¡Tranquilo, estás muerto! Capítulo 3

Debo comenzar por dar las gracias a los que me han preguntado si no subía el capítulo semanal del nuevo libro, eso me indica que hay algún lector intrigado. Eso es bueno, creo. Os recuerdo que estos textos forman parte del borrador inicial y están sujetos a correcciones y cambios, y que los capítulos anteriores están disponibles en este blog. Si quieren leer el inicio de la novela, pinchen aquí. Espero que os gusten y comenten en publico o por privado. Gracias por su interés.

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Capítulo 3:  12 de mayo, 20:41. Sumergiéndose de nuevo en la civilización

 

El velero se acercaba a Canyamel, un bonito pueblo de la costa mallorquina. Recogió velas frente a las cuevas de Artà, comprobó que había guardado todo lo que necesitaba, que no se dejaba nada a bordo. Alex siempre viajaba ligero de equipaje, pensaba que, si necesitaba algo, lo podría comprar donde fuese. Esperó a que atardeciese, cuando se perdieron los últimos rayos de sol, revisó su mochila. Efectivamente, no faltaba nada, llevaba todo lo que podía necesitar. El velero permanecía a la deriva mientras él comprobaba que la pequeña neumática, que hacía de bote auxiliar, estaba en perfectas condiciones. La neumática estaba amarrada a popa del velero. Arrancó el pequeño motor de la neumática para que se fuera calentando, ronroneaba como un gato. Comprobó que el deposito de combustible estaba lleno. Volvió a subir al velero, marco rumbo en el plotter. Si todo funcionaba correctamente, el mecanismo del piloto automático llevaría directamente aquel velero al puerto de Tabarka, Túnez. Sin embargo, sabía que aquel barco nunca llegaría a su destino. Dudaba que el combustible fuera suficiente para aquella travesía, pero tampoco le importaba mucho. Bajó a la sala de máquinas, el viejo motor diésel mantenía su ralentí sin problema. Localizó la bomba de achique, sin miramientos, pegó un fuerte tirón a los cables que la alimentaban, arrancándolos de cuajo. Con esta pieza inutilizada, localizó el grifo de fondo, de donde toma el motor el agua del mar que lo refrigera. Con un destornillador, aflojó la abrazadera, moviendo la manguera lo suficiente para que el flujo de agua que estaba entrando en el compartimento de motor, lo fuera inundando poco a poco. Cuando se aseguró que todo estaba como él quería, se fue al puesto de mando, conectó las luces de navegación del velero, confirmo que el piloto automático funcionaba correctamente, dando un poco de gas al motor, el velero avanzaba hacia Tabarka a unos tranquilos cinco nudos. Se subió a la neumática, soltando el cabo que la mantenía unida al velero por su popa. Vio como se alejaba tranquilamente aquel barco que había sido su hogar en los últimos meses. Se balanceaba suavemente mientras se hacia cada vez mas pequeño, calculó que tardaría un par de horas como mínimo en hundirse y perderse para siempre. Si alguien lo localizaba antes de tiempo, se encontraría un barco sin ninguna información que lo pudiese vincular con él. Aunque siendo de noche, adentrándose en mar abierto, sería difícil que nadie le prestara mucha atención a aquel viejo velero solitario. Giró su cabeza dirigiendo su mirada a la costa, mientras la neumática se acercaba a tierra, despegó el adhesivo con la matricula del velero, dejándolo en su bolsillo para tirarlo en la primera papelera que viera. Cuando llegó a la orilla tiró de la neumática metiéndola un poco en la playa. Recogió su mochila, las chanclas y una cazadora vaquera, que había vivido tiempos mejores. Alguien se encontraría la neumática y, sin poder localizar al dueño, seguro que la disfrutaría durante mucho tiempo. A Alex le daba exactamente igual lo que pasase con ella, de la misma manera que no volvería a preocuparse por el velero. Localizó la parada de taxis, subiéndose al primero. El conductor estaba acostumbrado a ver muchos turistas un poco desaliñados, sospechaba de si podría cobrar sin problemas aquella carrera.

 

  • ¡Buenas noches!
  • Buenas.
  • ¿A dónde quiere que le lleve?
  • Al puerto, a la terminal de ferrys.
  • ¡Uffff! Esta carrera sería muy cara, hay más de ochenta kilómetros. Entiéndame, es casi el momento de terminar y me llevaría mas de dos horas regresar a casa.
  • ¡Comprendo! — Alex abrió su mochila, cogió cinco billetes de cincuenta euros y se los enseñó al conductor. — ¿esto valdría?
  • ¡Creo que sí! — Intentó coger los billetes, pero Alex no le dejó.
  • Ahora pondré yo mis condiciones. Mis normas son claras. Nada de conversación, puedes poner la radio que quieras, nada de carreras locas, marcha normal, sin prisas, pero sin pausa. ¿Te parece bien?
  • De acuerdo. — cogió los billetes, se los guardó rápidamente en el bolsillo de su camisa y comenzó el viaje.

