Costumbres distintas.

El otro día, recordaba con unos amigos, las grandes diferencias que te podías encontrar entre unos sitios y otros. No hablábamos de diferencias entre países distintos, a miles de kilómetros, nos referíamos a las que existen entre las distintas regiones de España. Conté entonces mi primer viaje a Galicia, las dos o tres anécdotas que me sucedieron aquel día, una amiga me dijo, “eso se merece una entrada de tu blog”. Como siempre le doy la razón (por que normalmente la tiene, ya lo sé), aquí va la entrada prometida.

No piensen que esto pasó hace cien años, analizando bien mis recuerdos, hablo del año 1995. Por aquel entonces ninguna persona imaginaba lo que podía ser un Tom Tom, las siglas GPS no significaban nada para nadie, los móviles, que entonces ya existían, venían con una funda para colgar del cinturón, porque no había bolsillo capaz de acoger en su interior semejantes ladrillos. Había comenzado yo mi trabajo de transporte y entrega de barcos. Me tocaba llevar dos barcos grandes a Sangenjo, que está en Pontevedra. Hoy es Sanxenxo, pero entonces había que buscarlo como Sangenjo en mi guía Campsa, entonces Google no te decía cual era la mejor ruta, ni que había unos mil doscientos y pico kilómetros. Prácticamente ochocientos kilómetros por autovía, unos cuatrocientos por carretera nacional. Sí, entonces no se llegaba por autovía a casi todos los sitios.

Como dije antes, llevaba dos barcos, camión y remolque, casi diecinueve metros de largo, un bicho grande. Me organice mi viaje y llegué después de comer a Benavente, faltaban los últimos cuatrocientos kilómetros por carretera nacional. Me llama el cliente a través de aquel enorme Motorola que tenía entonces, me dice con su agradable tono gallego.

  • ¿Por dónde andas?
  • Saliendo de Benavente. — Sería poco mas de las dos de la tarde.
  • ¡Ah! Pues entonces descargamos mañana.
  • ¿Mañana? ¿A qué hora cierras?
  • Normalmente a las nueve.
  • Yo creo que llego antes de que cierres.
  • ¿Tú crees?
  • ¡Seguro!
  • ¡Vale! ¡Te espero para descargar!

Con la promesa de hacer aquellos cuatrocientos kilómetros en menos de siete horas, comencé a conducir por aquella carretera nacional. Lo resumiré bastante. La carretera era muy estrecha, en muchos sitios casi no tenia arcén, muchos camiones, mucho trafico, puertos de montaña digamos solamente que complicados, a los lados de la carretera muchos árboles, muchísimos, con todo esto y algunas otras historias que me pasaron, me hicieron llegar a Sangenjo pasadas las diez de la noche. Aquella buena familia, me esperó para descargar. Desde aquel momento, nunca volví a decir una hora exacta para llegar, aprendí bien la lección. En aquel viaje, me encontré muchas veces, en medio de un puerto de montaña, una caravana de camiones y coches avanzando a paso de hombre. Aunque lo de paso de hombre no está bien dicho, casi siempre era una mujer de estas características, mayor, muy mayor, con indumentaria negra completamente, pañuelo en la cabeza, en la espalda portaban un haz de leña enorme, normalmente, bastante más grande que ella. Recuerdo perfectamente que ningún camión o coche pitaba. Yo, aunque era novato, tampoco pitaba, y eso que los nervios por el ritmo de conducir, en primera, me estaban comiendo. Recuerdo que la primera vez que me encontré en la carretera aquel cuadro, era el tercer camión de aquel convoy. Pensé que aquel montón de leña lo llevaba un mulo o algo similar, porque lo único que veía era el bulto de ramas. La caravana se había formado pero nadie pitaba, tocaba hacer lo mismo, paciencia. Aquella buena mujer, igual que las que después encontré, no ocupaban la carretera por capricho, la espesura de los arboles les impedía ir por otro sitio, no tenían otro camino para llegar a su destino, a su casa, tenían que ir por la calzada. Esperaban a encontrar un claro, por pequeño que fuese, para entonces poder apartarse, dejar que pasara la caravana que se había formado tras ella, después comenzaría otro trecho igual. Hablando con un conductor veterano, me decía que había que procurar conducir de noche, para evitar encontrarse con las leñeras. Esto puede parecer del paleolítico, pero me pasó hace unos veinte años. Aquellas buenas gentes, necesitaban llevar leña para su casa, no había gas natural para calefacción, tampoco usaban estufas eléctricas.

Con todo aquello, no me quedó más remedio que dormir en Sangenjo, yo lo había calculado de otra forma, pero, había que adaptarse a las circunstancias. Comencé a andar temprano, pensando encontrarme algún bar de carretera para desayunar. Esperé a ver el primero que tenía un anchuron apañado, un par de camiones en la puerta, este va a ser bueno, allí me paré.

  • Buenos días,
  • Buenos días, un café con leche, por favor.
  • ¿Para desayunar?
  • Sí. — ¿Qué pregunta era esa? Era temprano, pues claro que era para desayunar.
  • ¿Quiere comer algo?
  • Sí. — Aquí debo decir, que este era de aquellos bares que tenían una barra eterna, larguísima. Yo estaba en la punta de la barra más cercana a la puerta, había pocos clientes, la cafetera estaba más o menos en medio, al fondo vi una vitrina con bollería. — ¿me puede poner un croissant de aquellos?
  • Claro que sí.

Me encontré encima del mostrador aquel, un periódico deportivo, estaba ojeando las noticias esperando mi desayuno cuando aquel hombre me puso delante de mí un tazón de café con leche. Pero cuando digo un tazón, me refiero a uno tamaño medio cubo, para que nos vayamos haciendo una idea. Un pedazo de tazón que al buen hombre le costó dejarlo en la barra. Miré al resto de los clientes, porque me imagine que sería una broma (No pensé que podía ser una cámara oculta, porque por aquellos tiempos, no existían, creo) Pero no, nadie me miraba riéndose, todo parecía normal. Me fijé en ellos, también tenían cada uno un tazón de tamaño similar al mío. Estaba pensando que hacer con semejante bañera, cuando llega aquel buen hombre otra vez, entonces con el croissant. Para simplificar, calculé que pesaba kilo y medio, siendo prudente, sin exagerar. Era enorme, pero claro, visto desde mi punta de la barra, el tamaño parecía ser el habitual, visto de cerca, aquello parecía la cabeza de una vaca, con cuernos y todo. Del croissant solo pude comerme uno de los cuernos, no podía mas, como pueden suponer, tampoco pude terminar, de ninguna de las maneras, aquel tazón. Lleno a reventar, le pido la cuenta al buen hombre, que se creía que algo estaba malo, porque no me lo había terminado. Me costó trabajo que entendiera que no tenía por costumbre desayunar tanto. Mucha gente recuerda de sus viajes a Galicia sus comidas o cenas. Mariscadas, carne en abundancia, mucho comer. Yo recuerdo de mis viajes a Galicia, aquel desayuno. En cada sitio tienen unas costumbres, que no son ni mejores ni peores que las de otro lugar, son simplemente, distintas.

Muchas gracias por llegar hasta aquí, ya puestos, si puedes y te apetece, comparte el enlace de este artículo con los botones de abajo, para conseguir la mayor difusión posible.

Como siempre, desearos lo mejor, nos vemos pronto.

tazon

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