ¡Que fallo! ¡No se ni tu nombre!
  • Patricia, y tú te llamas…
  • Puedes llamarme Alex.
  • Perfecto, ¿te ayudo a guardar toda la ropa en tus maletas? ¡Vamos a cerrar pronto!
  • En realidad, debo pedirte un favor.
  • Dime, si puedo hacerlo, cuenta con ello. — No se le olvidaba la propina que habían recibido aquella mañana, un cliente generoso hay que mimarlo, ¡había tan pocos!
  • Tengo una cita ineludible y llego tarde, ¿podrías guardar la ropa que compré en las maletas y hacérmelas llegar esta tarde a mi casa?
  • Supongo que sí, no habría problema.
  • ¡Sería perfecto! Tengo familia que tiene casa aquí, en Barcelona, por que yo soy de fuera, ¿sabes?
  • Lo imaginaba, tu acento no es de aquí.
  • ¡Claro! Entonces, ¿te encargarías de que me entregaran esta tarde las maletas?
  • Sin problema. — Patricia sonreía, Alex pensaba que estaba siendo muy amable, ella estaba pensando otras cosas. Era bastante más joven que él, sin ser una mujer guapa, tenia un atractivo sensual, casi felino. Alex se fijó en su piel morena, pelo negro largo y liso, sus ojos tenían reflejos castaños y verdes. — Anótame tu dirección. Esta tarde te haré llegar tu ropa. ¿A qué hora te vendría bien?
  • A partir de las siete, me viene bien cualquier momento.
  • Yo me encargo.
  • Con esto conseguirás que me lo entreguen y algo para ti por las molestias. — dejó dos billetes de cincuenta euros, junto a la nota con la dirección del piso de la calle Valencia.
  • ¡Es mucho! ¡No es necesario tanto dinero!
  • ¡No quiero que me recuerdes como un cliente molesto! Me voy, tengo mucha prisa. ¡Muchas gracias, Patricia!
  • ¡Hasta pronto!

Salió de la tienda sin mirar atrás, buscando perderse entre la gente, sus pasos se dirigieron en dirección al barrio del Raval. Aunque a ojos de un observador imparcial no lo pareciera, sabía perfectamente a donde debía dirigir sus pasos. Entró en una estrecha calle de aquel barrio, por la que difícilmente podría circular una motocicleta, avanzó unos pasos, se detuvo en medio de un silencio sepulcral, no parecía estar en el corazón de una de las ciudades más habitadas, grandes y ruidosas de Europa, muy a lo lejos, un rumor recordaba que había miles de vehículos moviéndose por la zona, miró hacia un lado y otro, nadie a la vista. Comprobó que no había nadie mirando desde ninguna ventana. Hacia donde dirigía sus ojos era oscuro y gris en aquel pasaje. Parecía una escena de una película apocalíptica, ninguna persona parecía vivir allí. Todo estaba olvidado y sucio. Se apoyó en una pared, junto a una vieja puerta metálica, sobre la que existía un cartel difícil de leer por los estragos del tiempo y oxido. “Ultramarinos Camprubí” se adivinaba en aquel letrero, no sin esfuerzo. Discretamente dio tres golpes con sus nudillos en aquella puerta. Volvió a comprobar que nadie prestaba atención a sus movimientos. Varios segundos después, alguien, al otro lado de la puerta, dio dos golpecitos prácticamente inaudibles. Como un resorte, Alex abandonó la posición que mantenía de apoyado en la pared y comenzó a andar rápidamente. Dobló la esquina, aquella calle estaba algo mas concurrida, volvió a doblar la esquina, más o menos a la misma altura de la vieja tienda de ultramarinos, pero en el lado opuesto de aquella manzana de viviendas, había un portal. Era un pequeño bloque de pisos. Al contrario que la estrecha calle donde había estado antes, aquella tenía tráfico, las viviendas estaban algo más limpias y daban señales de estar habitadas. En una ventana abierta se podía escuchar una televisión a mucho volumen. En una placa metálica, con tres interruptores se podía leer grabado, bajo, primero y segundo. En ese momento un señor entrado en años, apoyado en un bastón, salió del portal, miró calle arriba, donde estaba Alex disimulando mientras miraba su móvil con mucha atención. El hombre giró su cuerpo y comenzó a andar rápidamente en dirección contraria. Caminaba con pasos cortos y rápidos, el bastón prácticamente no tocaba el suelo. Varios minutos después, entró en un oscuro bar. En su fachada se podía leer “Casa Jordi”, “Comidas caseras”. Había una larga barra, en la que veían pasar el tiempo tres hombres, uno leyendo el periódico, otro veía la televisión sin prestarle atención, el tercer cliente tenía su mirada fija en una copa de brandy. Frente a la barra, había unas mesas preparadas para dar comidas, con unos manteles a pequeños cuadros, blancos y rojos, con cubiertos, vasos, servilletas, preparadas para el servicio del medio día. Todo estaba limpio, pulcro, con tiempo, pero perfecto.