 

Para evitar cualquier tentación de conversación por parte del taxista, simuló dormirse, acurrucándose en el asiento trasero, de forma que fuera difícil ver su cara, por consiguiente, recordar después sus rasgos. Mientras tanto iba pendiente de la ruta. El conductor le había hecho caso, había sintonizado en la radio una tertulia deportiva. Casi una hora después, estaba parando frente a la puerta de la estación marítima de Palma. Antes de que el taxista pudiera despedirse, Alex ya se había bajado del coche. Sin agacharse, para que no le viera el rostro, golpeo el cristal de la ventanilla del conductor. Este comenzó a abrirla, antes de que pudiera decir palabra, le había dejado caer otro billete de cincuenta euros. Cuando el conductor levantó la mirada, vio como un hippie en bañador, chanclas, pelo largo, con una vieja cazadora vaquera y su mochila, se alejaba para adentrarse y perderse en la terminal, acababa de dejar al mejor cliente de toda su vida como taxista. Por su parte, Alex consiguió pasaje en el ferry de aquella misma noche. Navegaría en la oscuridad para amanecer entrando en el puerto de Barcelona. Buscó una butaca donde pasar la noche, lo más desapercibido posible. No era temporada alta, le fue fácil encontrar un rincón donde poder dormir casi toda la travesía con toda tranquilidad. Cuando despertó, a lo lejos podía ver las luces del puerto de Barcelona. No había cenado nada, en cuanto pisó tierra firme, buscó alejarse del ferry, salió del puerto por la zona de la plaza de Colon. Pidió un desayuno en una terraza, el camarero no las tenía todas consigo, al ver la pinta de aquel cliente, pero en cuanto comprobó que pagaba por adelantado, fue rápido a traerle lo que había pedido. Le dio una buena propina al camarero, pidiéndole la wifi del local. Mientras desayunaba buscó, con su portátil, tiendas de ropa de segunda mano. Localizó una cercana, dirigiéndose a ella nada más terminar.

 

Al llegar al establecimiento, se encontró a dos chicas jóvenes y aburridas, a pesar de su aspecto desaliñado, le ayudaron encantadas a encontrar toda la ropa que tenían de su talla. Prácticamente no decía que no a nada de lo que le presentaban, siempre y cuando no fueran colores chillones o estampados llamativos. Quería ropa discreta, nada saltón o estridente, básicamente, quería ropa difícil de recordar. Consiguió un buen montón de prendas. Les contó que estando en un camping con unos amigos, alguien les había robado toda la ropa. Menos mal que no había dejado en la tienda su mochila, con su documentación y dinero. Las jóvenes coincidieron, dándole ánimos y comentando la fortuna que había tenido, después de todo. Les pidió que le guardaran toda la ropa, para venir a recogerla después, ya que allí no podía comprar maleta alguna. Una de las chicas no parecía muy conforme, pero la que parecía encargada, se mostró muy dispuesta a ayudarle. Alex se había dado cuenta que le miraba con un brillo especial en sus ojos.  Les pagó a las chicas, dejándoles una buena propina por la ayuda que le habían prestado, lo que tranquilizó a la dudosa, y de paso, hizo sonreír a la convencida. Sabía que la generosidad le ayudaba siempre. Era una inversión. Había cambiado de vestuario, se había puesto cómodo pero elegante, dejándose aconsejar por su admiradora. Aún tenía el problema de las chanclas. Una de ellas, la que no parecía dudar de él, se ofreció a acompañarlo a una zapatería vecina, en la que trabajaba una amiga suya. Cuando llegaron, él no tuvo que contar nada. La chica de la tienda de ropa de segunda mano, le contó a todos lo que había sufrido aquel buen hombre. La amiga no tardó en convertir aquel asunto en algo propio, muy dispuesta ella, eligió un par de modelos cómodos, que le servirían para cualquier ocasión. Una vez realizadas las compras, se despidió de las chicas, diciendo que debía ir a hacer unos recados. Había solucionado el tema de vestuario, pero estaba claro que necesitaba un cambio de imagen. Vio una peluquería, con poca clientela a aquella hora, en la que no parecía que entrasen muchos hombres, por la mirada que le clavaron las tres dependientas. Dos estaban trabajando con sendas mujeres, la otra, leía una revista.

