¡Tranquilo, estás muerto! (Cap. 2)

Para continuar aportando mi granito de arena, con la intención de ayudar a pasar mejor estas jornadas de confinamiento que nos tocan vivir, os hago llegar el segundo capitulo del borrador de mi próximo libro, “Tranquilo, estás muerto!”  que, como algunos recordaran, no es una continuación, pero continua la historia del personaje principal de mi primer libro, “Alguien ronda la Playa de los Muertos”. Sinceramente espero que les guste. Comenten para saber sus opiniones. Gracias.

capitulo 2

Capitulo 2:      12 de mayo, 15:42. Fin a la temporada de relax

El sol calentaba su cuerpo aquel día de primavera. Estaba tumbado en la cubierta del velero, directamente sobre la teca, en la zona de proa. El barco estaba fondeado en una de las calas más inaccesibles de Menorca. Notó como su cuerpo comenzaba a sudar, más de lo que le apetecía en aquel momento, tranquilamente se puso de pie, caminó hacia la popa del barco despreocupadamente, oteando el horizonte en calma. Cuando llegó a la plataforma de baño, sin dudarlo un instante, se lanzó al agua cristalina y algo fría, buceó un poco, disfrutando del momento. Salió a la superficie, tomando una gran bocanada de aire, decidió nadar un poco para alejarse del barco.  Después de varios minutos dando brazadas que dibujaban un círculo alrededor del barco se detuvo. Moviendo con suavidad sus piernas, se mantuvo en la superficie, admirando la tranquilidad de aquella costa. Un rumor suave llamó su atención, giró su posición para mirar mar adentro. A lo lejos, observó como un gran yate se aproximaba a aquella cala. Pausadamente, como si no quisiera realmente alcanzar su objetivo, dirigió sus brazadas hacia su barco. Cuando llegó a la popa del velero, el yate estaba fondeando en la cala. Desplegó la escalera de baño y con suma tranquilidad, subió a la plataforma. Se escuchaba música electrónica, sus nuevos vecinos parecían disfrutar de una fiesta que se había prolongado en el tiempo. Varios jóvenes bailaban en la bañera, nadie le prestó atención. Unió su largo pelo en una perfecta cola, la hizo rápidamente gracias a practicarla centenares de veces. Se acercó al cuadro del barco y arrancó el motor del barco. Prácticamente no había viento, se alejaría de allí sin desplegar las velas, tranquilamente, en silencio y discretamente. El motor ronroneaba ya, conectó el molinete y se fue a la proa del barco. Accionó con el pie el interruptor que comenzó a subir la cadena pausadamente, había poca profundidad en aquella cala, pocos segundos después, el ancla emergía de aquellas aguas color turquesa. Aseguró las piezas del fondeo, como si fuera a realizar una larga travesía. Se fue al timón, embrago avante y comenzó a desplazarse lentamente, alejándose del yate, sin que nadie le prestara atención, sin dirigirles ni una mirada.

