Un coche amarillo

Esta historia sucedió en la primavera del año 1989. Vivía entonces en Benahadux y por aquellos años, además de en el bar familiar, el “JF”, teníamos una empresa de grúas. Da para otra entrada del blog el porqué se llamó “Grúas JuanPaco”, pero eso será otro día. Teníamos servicio veinticuatro horas, por eso no era extraño que la guardia civil nos llamara a cualquier hora para avisarnos de algún servicio. Aquella vez el teléfono sonó a eso de las cuatro y media de la madrugada. Un pequeño percance, una salida de la vía dirección Almería, justo en la curva que hay después del puente de Rioja. La pareja de la guardia civil estaba esperándome para sacar el coche de allí, ya que estaba invadiendo la calzada, en una curva y de noche. Entonces la nacional 340 era la entrada y salida natural de Almeria para todos los vehículos. El tránsito de coches y camiones era constante y muy alto.

Me presenté bastante rápido, estaba muy cerca. Uno de los guardias civiles me pide que me de prisa, que el morito que llevaba el coche estaba bien, pero que “ojo”, que es un personaje, un  joven que se altera por nada. No entendía a lo que se refería,  pero enganche el coche, un Seat Ibiza, amarillo, de matrícula francesa. Lo sacamos de la carretera, la guardia me acompañó hasta la explanada que hay frente a la frutera. El agente me dice, que se quedan conmigo hasta que cobre, que este no tiene ganas de pagar a nadie, que le diga cuanto me debe. Le pregunto a donde le llevo el coche, me dice “Taller bueno”. Le digo, “aquí mismo hay un taller de Seat, tu coche es de esa marca, el mejor sitio”. Me dice que de acuerdo, le digo el importe,  que “perfecto, que me pague la guardia civil, que él no me ha llamado, que quien ha llamado eran ellos. En su país, el que pide el servicio es el que paga”. Yo, sinceramente había ya visto algunas cosas, pero aquello no me lo esperaba. El guardia que me había avisado, y que estaba pendiente a lo que hacia este buen hombre, se encaró con él y tras una breve, pero intensa conversación, me pagó el servicio. “Hasta que tú no te vayas, no te dejamos, que no nos fiamos un pelo”, me dijeron. Con Pepe Damián, que era el dueño del taller, sabía que le debía dejar cualquier coche para reparar al lado de la puerta de entrada, allí lo deje, me despedí de los guardias, nos fuimos de allí, yo, directamente, a dormir algo más.

Poco después de las nueve, me despiertan, que vaya con la grúa al taller de Pepe Damián. ¿Qué habrá hecho el morito ahora? Cuando llego, Pepe me cuenta cómo va el tema. En la salida de la carretera, sabíamos que la rueda delantera derecha, la que había recibido el impacto, estaba mal. Creo recordar que me dijo algo de la maneta de la dirección, que estaba rota. Era sábado, la pieza llegaría el lunes, con suerte, ya le había dado un precio al morito de la reparación bien hecha. A todo esto, el morito interrumpiendo a cada momento, diciendo “imposible” y “muy caro”. Me dice Pepe que le había pedido que soldara la  pieza rota, que él se tenía que ir aquel día sin falta,  que ya lo arreglaría bien en Marruecos. Pepe, con toda la razón del mundo, dice que no va a hacer una chapuza, que ya sabe que esas cosas terminan mal, que suba el coche a la grúa y que lleve el coche a otro taller, que él no puede hacer una reparación sin las garantías necesarias, que luego le pueden traer problemas.

Le digo al morito, “¿Dónde quieres que te lleve el coche?”, me dice “Seat Almería”, le digo “esto cuesta tanto, no te bajo el coche hasta que no cobre”, me dice que “sin problema”. Subo el coche a la plataforma y para Almería. Al llegar a aquel taller, antes de bajar el coche, el cliente habla con el jefe de taller, este le dice básicamente lo mismo que le había dicho Pepe Damián, pieza nueva, nada de soldaduras. Me explicó el mecánico, que ya habían hecho un favor parecido a una familia, con tres niños pequeños. Que se tenían que ir, que donde van a dormir los niños mientras viene la pieza, no sé cuantas cosas más. De manera que soldaron una pieza y la familia pudo continuar el viaje. Poco después les llego una denuncia por realizar una reparación insegura, le reclamaron un pastón y dieron gracias que no hubo accidente, ni daños personales. De manera que nadie le iba a reparar el coche como él quería. Bien sea por que no quería tardar más tiempo en continuar su viaje, o porque no quería gastar más dinero, me dijo de llevarlo a la estación del tren, que él sabía que podían llevarle el coche a Algeciras, que era donde quería llegar. Le dije entonces “el servicio será tanto”. “Sin problema”, me contesto. En la estación le dicen que no era frecuente el movimiento de vehículos, que tardarían días en programarlo, varias semanas. Nuevo destino. Al puerto, allí tiene la suerte de que uno de los Ferrys para Melilla, partía en unas dos horas, podría embarcar, paga su billete y el del coche.

