Tráfico de Influencias, (Segunda parte)

Una vez explicada la primera parte de esta entrada, voy a contaros la segunda, que, no se entendería bien, sin la anterior. Después de rellenar la solicitud, al tiempo me llega una carta certificada. Decía esta misiva que tal día, antes de las ocho de la tarde debía presentarme en el cuartel de Viator. Pues yo lo asumo, es lo que toca. Van pasando los días, la fecha para irme a hacer la mili se va acercando. Solo me queda ir despidiéndome de los amigos temporalmente. Así lo voy haciendo. También me voy despidiéndome de clientes y proveedores, lo normal.

Como ya había comentado, mis padres tenían el bar JF, yo trabajaba allí. En nuestro bar, además de tener la cerveza oficial de Benahadux, la “Henninger”, nosotros ofrecíamos las cervezas de la marca “El Águila”. Creo recordar que su día de reparto era el martes. Llegaba antes de medio día, con su viejo camión Ebro de color verde oscuro. El bueno del repartidor, Rafael, desde el primer día nos había tratado muy bien, era más amigo que proveedor. Después de dejarnos la mercancía que tocaba aquel día, le digo lo siguiente.

  • Bueno Rafael, me despido de ti por un tiempo, que no nos vamos a ver.
  • ¡Anda!, ¿Y eso?
  • Que me voy a hacer la mili.
  • ¿Ya te toca? Pues suerte con el destino, ¿dónde te ha tocado?
  • Aquí cerca, en Viator.
  • ¿Cómo?
  • Si, (aquí vendría un resumen de la entrada anterior, la primera parte de esta)
  • Y ¿Cómo no me has dicho nada?
  • No lo sé, ¿por qué tendría que haberte comentado el tema?.
  • Pues porque yo soy el que reparte toda la cerveza del campamento, soy el que más manda allí, hombre. Espera que piense. ¿Qué te han dicho?
  • Que mañana me tengo que presentar, antes de las ocho de la tarde.
  • Vale, no vayas antes de comer, que me dé a mi tiempo a mover mis hilos.
  • ¿?
  • No te asustes si te toca la segunda compañía, la que llaman la pequeña legión, es donde tengo más contactos de las compañías de reclutas.
  • — la verdad es que entonces no le hice mucho caso. En mi inocente mente juvenil, no podía entender lo que me estaba contando.
  • ¿Qué destino tienes después?
  • Artillería.
  • Menos mal, ese es un sitio tranquilo y bueno. Yo me encargo.

Se fue, sinceramente, no creo ni que les comentase nada a mis padres. ¿Qué podía hacer el de la cerveza dentro del ejército? Pasé aquel último día de civil despidiéndome de más gente, amigos, clientes, familia, de todo el que me acordé y vi. Al día siguiente, entre unas cosas y otras, no me presenté en el campamento hasta después de comer. Mi padre me llevo hasta la puerta del cuartel,  volví a pasar por aquella entrada del campamento, junto a los policías militares que nos juntaron a todos, conforme íbamos llegando, en un grupo. Los reclutas.  Cuando el grupo ya tenía un cierto número de recién llegados, aparecían unos soldados, nos daban mil voces, intentaban que fuésemos disciplinados y mantuviésemos un cierto orden, nos llevaron al interior del campamento, donde nos pusieron en fila. Uno a uno nos preguntaban nombre y apellidos, nos colocaban entonces en un grupito más pequeño, cada uno de esos grupitos correspondía a una de las seis compañías de reclutas. Recuerdo que había uno de los recién llegados grandullón, un poco chulillo y bocazas. A la tercera tontería, le preguntaron su nombre y apellidos. El sargento que estaba repartiéndonos en grupos, le dice “te había tocado una buena compañía, tontolaba, la sexta, pero por bocazas, ponte aquí, en la segunda. Te vas a enterar, en “la Pequeña Legión”, ya verás como aprendes a estar calladito y a comportarte”.

En aquel momento me acordé de Rafael, después de lo que había oído, solo pedía que no me tocase la segunda compañía, otra, que fuese otra. El único consejo que me había dado mi padre para la mili, era que no destacase, que no fuese el primero, ni el último, del montón, había que pasar desapercibido. Pues yo me había colocado en la parte final de aquel montón. Ya estaban repartidos casi todos los reclutas de aquel grupo. Me toca, doy mi nombre y apellidos, el sargento que llevaba aquello, delante de todos, suelta:

  • Ah, tu eres Juan Francisco Sánchez, bien, bien. Te vas a enterar, venga, a la segunda compañía.

Yo me quedé a cuadros. Todos me miraban como si fuera un delincuente o algo peor. Cuando ya estábamos todos repartidos, un soldado nos llevó al que sería nuestro destino hasta que jurásemos bandera. La segunda compañía. La Pequeña Legión. Nos pasaron una especie de revista. Nos miraron de arriba abajo a todos. Hasta que llegaron a mi altura. Se recrearon con una sonrisa socarrona. No le pasó a nadie desapercibido. Me dijeron cual era mi litera y mi taquilla. A esperar para cenar y dormir, el día siguiente empezaría lo bueno, “descansen ahora que pueden”.