 

  • ¡Buenos días! — Dijo la lectora de revista, levantando su mirada mientras mascaba tranquilamente un chicle.
  • ¡Buenos días!¡Necesito un cambio de imagen! ¡llevo mucho tiempo en el paro y me han llamado para una entrevista de trabajo!
  • ¡Has venido al sitio indicado! ¿Qué quieres? ¿Te recorto las puntas? — Con una rapidez insospechada, la peluquera había lanzado la revista sobre una pequeña mesita, donde se reunió con otros ejemplares de la prensa del cotilleo, se había puesto de pie y le señalaba un mullido asiento para que se acomodara.
  • ¡No! Me han ofrecido un buen puesto, necesito una imagen más formal y seria.
  • ¿Tijera sin miedo?
  • ¡Sin miedo!
  • Pues es una pena, tienes un pelo muy bonito. Ven aquí, comenzaremos lavándote bien la cabeza.
  • Perfecto.
  • ¿tienes alguna idea?
  • Me fío de ti, tu eres la profesional. Lo único que te pido, es que no me hagas nada extraño o extravagante, es un trabajo serio. Pero fuera de eso, haz lo que quieras.
  • ¡No sabes lo que me gusta que me digan eso! ¡Vas a quedar encantado!

 

En su interior, Alex se estaba temiendo lo peor, mucho entusiasmo estaba mostrando aquella joven que no dejaba de mover su mandíbula, aplastando una y otra vez una goma de mascar que había perdido hacía tiempo cualquier sabor. A pesar de sus temores, Alex dejó hacer, entornando los ojos, más por alejarse de lo que estaba pasando que por cansancio. Un buen rato después, recibió dos suaves toques en el hombro, abrió los ojos y aquella chica sonreía mientras continuaba mascando, con sus manos le mostraba su imagen reflejada frente a él. Cuando se miró finalmente, en el espejo, reconoció que la chica había hecho un trabajo excepcional. Le gustaba su nueva imagen. Se despidió con una buena propina, al recibirla la peluquera no dudó en darle un sonoro beso en la mejilla. Salió de aquel establecimiento sin saber que llevaba restos de carmín en su mejilla. Mientras había permanecido con los ojos cerrados, su mente había organizado los siguientes pasos a dar. Necesitaba moverse con fluidez y encontrar cosas rápidamente. Buscó una compañía de telefonía barata. Compró el mejor terminal Android que encontró, con una línea prepago, con la mejor tarifa para navegar, casi ilimitadamente. Al salir de la tienda, se sentó en una terraza, en las ramblas, pidió una caña y unas aceitunas. Mientras le servían, ya había localizado varios pisos en alquiler. El elegido debía cumplir varios requisitos, zona discreta, céntrica y de particular. Llamó al que más le gustó, le dijo que podía verlo al día siguiente. Descartado. Llamó al segundo. Calle Valencia, solo ocho vecinos, entresuelo, totalmente reformado, amueblado de lujo, era un poco caro, pero valdría la pena. Podía verlo en quince minutos. Pagó la caña y paró al primer taxi que vio. Minutos después estaba frente a un clásico bloque de viviendas de aquella zona. La vieja e imponente puerta de hierro y cristal, le permitió acceder a un frio y pulcro portal, después de una pequeña conversación por el interfono. El viejo ascensor había conocido tiempos mejores, pero estaba en uso. Alex prefirió subir al entresuelo por aquella vieja escalera. La alta puerta de dos hojas se abrió parcialmente para facilitarle el acceso.

 