Vamos al muelle, mientras esperamos que empiece el embarque, hablo con una pareja de la policía nacional, le cuento toda mi historia con aquel buen hombre. Me dice uno de los policías, no lo dejes para después, ve cobrando que nosotros ya estamos curados de espanto con estas cosas. Pienso que tiene razón, le pido al morito lo que me debía, para mi sorpresa me dice que “todo el dinero que tenía se lo había gastado en el viaje para él y el coche, que no le queda nada”. A todo esto, ya era medio día, entre unas cosas y otras, no había comido nada desde la cena y había dormido malamente, la suma de todo me estaba poniendo de mal humor, que digo mal humor, con una mala leche de la hostia. Le digo al moro que me pague o no bajo el coche, me dice que si no le doy su coche, me denuncia por robárselo. En aquel momento no era dueño de mis actos. Le digo, “no te preocupes ahora mismo bajo tu coche”. Solté el coche de los mecanismos de seguridad, para que ya no se sujetara a la plataforma de la grúa. El policía que había adivinado mi intención, le pide a todos los que estaban rodeándonos, esperando a embarcar ellos también, que despejaran la zona, arranco el camión grúa, comienzo la maniobra de manera que las ruedas traseras de mi camión se quedaron cerca del filo del puerto. A todo esto, quien me dirigía la maniobra eran los policías nacionales. Como imaginaran, todo el mundo estaba alrededor nuestro, mi único objetivo en ese momento era tirar el coche al agua, lo puedo asegurar. Los policías me decían “tíralo sin problemas, no te va a pasar nada”. En aquel momento me daba igual cualquier consecuencia. Cada vez que el camión se movía, el coche que estaba suelto, se movía también. No se me olvida la cara del morito, sonreía como diciendo, no serás capaz. Que poco me conocía. El policía me dice, levanta, acciono la palanca de levantar la plataforma y esta, obediente, comienza a inclinarse. La cara del morito cambia, su color de piel también, al primer movimiento del coche, se abalanza como si pudiera con sus manos pararlo. Grita “stop, stop”. Yo seguía levantando la plataforma. El morito ya no me suplicaba a mí, no le hacía caso, era al policía al que pedía ayuda. El policía levantó su mano, yo paré. “¿Vas a pagar hasta la última peseta?” Le dijo. “Sí, ahora mismo”. “Pero ¿No decías que ya no te quedaba dinero?” Tragó saliva. Se acercó a los otros moritos que había alrededor. Les habló en francés. Ignorante de que yo soy de la generación que no estudió inglés, por lo que entendí lo que les dijo. “Llevo dinero, prestármelo que no vea que si me quedaba, que lo tenía escondido y no quería pagar”. Por la cara y gestos, los policías lo habían entendido también. Reunió lo que me debía. Cuando me guardé el dinero, solo entonces, bajé la plataforma y la deje en posición normal, moví el camión y dejé el coche al lado del ferry, junto a la rampa de subida.

Los policías me acompañaron hasta el último momento. Les agradecí su apoyo y ayuda. Entonces me confesaron una cosa. Aquello no había acabado, habían entendido perfectamente que la intención de aquel hombre era no pagar, por lo que le darían una pequeña lección. Dejaron el Seat Ibiza amarillo para el último coche en embarcar. Este hombre ya había convencido a todos sus paisanos, lo menos cincuenta consiguieron mover el coche y comenzó a tomar velocidad para poder subir la rampa. El morito iba al volante. Cuando estaba a punto de tocar la rampa para acceder al barco, los policías lo pararon. Estaban más serios que nunca, en voz bien alta dijeron “por medidas de seguridad internacionales, no puede acceder al ferry ningún coche que no sea capaz de propulsarse por sus propios medios”. El morito se bajó reclamando que “había pagado el billete para él, también para el coche”. El policía le dijo, “lea el billete, aquí pone que el coche debe poder subir y bajar del ferry por sus propios medios”. En aquel momento perdió los nervios, gritaba, lloraba, se daba golpes en el pecho, todo lo que podáis imaginar. Lo mejor fue cuando el policía le dijo, “si no hubieras sido tan capullo para pagar a la grúa, hubiéramos hecho la vista gorda, como muchas otras veces. Pero te lo has ganado a pulso tu solito, sigue, que todavía te quedas aquí”. Fueron palabras mágicas, cerró su boca y dejo de gesticular. En aquel momento, yo me fui.

Aquel Seat Ibiza amarillo, estuvo mucho tiempo en la explanada del puerto, abandonado en un rincón, hasta que un día desapareció de allí. No sé nada más de aquel coche, ni de su dueño. Ojalá llegase este texto a los policías que me ayudaron en el puerto, o a los guardias que lo hicieron al principio, para que supieran de mi agradecimiento, no se me olvida.

Muchas gracias por llegar hasta aquí, ya puestos, si puedes y te apetece, comparte enlace de este artículo con los botones de abajo, para conseguir la mayor difusión posible.

Como siempre, desearos lo mejor, nos vemos pronto.

puerto de almeria

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