Pronto supimos por que llamaban a nuestra compañía la Pequeña Legión. Mientras el resto de compañías de reclutas desfilaban al paso normal de los cuerpos de infantería, la nuestra lo hacía mucho más rápido, al ritmo que desfila la legión. Además, la disciplina era algo más estricta, por decirlo suavemente. El primer día nos cortaron el pelo. Nos dejaron como bombillas. Yo intentaba seguir los consejos de mi padre, del montón, no destacar. Un rato después de raparnos a todos, primer intento de enseñarnos a desfilar. Yo lo hacía igual de mal que la mayoría, no era por no destacar, es que nadie nace enseñado. De pronto paran la formación, un cabo primero bajito, con gafas, más chulo que un ocho, se acerca a nuestro pelotón, pregunta que quien es el tal Juan Francisco Sánchez. El mundo se me venía encima, no destaques, ese era mi plan. “Tú tenías que ser, ven conmigo, que te vas a enterar”, en aquella mañana ya habíamos aprendido, que cuando pasaban cosas como esta, te obsequiaban con una visita a trabajar en cocina, o a limpiar la letrinas, o cosas peores. Yo pensaba para mi, “si no he hecho nada, va a ser que desfilo fatal”. Seguí a aquel cabo primero hasta el fondo de la nave, entró en el cuarto de los suboficiales. Allí estaban, descansando, los cabos primeros y sargentos. Yo no dije palabra, esta conversación solo salió de sus bocas.

  • Este es el enchufado de Rafael. Hay que cuidarlo.
  • Pues ya sabes, chaval, compórtate, que no se note mucho.
  • No vayas a hacer ninguna trastada.

Y unas cuantas cosas más por el estilo. A partir de aquel momento, mi nombre no se volvió a nombrar, nada más que para repartir los permisos de fin de semana. Todos los fines de semana me tocaba ser de los pocos que tenían permiso. Otra cosa, no hice ningún servicio de recluta, ni una imaginaria*, ni una limpieza de letrinas, ni de cuartel, nada. Yo me pase el periodo de reclutas, camuflado en medio de la formación. Solo aprendí a desfilar, las teorías que nos daban y, el fin de semana, para casita. Dormí todas las noches del tirón.

Las últimas semanas practicábamos la jura. Ya parecíamos soldados cuando desfilábamos, casi todos manteníamos el paso, nuestro objetivo era no cagarla el día de la jura (textualmente era lo que nos decían). Cuando llegaba el momento, en el ensayo, tomaba la palabra el coronel Barbeito (No recuerdo el nombre exacto, pero para esta entrada, este vale como ejemplo) que, como coronel nuestro, nos decía el juramento, en el momento adecuado, nosotros contestábamos gritando todos a la vez, “Sí, juramos”. Como había explicado, yo pase totalmente tranquilo y desapercibido mi tiempo de recluta. Bueno, esto no es del todo real.

Una noche, faltaban dos días para la jura de bandera, dormía yo tranquilamente cuando me desperté con otro soldado encima.

  • Despierta, campeón.
  • ¿eh?
  • ¿Sabes quién soy?
  • Joder, Luis, ya te vale, claro que se quién eres.
  • ¿Quién soy?
  • ¡Pues el que duerme en mi misma litera, en la cama de arriba!
  • ¿Recuerdas mis apellidos?— esto me lo decía susurrando, para no despertar a los demás compañeros de la camareta, pero a oscuras, con sus ojos inyectados en sangre, con una cara que solo recordaba haberla visto en películas de gánster, la verdad es que imponía bastante.
  • Martínez Barbeito.
  • Barbeito, como el coronel que nos jura bandera. ¿Sabes por qué? Pues porque mi madre es su hermana. Sí, soy el puñetero sobrino del coronel que nos jura bandera. A pesar de ese enchufe, he limpiado letrinas, he hecho imaginarias, he currado como todos. Como todos menos tu, pedazo cabrito, que yo sé que no has dado golpe y te has ido todos los fines de semana.
  • ¿No jodas que eres el sobrino del coronel?
  • Sí, y con ese pedazo de enchufe he pringado mucho más que tú. ¿Me quieres explicar quien cojones te ha enchufado a ti? (perdón por el lenguaje, pero paso así)
  • ¿A mí? El de la cerveza.

Su mirada seguía fija en la mía. Intentaba procesar la información que le había dado. Su cara de enfado se transformó lentamente, apareció una débil sonrisa al principio, que terminó siendo muy amplia.

  • No puedo contigo, eres un cachondo. ¿Quién será, que no eres capaz de decírmelo?

Yo mantuve silencio. Le había dicho la verdad. Pero no parecía creerme. Después de aquel suceso, juramos bandera y puedo decir que no vi más al sobrino del coronel. Me imagino que tuvo una mili bastante tranquila. Yo, por mi parte, cuando llegué a mi destino, Rafael también se había encargado de que me recibieran como a un marqués. Cuando hable con mi amigo Rafael, me contó que siempre tenía algún detalle con todas las compañías, antes, durante y después de mi mili. A pesar de eso, en unas tenia buena relación, en otras un poco menos buena. Lo único que se había limitado a hacer, era decir que las ofertas o descuentos que tocaban habitualmente, eran gracias a mi, por lo que él no sacrificaba nada, mientras que a mi me ayudaron a pasar mejor mili.

Esta es mi experiencia personal con tráfico de influencias. ¿Has tenido un caso similar o, incluso, mejor? Compártelo conmigo en comentarios. Muchas gracias por llegar hasta aquí, ya puestos, si puedes y te apetece, comparte el enlace de este artículo con los botones de abajo, para conseguir la mayor difusión posible.

Como siempre, desearos lo mejor, nos vemos pronto.

  • * Una imaginaria, es una guardia, dentro de la compañía, mientras los demás duermen, normalmente de dos horas. La primera imaginaria era desde silencio (cuando se apagan todas las luces y a dormir), dos horas, hasta la siguiente, y así se llegaba a la cuarta imaginaria que terminaba a diana.

EBRO aguila V1897xxx

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