  • ¡Buenos días! ¡Voy a mi mesa, Jordi!
  • ¡Buenos días! Claro que sí, don Manuel.
  • ¡Una cosa! Hoy serán dos menús.
  • ¿dos?
  • ¿Estas sordo? ¿o hay que limpiarte las orejas? — Se sentó en la mesa del fondo, estaba en un rincón, prácticamente tapada de la visión de todos los demás clientes, por cajas de cerveza y refrescos apiladas una sobre otra.
  • ¡Tranquilo! ¡Ahora mismo le preparo todo! ¿De beber que os pongo?
  • ¡Que va a ser! ¡Lo de siempre! Vino y gaseosa.
  • Como usted mande, don Manuel. — A pesar de sus modales ariscos, le apreciaba mucho. Aquel hombre siempre había sido cliente de la casa, desde que él tenía uso de memoria, siempre había comido allí. Antes con su padre, ahora con él. No fallaba ni un día. En ese momento, entro en el establecimiento Alex. Discretamente y a cierta distancia le había estado siguiendo los pasos. Se dirigió directamente a la mesa del rincón. Manuel le esperaba junto a su mesa de pie, no se había sentado. Cuando llegó a su altura, se dieron un fuerte abrazo.
  • ¡Muchacho!¡Nunca sé si te volveré a ver!
  • Siempre que puedo paso por aquí. ¡Lo sabes! — Se sentaron.
  • ¡Me alegra mucho verte!
  • Y a mi también, lo veo mejor que nunca. ¡Esta cada día más joven!
  • Eso quisiera yo, pero no me quejo. Nada de nada.
  • ¿Qué comeremos hoy?
  • ¡Es jueves! Toca monchetas con butifarra.
  • ¿Con alioli?
  • ¡Si no hay, no como!
  • ¡Como tiene que ser! — el camarero saludó, puso una jarra de barro con vino, una botella de gaseosa y una ensalada. Alex sirvió vino y gaseosa para los dos.
  • ¡Cada vez te veo menos!¡Supongo que será bueno! ¿no?
  • Trabajo menos y cobro más.
  • Ya imagino. Supongo que serán trabajos más complejos.
  • Sí, para que te voy a decir otra cosa. ¿y tú?
  • Sólo trato con los de siempre. Nada de estas bandas nuevas. Me buscan, pero no me encuentran.
  • ¡Ya me imagino! Sigues siendo el mejor.
  • ¡No te quepa la menor duda! Como tú, cada vez trabajo menos, ahora tengo mi pensión de funcionario, hago algún trabajo, a clientes de toda la vida, más que nada para no perder la práctica, y a vivir, ¡que son dos días!
  • ¡Di que sí!

