El asesino del Andarax, Capítulo 3

Continuamos con el obligado confinamiento, intentando ofrecer una ventana de distracción, mi humilde aporte es este, aquí tenéis el tercer capitulo de mi ultimo libro publicado, “El asesino del Andarax”. Si quieres leer el inicio de este libro, puedes pinchar en esta frase. Espero que les guste. Les recuerdo que los anteriores pueden encontrarse fácilmente en este mismo blog.

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Capítulo 3.  Del verde al ocre

Después de la comida, el padre Ramón volvió a Palencia, completó la maleta y se despidió de su familia. De madrugada se subió a un autocar que le llevó a Madrid. Ya en la estación de Atocha, con algún esfuerzo, localizó el tren que le llevara a Almería, buscó un compartimento vacío y lo ocupó. Su corta experiencia con la sotana, le hacen creer que la visión de su indumentaria le salvará de compañías indeseadas. En parte tiene razón, pero no viajó solo. Desde Atocha a Valdepeñas, “disfrutó” de la compañía
de un matrimonio y sus dos hijos. Ella pasó el tiempo del viaje tejiendo una chaqueta para el mayor, le explicó, que el pequeño heredaría la chaqueta de su hermano. Ya le estaba pequeña, pero seguía como nueva. El padre Ramón sonreía, como si él no supie-
ra cómo funcionaba el trasvase de ropa entre hermanos, siendo él el menor en su casa. El padre estudiaba un libro de contabilidad, quería conseguir un ascenso en su empresa, para lo que necesitaba aprobar un examen. Los niños jugaron en el compartimento sin molestar mucho. Ya era noche cerrada cuando abandonaron
el vagón, se despidieron muy amablemente, invitándole para cuando fuese a Valdepeñas. Algo más que improbable, aunque aceptó cordialmente.

Aún no había reiniciado su marcha el tren, cuando entraron tres hombres en el compartimento, se presentaron como jornaleros y le acompañarían hasta Linares. Antes de que llegasen a la siguiente estación, estaban durmiendo los tres, con la facilidad del que, con frecuencia, tiene que aprovechar cualquier momento para descansar. Entre los ronquidos, los ruidos propios del tren y los nervios que tenía por la falta de costumbre en viajes largos, solo dio alguna cabezada. Cuando el tren se detuvo en la estación de Linares, efectuó una parada más larga por el cambio de vagones. El revisor le explicó que él no tenía que cambiarse de sitio.

Aquel vagón llegaría a Almería, otros de aquel convoy se dirigían a Córdoba y Sevilla. El revisor le preguntó si podía alojar en su compartimento a tres reclutas que se dirigían a la base Álvarez de Sotomayor, para realizar su formación y jura de bandera, el padre Ramón le comentó que por supuesto, que llevase a los jóvenes
allí. Aquellos mozos eran un poco más jóvenes que él, tampoco estaban acostumbrados a viajar. Dos eran gallegos y el tercero, de Burgos, se unió a ellos en Madrid, con la idea de compartir viaje y quitarse mutuamente los nervios. Realizar el servicio militar
era obligatorio y dependía mucho de cómo el recluta se tomase aquella tarea. El padre Ramón intentó tranquilizarlos, presentándoles la mili como una oportunidad de conocer gente y también de separarse un poco de las faldas de sus madres, del amparo de su familia. Por lo que habían comentado, los tres tenían la intención de aprovechar aquel tiempo en el ejército, para conseguir los carnets de conducir, algo que, en su vida normal, sería casi imposible, pero podría proporcionarles buenas expectativas de futuro.

Una vez ya se habían relajado y contado de todo, el mozo de Burgos sacó de su vieja maleta un poco de cecina y también una bota de vino, que compartió con sus compañeros de viaje. Los gallegos acompañaron la cecina con embutidos y pan caseros. El padre Ramón se disculpó por no haber pensado en traer nada de comer para el viaje, les dijo que no tenía apetito. Los reclutas se rieron y le obligaron a comer con ellos. No sabía el hambre que tenía hasta que comenzó a probar aquellas viandas. Empezó dando un trago de la bota, solo tomó un poco, reconociendo que el vino estaba muy bueno. Dejaron de comer cuando el día comenzaba, los reclutas aprovecharon el momento para dormir un poco. El padre Ramón descubría unos paisajes totalmente
distintos a los que había visto hasta aquel día. Su vida se había rodeado de amplios campos de cereal y verdes arboledas. Ahora todo lo que sus ojos veían era un paisaje en tonos ocre, escasos verdes moteaban la imagen aquí y allá. Su mirada se perdía en
aquellos parajes desérticos. Había tenido tiempo de estudiar su viaje, por eso, cuando el tren realizó su parada en la estación de Santa Fé de Mondújar, se levantó de su asiento y se fue a ver el paisaje apoyado en una ventana abierta de aquel vagón. Sabía que después de aquella estación, venía la de Gádor. Le interesaba ver aquel pueblo, el cuartel más próximo a Benahadux de la Guardia Civil se encuentra aquí. Al parar en la estación, se subieron algunas personas. La siguiente parada será Benahadux, su destino, su nueva parroquia, pero él no se bajaría en aquella estación, debía presentarse primero ante el obispo de Almería. Desde hacía mucho rato, cuando el tren se adentró en el valle del Andarax, las vías habían estado acompañadas a ambos lados de parras, al principio, ahora de naranjos, muchos naranjos. Antes de que llegase el tren a la siguiente estación, avisó a los reclutas, porque después de la estación de Benahadux, la siguiente sería la de Huercal de Almería, donde se deberían bajar.