Había disfrutado de aquella cala unos cuantos días, en solitario. Aquel momento era tan bueno como cualquier otro para cambiar de fondeadero. Avanzó por la línea de la costa, lentamente, hasta llegar a una zona que conocía bien. Un chalet cercano disponía de un buen router wifi, ya lo había hackeado con anterioridad, por lo que tenía pleno acceso a internet a través de aquella red. Decidió aprovecharse, otra vez, de aquel buen samaritano. Se dio cuenta de que hacía muchos días que estaba totalmente desconectado del mundo. Entró en la cabina, buscó la mochila negra impermeable que le acompañaba siempre. De ella sacó un pequeño portátil. Sonrió al ver de nuevo aquel aparente cacharro, estaba seguro de que engañaría a muchos profesionales. Bajo el aspecto de un viejo ordenador que ha dejado muy atrás tiempos mejores, se escondía uno de los más potentes equipos que se pueden tener en la actualidad. Se sentó en cubierta, apoyando su espalda en el palo mayor. Tres segundos después de dar al interruptor, estaba totalmente operativo. Comprobó que todavía disponía de mucha autonomía en su batería. Directamente entró a navegar, comprobando que la conexión era segura. No había nadie más conectado en aquel momento a aquella red wifi. Después de confirmar que aquella conexión era totalmente anónima, rebotó su navegación hasta poder abrir una extraña cuenta de correo electrónico. No esperaba encontrar ningún mensaje en aquella bandeja de entrada. Sin embargo, allí estaba, había uno. El título del correo era sencillo e inocente. “Invitación para nueva inauguración”. No le hacía falta abrir el mensaje para saber de quien se trataba. Sólo una persona conocía aquella dirección de correo. Max. Su viejo amigo Max. Dejó el mensaje en la bandeja de entrada, sin abrirlo. Recibir un mensaje podía significar que volvía a estar activo, entonces le venía bien dejar aquel correo sin abrir en su cuenta, era un cebo goloso para cualquier curioso fisgón. Si alguien conseguía acceder a su cuenta de correo, cosa poco probable, seguro que intentaría leer el mensaje que había recibido. Abrirlo era la puerta para que un troyano se cargara automáticamente en el ordenador que intentaba acceder a aquella inocente comunicación. El ordenador invasor se convertiría en minutos en un caro y extraño pisapapeles. Perdería toda la información, no sin antes haber realizado una copia de seguridad en una nube remota, a la que solo él podría acceder cuando quisiera. Aquel mensaje, troyano incluido, era la forma de avisarle, debía ponerse en contacto con Max. Cuando su viejo amigo necesitaba ponerse en contacto con él, solo tenia que enviarle una copia de aquel inocente mensaje, con un título vulgar, pero que debía tener dos palabras que rimaran, la primera y la última. Este era el caso, si no había palabras que rimaran en el titulo del mensaje, sabía que algo iba mal y estaban buscándolo, sería una señal de alarma, como no era el caso continuó tranquilamente tumbado al sol. Aquel correo tenía las dos palabras que rimaban. Era un mensaje de contacto normal. Eso solo sucedía cuando había un encargo para él. Apagó el ordenador, lo guardó en su mochila. De un bolsillo lateral sacó un viejo Nokia 3110. Era el que le gustaba, no había posibilidad de rastrearlo vía GPS, hacia básicamente lo que debía, llamar y recibir llamadas. En otro bolsillo había una vieja cartera de bolsillo, con muchos departamentos. En todos ellos había tarjetas SIM de prepago. Cogió una de ellas, sin preocuparse de cual era, activó el teléfono, comprobó que podía realizar la llamada, estaba cerca de la costa, pero no en todos los puntos podía establecer buena comunicación, sin embargo, aquella cala tenía una cobertura excelente. Marcó aquel número que se sabía de memoria, decidió cambiar de posición y, con el teléfono en la oreja, se tumbó en la cubierta de proa esperando que contestasen a su llamada. Dejó la mochila a su lado mientras sonaba en el auricular los tonos de llamada.

  • ¿Dígame? — Contestó mecánicamente, como siempre que recibía una llamada.
  • ¿Es la carnicería de los hermanos Raya?
  • ¡Desde luego que no!
  • ¿Entonces no estoy llamando a Dúrcal?
  • ¿Dúrcal? ¿Dónde está eso?
  • En Granada.
  • ¡Pues va a ser que no!, se equivoca usted.
  • Perdone, me habré equivocado.
  • ¡Seguro!
  • Disculpe, adiós. — Pulsó el botón de finalizar la llamada y se tumbó a recibir los cálidos rayos de sol.

Después de recibir aquella extraña llamada, preguntando por una carnicería, aquel hombre apuntó el número desde el que le había preguntado por aquel pueblo de Granada que ya ni recordaba. Aquel hombre vestía un elegante traje blanco, a juego con sus zapatos y su corbata. La camisa de un rosa salmón estridente, también hacia juego, con sus calcetines y con las paredes de un extraño despacho, en Madrid, situado en la planta veintiséis de un famoso rascacielos de oficinas. Comprobó que el número que figuraba en aquel papel era correcto, una vez hecho, de un cajón de su mesa de escritorio rosa, como todos los muebles de aquel despacho, abrió una cajita con varias tarjetas SIM, escogió una al azar, mientras tomaba un pequeño móvil que estaba a su lado, era un aparato con muchos años, una pequeña pantalla verde. Una vez situada la tarjeta en su lugar correcto, intentó que el teléfono volviera a funcionar. A la primera.