Hablaron de cosas intrascendentes durante la comida. Manuel se empeñó en que todo se apuntara en su cuenta, no permitiendo que Alex le invitara. Salieron del bar, igual que habían entrado, como si no se conocieran, Alex se hizo el remolón visitando el baño en el último momento, saliendo del bar un tiempo después que Manuel, los dos controlaron si había alguien pendiente de ellos. Nadie prestaba atención a aquel jubilado con bastón, tampoco a aquel hombre mas joven, que siguió sus pasos algún minuto después. Al llegar al portal, se encontró con la puerta metálica, sin cerrar. La abrió rápidamente, entrando al edificio sin dudar, justo al lado de la escalera, estaba la puerta del bajo. Como la del portal, estaba entornada, sin cerrar. Pasó al interior de la vivienda, cerrando la puerta rápidamente. Manuel estaba esperándolo para cerrar dos seguros que convertían aquella puerta, en apariencia normal, en un auténtico refugio antibombas, difícil de abrir. Desde el interior se apreciaba que era una puerta blindada de máxima seguridad, desde el exterior, nadie lo habría imaginado. Manuel hizo un gesto con la mano, para que le siguiera, ahora se movía con mucha más agilidad que en la calle, a pesar de su apariencia, el bastón se había quedado en un viejo paragüero, el papel de viejo desvalido sólo se representaba en el exterior. Entraron en la última habitación de la vivienda. Un despacho que no se había usado casi nunca, cubierto de polvo, que no limpiaba, expresamente, para dar esa impresión. Detrás de la mesa de su despacho, se veía una inmensa librería que ocupaba toda la pared del fondo. Estaba formada por cinco estanterías que prácticamente llegaban al techo, de pared a pared. Tocó un resorte que pocos conocían, empujando entonces la estantería central, esta giró mágicamente, con medio cuerpo ya dentro, Manuel activó un interruptor que iluminó toda aquella estancia. Pocos podían adivinar que la tienda cerrada de “Ultramarinos Camprubí”, era el refugio de uno de los mejores falsificadores de Europa. Escondido bajo el paraguas de un funcionario ejemplar, llevaba muchos años presumiendo de que nunca habían descubierto ninguna de sus documentaciones. Aprovechaba su puesto y conocimientos para usar identidades reales, normalmente de personas fallecidas o desaparecidas, creando perfiles completos sobre una identidad hecha a medida para clientes muy exclusivos, que no dudaban en pagarle lo que pedía.

  • Veo que no has cambiado nada. Todo está igual que la última vez. — dijo Alex, dando un vistazo a aquella estancia.
  • Sí que he cambiado algo del equipo y algún software, pero básicamente sí, continuo con el mismo material. Supongo que quieres una identidad completa.
  • Sí, todo.
  • Como siempre, carnet de identidad, de conducir, pasaporte, sanitario. ¿De qué comunidad prefieres ser esta vez?
  • No tengo preferencias, no se muy bien por donde me moveré.
  • Vale, miraré que identidad te puede ir mejor.
  • ¿Cuándo podrás tenerla?
  • ¿Para ti?, pasado mañana. Vente de noche, que me dé tiempo.
  • ¿Cenamos?
  • Mejor no. Santo y seña, te vienes para la puerta, tranquilamente, yo te abriré.
  • De acuerdo.
  • Ven que te haga las fotos. — En uno de los rincones de lo que, en su día, fue la tienda, había un estudio fotográfico completo. Alex se sentó en un taburete, poniendo la típica pose de la foto para el pasaporte. Para no tener la misma imagen en todos los documentos, se fue poniendo algunas chaquetas que tenia Manuel preparadas para estos casos, peinándose y despeinándose de una toma a otra. Una vez hizo todas las fotos. Salieron de aquella zona, por el viejo y sucio despacho de la vivienda. — Lo tengo todo listo. Conozco tus habilidades, pero por si acaso ¿Necesitas algo más?
  • De momento creo que no. Si se presenta alguna cosa, te lo pido.
  • Por supuesto, sabes que me tienes a tu entera disposición.
  • Gracias, Manuel. Una cosa. No te he preguntado si has subido precios.
  • La verdad es que sí, pero a ti, este te lo mantengo.