Los chicos se despertaron rápidamente, agradeciéndole al padre Ramon el detalle de avisarles. Este vuelve a la ventana, ve a lo lejos la torre de la iglesia, de la que será “su” iglesia, casas junto a la vía, un paso a nivel y la estación a las afueras del pueblo, a pocos metros de aquellas casas. Los reclutas ya le acompañan en la ventana contigua, mientras el tren reanuda su marcha, se despiden afectuosamente, seguramente por los nervios que acumulan por empezar su servicio militar en horas, no paran de comentar una cosa tras otra, hasta que el tren se detiene ya en Huércal. Se bajaron rápido del tren, el padre Ramón consciente de que la próxima estación es Almería, cogió su pequeña maleta. A lo lejos ve el ocre de Sierra Alhamilla, junto al tren, hasta la entrada en la estación de Almería, continúan los bancales de naranjos acompañando a la vía.

La ciudad de Almería es pequeña, llegar a la residencia del obispo ha sido fácil. Le han hecho pasar a una pequeña salita, donde espera en un cómodo sillón, mientras ve por las ventanas las primeras gaviotas de su vida. Revolotean graznando sin parar. El padre Ramón no se las imaginaba tan grandes, pensaba que serían como palomas, sin embargo, las que veía doblaban aquel tamaño. Entretenido en esos pensamientos estaba, cuando un sacerdote poco mayor que él se le acercó.

— Buenos días padre Ramón, si no me equivoco.
— Buenos días, no se equivoca usted, padre…
— Ramiro, para servirle. Acompáñeme, espero que pudiese descansar en el borreguero.
— ¿Borreguero?
— Sí, se acostumbrará a cómo llaman aquí a muchas cosas. Los trenes que paran en todas las estaciones, aquí les dicen borregueros, cosas de esta gente.

— No he podido descansar mucho, pero no es problema. Padre Ramiro, ¿No nacería usted un día once de marzo?

— Sí, ya veo que recuerda usted perfectamente el santoral.
— Es un juego del seminario, con la costumbre que tienen muchos padres de poner a sus hijos el nombre del santo que se celebra el día de su nacimiento. Un entretenimiento, como otro cualquiera.
— Perfecto, ya llegamos. Padre Ramón, le presento al Obispo de Almería, Monseñor Armenteros. Si me disculpan.

El padre Ramiro salió de la estancia sin hacer ruido mientras el padre Ramón besaba el anillo al Obispo.
— Me alegra mucho conoceros por fin. Vuestro tío siempre habla de lo muy inteligente y bien formado que está su sobrino. Ya sois sacerdote. Me alegra que vuestro primer destino sea bajo mi paraguas. Procuraré haceros la vida lo más sencilla posible.
Lamento que sea en circunstancias tan lamentables. Todos hemos sufrido con el trágico desenlace del padre Venancio, excelente persona y mejor servidor de Dios.
— Yo también hubiese preferido incorporarme a mi nuevo destino por cualquier otro motivo.
— Claro, claro. ¿Tenéis alguna pregunta?
— Solo las normales de mi parroquia, lo que me explicaría el padre Venancio si pudiera a la hora de realizar el relevo.
— Benahadux es una parroquia pequeña y muy tranquila. Tenéis por parroquias vecinas a las de Pechina, Rioja y Gádor. Son gente trabajadora, la mayoría agricultores y ganaderos, aunque hay pequeñas industrias. Forma parte de la vega del Andarax, por lo que hay muchos naranjos. tiene también un palacio, el de los marqueses de Cadimo, que son grandes benefactores de la parroquia. También están las Dos Torres, el barrio del Chuche, el del Ruiní. Oh, perdóneme, le estoy hablando sin que usted pueda saber siquiera a qué me refiero. No se preocupe. Lo conocerá todo fácilmente. Supongo que quiere descansar.
— No, monseñor, quiero ir lo antes posible a mi parroquia, quisiera comenzar a prestar mis servicios hoy mismo, si fuera posible.

— Bien, me complace mucho su entusiasmo y entrega. Veo que su tío tiene puestas sus esperanzas en usted merecidamente. Avisaremos al padre Ramiro, que le acompañará en nuestro coche hasta su parroquia.

Mientras preparaban el coche, el padre Ramón comenzó a dudar de su tío. Había depositado sobre sus hombros demasiadas esperanzas, no estaba tan seguro de cumplirlas. Suspiró mientras su mirada, a través del ventanal, seguía el placido planeo de una gaviota.

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