El asesino del Andarax, cap. 1

palomar2

Aprovechando que el libro esta en imprenta, quiero que la primera publicación de la categoria El asesino del Andarax, sea el primer capitulo del libro. Espero vuestros comentarios, gracias de antemano por leerlo. La foto, como no podía ser de otra forma, es el singular palomar que inspira uno de los escenarios que aparecen en el libro. Existe, está en Benahadux, donde se describe en la novela.

El asesino del Andarax

Capítulo 1. Entre los naranjos

Era un día caluroso, el sol abrasador calentaba todo lo que tocaba, igual que había hecho en días anteriores. Principios de los años sesenta en la Vega del Andarax, un oasis verde dentro de una Almería eternamente seca, que se extendía a lo largo del rio, junto a este, sin alejarse mucho. Muchos años antes, habían descubierto como aprovechar las ocasionales riadas que se producían en el, normalmente seco, rio Andarax. Aquel día terminaría siendo una jornada idéntica a muchas otras para casi todos los habitantes de la zona, para alguno, se convertiría en inolvidable.

El viejo mulo mantenía a duras penas su paso. Había disfrutado de días mejores, pero todavía tenía fuerzas para mover aquel carro, afortunadamente la carga de aquella tarde era paja. Si se tratara de algo más pesado, con el bochorno que hacía, lo habría pasado mal. El tío Braulio también estaba bastante mayor, en otros tiempos estaría tumbado sobre la paja, sesteando. Ahora se mantenía en el pescante, encorvado, con una paja de la carga en la boca. Murmuraba algo parecido a una canción, pero ni él mismo sabía cuál era. En el comienzo de los años sesenta, las últimas melodías y canciones se solían popularizar gracias a los aparatos de radio repartidos por todo el país, los programas musicales rellenaban esos molestos silencios entre parte y parte de noticias. El tío Braulio no sabía dónde había escuchado aquella melodía que pretendía imitar sin aproximarse lo más mínimo a la canción original, no sabía la letra tampoco, pero daba igual, no se la podía quitar de la cabeza.

Con el calor que hacía, era normal que no se hubiese encontrado con nadie a aquellas horas, justo después de comer. Su única compañía era su mulo y su perro, Capitán. Este sí que dormía sobre la paja, no tenía fuerzas para seguir al carro ladrando. Braulio obligó al mulo a tomar el camino que se abría a su derecha, entre los naranjos. Era un poco más largo, pero haría menos calor entre los árboles, además se encontró con un regalo para él, los bancales estaban recién regados, lo que ofrecía algo de frescor a quien pasara por el camino, con árboles a ambos lados y la tierra bien húmeda. Capitán levantó una oreja, a lo lejos ladraba algún perro de algún cortijo cercano, o de algún pastor. Como no le parecería interesante, volvió a dormirse rápidamente. Las chicharras estaban disfrutando aquel día, llenaban todo el valle del Andarax con su insistente chirrido. El tío Braulio, como era conocido por todo el mundo, parecía ignorarlas y seguía murmurando su canción, o lo que fuera aquella tonadilla que salía de su boca.

Capitán levantó su cabeza olfateando el aire. El tío Braulio se giró asombrado, su perro normalmente era tan tranquilo como él mismo. No estaba acostumbrado a que reaccionara tan ágil sin que hubiese comida de por medio. Se lo quedó mirando, iba a decirle algo cuando el perro se levantó, sobre sus cuatro patas con las orejas tiesas, olfateando mientras miraba hacia delante, como si buscase algo frente al mulo. Capitán era un chucho callejero, cruce de mil perros, no era cazador, tampoco era un perro de presa, a pesar de todo eso, era la mejor compañía para Braulio, nunca lo dejaba solo, tampoco se alejaba de él. Por eso se sorprendió mucho cuando el perro saltó del carro, corría como alma que lleva el diablo. A unos trescientos metros por delante de él, entró en el bancal de naranjos, perdiéndose entre ellos. Pocos instantes después, empezó a aullar.

El tío Braulio solo había oído a su perro aullar alguna vez, no era frecuente, siempre coincidiendo con otros perros que también lo hiciesen. Se santiguó con muchos nervios. Esos aullidos solo se producían cuando alguien fallecía, nadie podía explicarlo, pero era así. Capitán seguía aullando cuando el tío Braulio paró el carro, a la altura por donde había desaparecido su perro entre los naranjos. Lo maldijo, los bancales estaban regados, para llegar hasta él estaba metiendo sus pies en el barro hasta los tobillos. Lo llamó varias veces, con esto solo consiguió que dejara de aullar, ahora solo ladraba sin parar. Entre los naranjos por fin podía distinguir, mientras se acercaba, la figura de su perro sentado, sin parar de ladrar. Nunca lo había visto así, por eso estaba pensando que era momento de darle un castigo ejemplarizante a su perro, no quería que se volviese caprichoso después de tanto tiempo. En aquel momento su pensamiento era que estaba perdiendo tiempo para aquel viaje de paja.

Cuando estaba bastante cerca del animal, Capitán se calló. Giro la cabeza hacia su dueño, lo miraba con ojos tristes. El tío Braulio estaba preparándose para empezar a gritar al animal, cuando vio una bicicleta tumbada junto a su perro, también había un gran bulto negro. Reconoció la bicicleta al instante, por lo que, de repente, tenía la certeza, sabía qué era aquel bulto al lado de aquella bicicleta y de su perro. Con el barro casi llegándole a las rodillas, consiguió rodear a Capitán, se tapó la boca con su mano para ahogar un grito. Era el cuerpo sin vida del padre Venancio. Su bicicleta, su sotana, no dejaban lugar a dudas, aunque su cara no se podía ver claramente, solo podía ser él. Su rostro, cubierto parcialmente por las malas hierbas a los ojos del tío Braulio, miraba hacia el cielo, mostrando su barbilla y cuello cubiertos de sangre.

Capitán aulló de nuevo. A lo lejos, varios perros lo imitaron formado un triste coro. En Benahadux, casi todos los vecinos sabían que alguien había muerto. Solo les quedaba esperar para saber quién era.

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