  • ¡Buenos días! ¿Alex?
  • ¡Buenos días! ¡Sí! El mismo. Un placer, Laura me había dicho, ¿verdad?
  • ¡Exacto! — Era una mujer mayor, pero muy agradable, le dio dos besos como saludo. — ¿Vamos a ver el piso?
  • ¡Para eso estamos aquí!
  • ¡Perfecto! Venga conmigo. Como ve, está todo recién reformado, lo terminamos de arreglar hace un par de meses, está todo nuevo, lo estrenaría usted. Con los arreglos, todos los muebles nuevos, hemos pedido un poco más, de momento nadie se ha decidido.
  • Le puedo asegurar que me gusta lo que estoy viendo.
  • Amplio comedor, cocina americana, como dicen los gemelos de la tele, “espacios abiertos”.
  • ¡Claro! — Hacia mucho tiempo que no veía la televisión, no sabía lo que quería decirle aquella mujer, pero no era el momento de llevarle la contraria. Le gustaba mucho aquel piso, quizás había demasiado blanco a donde quiera que mirara, pero le pareció bien.
  • Dos dormitorios, uno de ellos, el principal, con amplio baño incorporado y que comunica también con un enorme vestidor. Otro baño completo, este es independiente, ventanas al exterior, aunque no creo que salgan mucho a los balcones.
  • Ciertamente, no lo creo.
  • Los acabados son de lujo. Decoración minimalista. Ya lo está viendo, los electrodomésticos, baños, muebles, todo es de estreno.
  • Digamos que me podría interesar. Vamos, si le parece, a “estrenar” este inmenso sofá blanco. Dígame sus condiciones, por favor.
  • Tres meses de fianza, pago al comenzar el mes, para no tener problemas, luz, agua, internet, comunidad incluidos en el alquiler, así no hay que cambiar de titular, con todo el engorro que eso supone, usted tiene un solo pago, sin más problemas.
  • Me parece bien. Soy un trabajador que hoy estoy aquí, mañana en New York, y el miércoles que viene en Japón, no me interesan los pequeños inconvenientes, necesito las cosas de la manera más sencilla posible para mí.
  • Le entiendo, pero no sé dónde quiere llegar.
  • No quiero problemas, ni que usted los tenga. ¿Qué le parece si le pago los tres meses de fianza, más el primer año, por adelantado? Así no tiene que estar preocupándose, mes a mes, de paso, yo tampoco sé si estaré por aquí, o bien, dejare que venga algún familiar o compañero de trabajo.
  • ¡Yo lo que quiero es alquilarlo! ¡Me parece bien su propuesta! Como ha podido comprobar está totalmente listo para habitarlo. — En aquel momento, Laura frunció el ceño, se había dado cuenta de un detalle. — ¿No estarás buscando rebaja?
  • ¡No! De verdad, me parece un precio justo, no quiero regatearle, soy un hombre de negocios. Si algo me gusta, cumple con mis requisitos y necesidades, lo tomo. ¡No puedo perder mi tiempo!
  • ¡Perfecto! ¿Cómo me va a pagar? ¡No me gustan los cheques!
  • Que le parece en billetes de contar, uno encima del otro.
  • Lo mejor.
  • ¡Pues prepárese para contar! — De su mochila negra, fue sacando paquetitos de billetes hasta completar la cantidad que habían acordado, un año de alquiler, más la fianza. La mujer no podía imaginar que aquella mochila guardaba en su interior mucho más dinero aún.
  • Listo, el tema del pago está zanjado, pero, debemos formalizar el contrato de alquiler. — Mientras decía esto, los billetes recién contados, se habían perdido de la vista en las profundidades de su bolso.
  • ¡Por supuesto! Puede realizarlo cuando quiera. ¿Quiere que le envíe una foto de mi carnet?
  • Mi nieta me ha enseñado a usar mi móvil, si quiere le hago yo la foto, lo digo porque de esta forma no perdemos tiempo.
  • ¡Así me gusta! Laura, es usted la mejor. — Mientras decía esto, sacó el DNI que lo identificaba como Alex. Pensó que sería una de las ultimas veces que lo utilizaría. La buena mujer, fotografió el carnet por sus dos caras. Quedó en pasarse a la mañana siguiente. — Supongo que guardará mi número, es el mismo desde el que le he llamado esta mañana. Siempre que me tenga que localizar úselo, pero no se asuste si no le contesto a la primera, me toca pasarme mucho tiempo en los sitios más raros del mundo, y no siempre hay cobertura. Si me pilla volando o en una reunión, no podré contestarle en ese momento, pero le aseguro que, a la mayor brevedad, le devuelvo la llamada.
  • Me parece bien, ya lo memorizo.
  • Yo estoy guardando su número, ahora mismo, “Laura dueña piso”. — En ese momento, era el único contacto memorizado en la agenda de aquel móvil. — Una pregunta, la nevera está vacía, ¿Dónde me recomienda llenarla?
  • Saliendo del portal a la derecha, al doblar la esquina tiene una de las mejores tiendas de la zona. Aquí tiene usted, dos juegos de llaves.
  • ¡Maravilloso todo!

 

Se despidieron amablemente. Alex pensó que le había sacado provecho a la mañana. Había cambiado de aspecto, tenia vestuario nuevo, aunque había que recogerlo, vivienda para un año solucionada, todo eso antes de comer. Tenía tiempo, haría una gran compra con la intención de que se la llevaran esa tarde a la casa. Antes de ir a comer, recogería la ropa, recordó que debía comprar dos maletas de buen tamaño.

 

Si has llegado hasta aquí, gracias por el interés. Seguiré subiendo capítulos mientras dure esta situación, aportando mi humilde grano de arena para distraer durante algún momento de esta realidad increíble que nos envuelve. Os animo a compartir, para alcanzar al mayor numero de gente posible. ¡Nos vemos! Próximo capítulo pinchando aquí

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