Se despidieron con un abrazo de viejos amigos. Salió a la calle, comprobando que nadie le observaba. Caminó un poco, hasta encontrar un taxi que le llevo a la calle Valencia. Subió a su casa, deseaba darse una larga ducha, pero no habían traído sus maletas para cambiarse de ropa. Recordó que pronto le traerían la compra para llenar la despensa y el frigorífico. Sacó el portátil, localizó una red wifi potente de algún vecino, esperó que fuese excesivamente confiado en su contraseña, efectivamente, como la gran mayoría de personas, lo era. En menos de dos minutos navegaba con total impunidad usando la IP de alguien. Comprobó que era segura para él. Buscó el DNI que le habían facilitado. Ahora comenzaría realmente su trabajo. A simple vista, era un carnet como otro cualquiera. La foto no era de gran calidad, pero se veía a una mujer joven, con una sonrisa forzada, muy maquillada y abundante cabellera negro azabache. Sus manos recorrían el teclado con rapidez y soltura. Consiguió entrar, como había hecho muchas veces, en el sistema de identificación de las fuerzas y cuerpos del estado. El que usan para comprobar los documentos de cualquier ciudadano en una comprobación rutinaria. Introduce el nombre completo. Elisenda García Santisteban. Espera la contestación del sistema. En la pantalla, donde normalmente aparece la imagen del DNI de la persona, se puede leer un mensaje que dice “No se ha encontrado archivos que coincidan con los valores de búsqueda”. No puede ser. Acababa de ver la documentación. Realizó la búsqueda a la inversa, con el número del documento de Elisenda. Ahora sí que aparece una imagen, pero en lugar de una joven de bonitas facciones, que era lo que esperaba, aparece la imagen de un señor mayor. Ni nombre, ni ningún otro dato de la documentación que tenía, coincidía con lo que veía en la pantalla. Era una documentación falsa. No iba a ser tan fácil localizar a esta mujer. Por eso le habían contratado.

Sonó un timbre. El interfono, instintivamente, cerró su portátil, lo guardó en su mochila negra, esta terminó en un cajón de un mueble del salón. Le traían el pedido de la tienda. Le agradeció que le ayudara a meterlo todo en el interior, el empleado tuvo que realizar varios viajes, al terminar, le dio una generosa propina. Comenzó a colocar todo lo que le habían traído. Llenó la nevera, el congelador, prácticamente todos los armarios. Había pedido muchas cosas. Pensó en prepararse algo de pasta. Estaba preparando la sartén para realizar una salsa similar a la boloñesa, cuando volvió a sonar el timbre. Comprobó la hora, algo mas de las ocho. Aquel interfono no tenia cámara, de modo que tenía que preguntar.

  • ¿Sí?
  • ¡Hola! ¡Le traigo sus maletas!
  • ¡Perfecto! Use el ascensor, es en el entresuelo. Le espero para ayudarle.

Después de accionar la apertura del portal, colgó el auricular, abrió la puerta de la vivienda, esperando que el ascensor terminara de subir tranquilamente hasta aquella planta sus maletas y a quien las traía. Aquella voz le resultó familiar, pero no se preocupó mucho. Aquel viejo ascensor era de los de doble puerta, cuando se detuvo en su planta, abrió la puerta de la cancela metálica. Desde el interior del ascensor, abrieron la puerta plegable de madera. Allí estaban sus maletas, prácticamente no las vio, ya que los ojos de Alex solo podían fijarse en la sonrisa de Patricia. Antes de que pudiera asimilar su presencia, ella le había dado dos besos, a modo de saludo.

  • ¡No esperaba verte! ¡Espero no haberte causado ninguna molestia! — No podía ocultar su sorpresa, no pensaba volver a ver a la dependienta de la tienda de ropa.
  • De verdad que no ha sido así. Me han dejado salir antes, me apetecía hacer algo distinto.
  • Perfecto, déjame que te ayude.
  • Lleva tu una maleta, yo la otra, para que sea más cómodo.
  • Pasa, ven, dejaremos las maletas en el dormitorio, sígueme. — Alex guiaba a Patricia que le seguía con los ojos muy abiertos, su boca también.
  • ¡Vaya pedazo de casa!
  • ¡Oh! Mi familia se mueve bien de dinero.
  • Y de gusto, vaya decoración. — Patricia caminaba detrás de Alex, que abrió la puerta del dormitorio, guiándola hasta el vestidor, donde dejó la maleta. Cogió la que ella llevaba, dejándola al lado de la otra. Ella miraba aquel vestidor, algo que sólo había visto en las series de televisión. — Vaya nivel, colega. ¡Bueno! ¡Ya estas servido!
  • La verdad es que sí. Gracias a ti. La verdad es que no sabría como agrade….
  • ¿Qué estas haciendo? —Le interrumpió Patricia.
  • Pensaba hacerme algo de pasta para cenar. ¿Quieres acompañarme?
  • ¡Pensé que no lo dirías nunca! ¡Sí! — Dio una palmada y se dirigió al salón mirando todo con mucha atención.
  • Pues iba a empezar a cocinar, pero si no te importa, voy a pegarme una buena ducha.
  • ¡Perfecto! Si te parece, mientras, voy haciendo yo la pasta.
  • ¡Por supuesto! A ver como la preparas. — Le explicó por encima como había colocado todo y la dejó en la cocina mientras él se dirigió al dormitorio, cogió las dos maletas en el vestidor, las abrió, buscó algo cómodo que ponerse, en otro momento colocaría la ropa, se dirigió a la ducha.