  • ¡Increíble! Estos viejos cacharros no fallan una. — Una vez vio que el aparato se conectaba a la red móvil sin problema, marcó lentamente el número que había copiado. Espero los tonos de llamada, descolgaron rápidamente, sabía que estaba esperando su llamada. — ¿De verdad? ¿Carnicería “no sé qué” de un pueblo de Granada?
  • ¡Dime que no te ha gustado!
  • La verdad, en el fondo sí, me encantan tus cosas, y lo sabes. ¡Hola guapo!
  • Hola, joven.
  • ¿Cómo te trata la vida?, viejo sinvergüenza.
  • No tan bien como a ti, Max.
  • ¿Como te haces llamar ahora?
  • Hoy llámame Alex.
  • Bien, Alex me parece perfecto. Llevo tres días esperando a que me llames.
  • Sabes que no estoy pendiente al teléfono, solo lo miro de vez en cuando. Después de nuestra última conversación, creía que no me llamarías nunca más.
  • Yo también lo pensé. Después del trabajo de la señora marquesa, subiste mucho tu tarifa, no creí que nadie quisiera pagarla.
  • ¿eso significa que alguien quiere contratar mis servicios?
  • Sí. Ojo, no es cliente habitual mío, no lo conozco de nada. Parece saber mucho de tus trabajos. Dijo textualmente que quería al que encontró al asesino del hijo de la marquesa. Yo le dije que no sabía a quien se refería. Me dijo: “Sí que lo sabes. Quiero al mejor.”
  • Me resulta extraño.
  • ¡Ya ves! ¡Y a mí! — Alex  lo imaginó sentado en su sillón rosa, de su despacho con paredes pintadas de color rosa, rodeado de sus muebles color fucsia. Cada vez que recordaba aquella decoración, sonreía. Max nunca supo que antes de comenzar a trabajar con él, lo investigó a conciencia. ¡Si supiera lo fácilmente que entró en su despacho y registró todo! — Le dije que mi mejor operario había subido su tarifa. Como no me estaba gustando, le pedí el doble de lo que tú me dijiste. No titubeo ni un momento.
  • ¡Qué raro! No es una cantidad fácil de digerir. ¿Quieres decirme que le pediste el doble?
  • ¡Espera! ¡Si ahora viene lo mejor! Me dice que compruebes tu cuenta, tienes que tener una transferencia preparada para ser ingresada en el momento que tú aceptes el trabajo. Está pendiente de ese detalle para que te sea abonada en tu cuenta.
  • Me ha entrado curiosidad. Como me pongo en contacto con este cliente.
  • Yo te cuento, me dijo que tomes el número de los últimos dígitos de la cuenta que te realiza la transferencia. Ese es su número de contacto, exclusivo para ti. Así nadie, nada más que tú, podría llamar a ese teléfono. Espera tu llamada.
  • ¿Qué cuenta le diste? ¿La habitual?
  • ¡Ya te dije que esto es rarísimo! ¡Yo no le he dado ninguna cuenta tuya!
  • No me siento muy cómodo con todo esto. Pero te digo que me ha despertado mi curiosidad.
  • ¡Ya te digo! ¡No quiero saber nada de este trabajo! Si lo aceptas es cosa tuya, ¡No quiero ni mi parte! ¿Me oyes? No quiero nada de esto.
  • ¿Estas renunciando a un buen pico? ¡Tú no eres mi Max! ¡Tú estás cambiando!
  • ¡No me gustó su tono de voz! ¡Ya te he pasado el mensaje! ¡Haz lo que quieras!
  • Me lo pensare, Max. Un besote
  • Otro para ti, Alex ¡guapetón!
  • ¿Por qué me dices eso? ¡No me has visto nunca! Imagina que soy feo de narices.
  • Con esa voz, es imposible. Además, te imagino como quieras, si no te gusta, ¡mándame una foto!
  • ¡Ya mismo la tienes! Hasta pronto Max.
  • Lo dicho, Alex, un beso.

Terminada la conversación Alex abrió el viejo Nokia, apartó la batería, cogió la tarjeta SIM, la partió por la mitad y la lanzó al agua. Meticulosamente, volvió a montar el móvil y lo guardó en el mismo bolsillo donde lo había cogido anteriormente. La curiosidad le había picado. Volvió a tomar su portátil, tardó pocos segundos en estar navegando otra vez. Rebotó su navegador, para evitar cualquier rastreo. Aunque si alguien conseguía seguir la señal, esta terminaría en aquel chalet de la costa de Menorca, de cuya conexión se aprovechaba. Pero él tomaba, siempre, por costumbre, las máximas precauciones. Nadie lo localizaría por una tontería. Comenzó a comprobar sus cuentas principales. No había ningún movimiento extraño en ninguna de ellas, sus mejores depósitos seguían escondidos a los ojos de todo el mundo. Pensó que quizás habían rastreado de alguna manera, las transferencias que le había hecho su anterior cliente, la marquesa (Ver “Alguien ronda la Playa de los Muertos”, del mismo autor), ya que este nuevo “cliente” se había referido a este caso. Esta cuenta también estaba totalmente inactiva desde que sacó los fondos que le habían trasferido. Sólo le quedaba por comprobar dos viejas cuentas, que nunca cerró del todo, que usaba hacia muchos años, estaban en otro banco, había dejado de usarlas, por que encontró otro banco suizo que le ofrecía mejor seguridad. Bingo, en una de ellas había una transferencia pendiente de confirmación. Comprobó que, efectivamente, la cantidad era el doble de lo que había pedido a Max, en el caso de que alguien reclamara sus servicios. Volvió a abrir el viejo Nokia, tomo de la cartera de bolsillo otra tarjeta SIM, marcó los últimos nueve dígitos de la cuenta desde la que provenía la transferencia que permanecía en estado de “pendiente de confirmación”. En el momento en el que comenzó a escuchar los tonos de llamada, apagó el ordenador portátil. No quería estar conectado a internet ni un segundo que no fuera estrictamente imprescindible. Alguien contesto al tercer tono.

  • Llegué a pensar que no me llamaría usted. — Quien contestó era un hombre. El tono de voz le resultó muy similar al de un venezolano que había conocido. Supuso que sería latino, intentaría confirmar el acento con la conversación.
  • Acabo de recibir su mensaje.
  • ¡Oh! ¡Bien! ¿Como debo dirigirme a usted?
  • No se dirija a mí, cuantos menos nombres mejor. Nunca querrá que nos vinculen, yo tampoco quiero ninguna relación directa con usted. Ni la más mínima.
  • Veo que le interesa el trabajo.
  • No puedo decirle nada, sin saber de qué se trata.
  • Pensé que bastaba con la cantidad que voy a transferirle.
  • No voy a aceptar un trabajo sin saber que quiere que haga. Hay cosas que no hay dinero suficiente para pagarlas.
  • ¡Lo comprendo! Pero no se preocupe. Es algo muy sencillo.
  • No lo será tanto, si está dispuesto a pagar una pequeña fortuna para que lo realice.
  • ¡No tan pequeña! Ja, ja, ja. Bien. Me explico. Ahora dirijo una gran organización. No necesita saber cuál es. Pero hace unos años, era un simple directivo de provincias, como si dijéramos, es para que entienda la situación. ¿Me sigue usted?
  • Perfectamente.
  • En aquellos años…, ahora lo recuerdo muy lejano, pero no ha pasado tanto tiempo, realmente. Decía que, en aquellos años, yo mantenía una estrecha relación con una mujer, de hecho, era mi pareja. Queríamos casarnos y fundar una familia. Pero mi organización no es, como decirlo, una empresa amigable y normal. Hay envidias, golpes y zancadillas, sobre todo al que destaca. Cuando comenzó a sonar mi nombre para ir escalando puestos hacia las posiciones importantes, nos dio miedo que pudieran tomar represalias con mi mujer. El peligro era real, muy real. No piense que soy un timorato, el riesgo de que la mataran era muy alto, demasiado para arriesgar su vida. Decidimos de mutuo acuerdo que lo mejor que podíamos hacer, era separarnos y que ella se perdiese. No quería que le hicieran daño a ella, tampoco quería que me chantajearan con amenazas hacia ella, o que la pudieran localizar si me torturaban para saber su localización. Ya se está imaginando que “mi empresa” no es Ikea, ni nada parecido, como podrá usted imaginar.
  • Me hago una idea.
  • Llegó el momento en el que decidimos que desapareciese.
  • ¿Cuánto tiempo hace de eso?
  • Unos ocho años. Hace ocho años que no veo a mi amor. Ya estoy en un puesto donde nadie puede atacarme, ni hacerle daño a ella. Ha llegado el momento de que volvamos a reunirnos con total seguridad. Necesito que la localice.
  • Sabe que esa no es mi especialidad.
  • ¿Piensa que no he acudido a cauces, digamos, más normales?
  • ¿Lo ha hecho?
  • ¡Por supuesto! Pero nadie fue capaz de localizarla. Buscando posibles candidatos, hablando de muchos casos, entre amigos poderosos, surgieron las extrañas habilidades suyas. Espero que valga realmente cada euro que pide.
  • Modestamente, creo que los valgo. Aunque mi caché cubre otros trabajos, no la localización específicamente.
  • No me interesa otra cosa. Sólo quiero volver a encontrarme con ella y recuperar el tiempo perdido. Me gustaría que me garantizase el éxito de su tarea.
  • Sabe que eso es imposible, nadie podría hacerlo. Ella podría haber fallecido, por ejemplo. Si le puedo garantizar que no pararé hasta llegar al final de la última pista. Por otra parte, debe saber que mis contratos son siempre cobrados por adelantado.
  • Contaba con ello, no estoy muy acostumbrado a confiarme tanto, pero su fama me da algo de tranquilidad, al respecto.
  • Puede estar seguro. Una cosa. ¿Que dispongo para comenzar a trabajar?
  • Sólo dispone de una cosa. Tengo su carnet de identidad. Nada más. Cuando le pedí que desapareciera, lo organizamos para no dejar rastro, sabe Dios que mis enemigos intentaron localizarla, porque sabían que ella era mi punto débil. Por eso tenía que protegerla haciendo que desapareciera de mi vida, sin dejar ninguna pista que pudiera permitir su localización.
  • Entiendo.
  • ¿Cómo se lo hago llegar?
  • Vaya escaneándolo. Comprobare que el pago está realizado. Solo entonces le haré llegar un enlace para una localización en la nube, se lo enviaré en un mensaje a este móvil. En ese espacio deberá usted dejarme ese archivo, el del escaneado del carnet de la mujer que debo encontrar. No volveremos a ponernos en contacto de una forma directa. Regularmente vaya usted visitando esa nube. Allí podrá ver los avances de la investigación. Si quiere decirme algo, allí. Lo mejor sería que solamente fuera recibiendo información. No espere resultados inmediatos.
  • Lo sé. No va a encontrar a mi mujer en un periodo breve. Pero espero que lo haga lo antes posible.
  • Me voy a esforzar. Normalmente consigo lo que quiero.
  • Confío en que lo haga.
  • Puede estar seguro.
  • Es la primera vez que trabajo con alguien a quien no le he visto la cara, me gusta sellar los tratos dando un fuerte apretón de manos mientras miro los ojos de la persona que tengo delante.
  • Imagine que lo ha hecho. Siempre será más seguro para ambos que yo no le conozca, ni usted me reconozca a mí.
  • Seguramente tiene razón. Puede comprobar ya el pago, mientras hablábamos, he dado la conformidad a la transferencia. Espero su mensaje. — Terminó de pronunciar la última palabra y cortó la comunicación.