Afortunadamente también había comprado de todo para su aseo personal, lo había dejado sin colocar en el baño, pero allí estaba. Una vez aseado completamente, abrió la puerta del baño, descubriendo que, entrando en el salón, un aroma a buena cocina había inundado la casa. Patricia estaba tarareando mientras movía con una cuchara de madera algo en una pequeña olla, cuando se dio cuenta de la presencia de Alex, con toda naturalidad lo puso a sus órdenes.

  • Localízame un escurridor, he preparado tallarines. ¿Te parece bien?
  • Sí. Espera que vi uno por aquí. — Encontró el accesorio de cocina que le había pedido, se lo pasó a Patricia y él cogió la olla, entre los dos escurrieron la pasta. Patricia repartió los tallarines en dos platos que tenia preparados, en la sartén había cocinado una salsa que olía maravillosamente. — ¿Qué has preparado que huele tan bien?
  • ¡Oh! Es la receta que más le gusta a mi abuela, la que se hace en mi casa desde siempre. Tallarines en salsa amatriciana.
  • No la conozco.
  • Es bastante sencilla, espero que te guste, a mí me encanta. Se hace con tomate, cebolla, algo de guindilla y panceta.
  • La cosa promete. Lástima, no compré lambrusco.
  • No hay problema, he metido un vino en la nevera, para que esté fresquito.
  • ¡Perfecto!
  • No he encontrado mantel, ¿Dónde quieres que cenemos?
  • No te preocupes, aquí mismo. — Rápidamente, sobre la mesita que estaba frente al enorme sofá, colocó unos cubiertos, unas servilletas de papel, localizó unas copas y mientras él abría el vino, ella cubrió los tallarines con la salsa que tenia preparada.
  • Espero que te gusten, por lo menos, tanto como a mí. —Llevó los dos platos a la mesa, localizó una bolsa de queso rallado. — ¿Quieres queso con la pasta?
  • En realidad, no, de un amigo italiano aprendí a comer la pasta con pimienta molida, casi nunca le añado queso. — mientras decía esto, ponía en la mesa un molinillo de pimienta negra, que previsoramente había comprado y preparado.
  • Nunca he probado la pasta así.
  • ¡Hoy va a ser la primera vez para los dos! Para ti con la pimienta recién molida, para mí la novedad será tu salsa. — Mientras decía esto, servía vino en las copas.
  • ¡La de mi abuela!
  • ¡Pues por ti, y por tu abuela! — Brindaron y dieron buena cuenta de la pasta, que les pareció sabrosa y perfecta a ambos.
  • El toque de la pimienta me gusta, creía que seria una locura, pero no, está buenísima.
  • Ya te lo decía, la salsa está riquísima.
  • Se lo diré a la autentica cocinera. Oye, ¿A qué te dedicas?
  • Básicamente, si te digo la verdad, soy un vago.
  • ¿Cómo?
  • Mi familia tiene una pequeña empresa familiar, los hijos nos hemos repartido las tareas. Unos están en fabrica, la mayoría, a mí me toca marketing, promociones, ferias y las webs. De manera que no paro de dar vueltas por muchas ciudades, puedo trabajar desde cualquier sitio. Mi trabajo lo hago bien, es poca tarea, pero mi familia no sería capaz de hacerla, la verdad es que para mí es cuestión de organizarse bien, ellos quieren dormir todas las noches en su casa, me agradecen que les evite tener que viajar a ferias, reuniones y esas cosas. Saben que trabajo poco, pero ven los resultados y me dejan seguir vagueando. — Con la facilidad de haber contado muchas veces esa o parecidas historias, lo decía con tal convencimiento que era perfectamente creíble. Volvió a llenar las copas.
  • ¡Eres un puñetero vividor!
  • ¡Exactamente!
  • ¿Cuántos días más te quedarás?
  • No lo sé, un par de días fijo, luego quizás vaya a París, depende de una historia con unos clientes.
  • ¿Vas a ir de fiesta?
  • No creo, no soy ave nocturna, me gustan mas las veladas tranquilas. ¡Voy a meter otra botella en la nevera!
  • ¡Oh! No te molestes, para ti, esta noche voy a ser muy fácil.