Alex pensó en tirar la SIM que acababa de usar. Pero antes volvió a encender el ordenador, para comprobar si era cierto lo que le había dicho su cliente. En su cabeza sonaba aquella voz con acento latino, algo le decía en el fondo de su mente que aquello era una cortina de humo, aquel acento latino le confirmaba que aquel hombre sería de cualquier sitio, menos de América del Sur, debía estar acostumbrado a hacerlo así para despistar a mucha gente, pero Alex estaba seguro de que lo había pillado. Dejó aquellos pensamientos para después. Entró directamente en la cuenta comprobando que, efectivamente, la transferencia había sido confirmada y el dinero ya estaba disponible en su cuenta. Minimizó aquella ventana. Buscó un privado servicio de almacenamiento en la nube que conocían muy pocas personas. Realmente solo lo usaban los hackers que lo habían creado a la sombra de todo el mundo, también algún afortunado que solía relacionarse con ellos. En este concepto entraba Alex. Preparó un espacio privado, imposible de rastrear, enviando el enlace y las instrucciones a su cliente. Alex preparó el enlace para acceder a aquel espacio virtual, a aquella nube, el creó una contraseña segura con la que sólo el cliente podría acceder a su espacio. Alex entraría al espacio común con su propia contraseña. No había posibilidad de que nadie conociese su lugar de comunicación, por tanto, nadie podría saber que se dirían entre ellos. En cuestión de segundos, realizó una transferencia que vació la cuenta donde acababan de llegar aquella cantidad de dinero. Cuando confirmó que el dinero estaba en lugar seguro, envió a su nuevo cliente un mensaje con el enlace de su nube privada, segundos después, otro con la contraseña para acceder a ella. Desmontó el Nokia, tirando la SIM al mar. Imposible rastrear aquella llamada. Dejaría aquella zona de wifi, pero antes, entró en su nube particular, comprobando que allí había un archivo. Lo descargó, confirmó que era lo que parecía, un simple archivo de imagen, sin virus ni troyanos. Solo entonces lo abrió, era el DNI de una mujer. Elisenda García Santisteban. Descargó el archivo en su portátil, lo apagó y guardó en su mochila. Desde ese instante, estaba en modo trabajo. En cuestión de segundos tenía las velas desplegadas, la proa del velero había tomado rumbo a Mallorca.

 

Si han llegado hasta aquí, gracias. Si, además, les ha gustado, por favor, comenten y compartan, para conseguir el propósito de esta publicación, ayudar a pasar algo mejor estos días y llegar al mayor numero de personas posible. Gracias y nos seguimos encontrando por este rincón.

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