Mientras decía esta ultima frase, ella había girado la cara de Alex, mientras le daba un suave y cálido beso, le abrazó y ayudó a que se tumbara en el amplio sofá. Él le devolvió sus besos, buscando también su cuello que acariciaba lentamente con la punta de su lengua. Patricia reaccionó rápidamente a aquellas caricias, su vello se erizó, sintiendo como su deseo crecía en un instante. Se separó algo de él, mirándole mientras se mordía sensualmente su labio inferior. Lentamente se fue quitando los botones de su blusa, obligándole a tumbarse en aquel gran sofá blanco, mientras ella se subía a horcajadas sobre él. Conforme desabrochaba los botones, iba dejando ver un sujetador de encaje negro que excitó aún más a Alex. Al ver su reacción, Patricia le lanzó un beso mientras sus manos daban cuenta de los últimos botones. La blusa, misteriosamente, cayo detrás del sofá. Ella, con un gesto muy femenino y sonriendo lascivamente, llevó sus manos a la espalda, en un instante, aquel sujetador dejó de estar presionando a sus senos, sus dos manos se dirigieron a las tirantas de la prenda intima, guiándolas para que resbalaran por su cuerpo mientras, en la caída de la prenda, dejaba ver su pecho, moreno y bello gracias a muchas tardes de playa en top less. Él se incorporó, comenzó a besar con cariño sus pezones, acariciándolos suavemente con su lengua, estos se mostraban duros y sensibles a aquellas caricias. Patricia comenzó a gemir suavemente. Mientras tanto, el sujetador había encontrado el camino para hacer compañía a la blusa. Las manos de ella se habían comprometido con dejar también a Alex sin camisa. Le costaba quitarle la prenda, por que él estaba totalmente centrado en darle el máximo placer. Cuando por fin estuvo con su pecho descubierto, cariñosamente tumbó a la chica, que se dejaba hacer, no recordaba que, en ninguna relación anterior, se hubieran detenido tanto tiempo en su pecho, estaba gozando como nunca. Cuando estaba tumbada totalmente, sin dejar de besar, lamer, acariciar sus pezones, sus manos habían soltado el cinturón de la chica, soltó los botones de aquel vaquero, ella levantó ligeramente su cintura para facilitarle que deslizara aquellos pantalones. Una vez la prenda aterrizó en la otra punta del sofá, lejos de la blusa y del sujetador, él se incorporó para verla en toda plenitud. Las braguitas, también negras de encaje, resaltaban su esplendida figura, ella le preguntó si tenía protección, él hizo un gesto afirmativo con su cabeza, girándola un poco en dirección al dormitorio. Ella lo entendió y se alzó para fundirse en un beso profundo y sensual. Mientras tanto, él aprovechó aquel abrazo para levantarla y, sin dejar de acariciarse, llevarla en brazos hasta el dormitorio.

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Gracias por llegar hasta aquí, la semana próxima, otro capítulo, si ustedes quieren. Ya está disponible el proximo capítulo, pinchen aquí.  Un abrazo, y recuerden, entre todos lo conseguiremos.

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